El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas Arco I El Océano de las Alucinaciones #3
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Arco I El Océano de las Alucinaciones #3

Las calles que rodeaban el muelle de la Arenal, al otro lado del río, eran, incluso a aquella hora intempestiva, una acumulación de vida desordenada y ruidosa que nada tenía que ver con la oscuridad silenciosa que Mateo hubiera preferido para su huida.

Sevilla era así: imposible de apagar del todo, como una brasa que guarda el calor bajo las cenizas.

El aire de la noche de verano dictaba el ambiente perfecto para la navegación, y en la zona de armadores las antorchas revelaban que las naves ya estaban listas para zarpar.

Esquivando los barriles de salazón colocados a lo largo de la orilla, Mateo corrió a gatas, mimetizándose con las sombras de la niebla fluvial, empapado y tiritando de terror.

A su derecha, un puesto de buñuelos de viento que algún vendedor había dejado montado para la madrugada todavía despedía un hilo de humo dulce con olor a miel y anís.

Más adelante, un grupo de mozos de muelle jugaba a las tabas bajo un farol de aceite, apostando monedas de cobre con la seriedad de quien no tiene nada más urgente que perder.

En un callejón lateral, dos niños de no más de ocho años se perseguían el uno al otro blandiendo palos de escoba a modo de espadas, gritando con voces chillones: «¡Soy el Maestre del Temple, ríndete, infiel!»

. El más pequeño de los dos, un niño pelirrojo con una cruz tosca de trapo cosida al jubón, corría sin miedo ninguno hacia el otro, convirtiendo el callejón oscuro en su particular campo de batalla imaginario.

El mundo de los adultos les era completamente indiferente: la Inquisición, los templarios, los diarios prohibidos, la marea política que lo barría todo.

Ellos solo tenían sus espadas de palo y la certeza de que la noche era todavía joven.

Mateo los vio de reojo mientras corrió y algo en su pecho se apretó de una manera que no tenía nada que ver con el miedo.

Esa inocencia. Esa certeza de que el juego era real y el peligro era mentira.

Él también había sido ese niño, antes de que el viejo Luis le enseñara que algunos juegos no terminan y que algunos peligros no son de palo.

A menos de cincuenta metros, recortada contra la mortecina claridad de la luna, se alzaba la silueta de una carabela de tres mástiles: la Santa María.

Sus cuadernas de madera crujían suavemente al compás de la corriente del río.

En la popa, bajo el amparo de un farol de aceite que parpadeaba perezosamente, un hombre de hombros anchos y cabello cano espeso revisaba concienzudamente un compendio de cartas de navegación sobre una mesa improvisada. Era el genovés. Cristóbal Colón.

Mateo subió la pasarela de madera con pisadas rápidas y felinas, devorando los tablones antes de que los centinelas del muelle pudieran dar la voz de alarma. Al pisar el cordón de la cubierta superior, la madera crujió ostensiblemente.

Colón se giró con una rapidez impropia de sus años, desenvainando un palmo de su espada toledana con un sonido metálico y limpio.

Sus ojos, fatigados por años de rechazos en los palacios de Portugal y Castilla, se clavaron en Mateo con una mezcla de sospecha y furia.

Asegurándose de que el medallón rúnico quedara completamente sepultado bajo la ropa húmeda para no delatar su presencia, Mateo sostuvo la mirada.

—¿Quién va ahí? —preguntó Colón en su áspero castellano con dejes extranjeros, entornando los ojos—. No se permiten polizones a estas horas. Abajo con las manos, muchacho, o te hago echar a los tiburones antes de que esta carabela vea la desembocadura del Guadalquivir.

Mateo no bajó las manos, pero tampoco dio un paso atrás. Sostuvo la mirada del futuro Almirante con la soltura de quien no tiene nada que perder.

—Vengo de parte del gitano Luis Gámez —dijo Mateo en un susurro firme, cuidando que su voz no flotara más allá de las amuras de la nave.

Al oír ese nombre, el genovés detuvo el acero. No enfundó la espada, pero la punta bajó unos centímetros hacia el suelo. Sus cejas pobladas se juntaron, revueltas por un recuerdo no tan lejano.

—¿El viejo Luis? —Colón soltó un bufido despectivo, clavando la mirada en el muchacho—.

Ese gitano terco estaba rematadamente loco.

Hace unos años no había noche en que no me lo cruzara en las tabernas de Triana, interrumpiendo mis lecturas.

Se plantaba frente a mí solo para asegurar que mis cálculos de las leguas hacia las Indias eran cortos; que la Tierra ocultaba un abismo insondable y que yo solo encontraría la muerte si desplegaba las velas hacia el oeste.

—No estaba loco, Almirante —replicó Mateo, dando un paso medido hacia la mesa iluminada por el candil—. Sabía que el océano guardaba secretos que la Iglesia y los reyes no pueden comprender. Y las notas de sus desvelos están aquí.

Con un movimiento rápido, Mateo metió la mano en su morral de lona y extrajo el pesado cuaderno de piel de buey.

En el instante en que el volumen gastado golpeó la madera de la mesa, el aroma denso a hierbas secas se esparció por el camarote, ganándole la partida por completo al olor a brea, salitre y grasa de la nave.

No era un mapa; era un compendio de trazos geométricos, números marginales y anotaciones ciegas que el viejo Luis había dejado atrás seis años antes, justo antes de evaporarse en la niebla del río.

Colón miró el manuscrito. Sus ojos recorrieron la portada de cuero con esa mezcla particular de fascinación y cautela que tienen los hombres acostumbrados a que el mundo los defraude.

Lo miró durante un segundo largo, dos, tres.

Y algo ocurrió en su cara durante ese silencio que Mateo no supo descifrar por completo: una contracción casi imperceptible alrededor de los ojos, como si una idea vieja y sepultada hubiera levantado la cabeza de repente.

Lo abrió. Solo un momento. Solo unas páginas.

Y en ese instante, el Almirante se congeló.

El aire pareció abandonar el camarote de golpe.

Mateo vio cómo las pupilas de Colón se dilataban por completo y su respiración se detenía, fija en un punto exacto de la página amarillenta.

No fue una lectura atenta; fue el impacto ciego de algo que le heló la sangre en las venas.

Su rostro, habitualmente severo, palideció bajo la luz mortecina del candil, mientras una chispa violenta y contradictoria cruzaba su mirada: una mezcla desencajada entre el terror más puro y una alegría salvaje, casi febril.

La sorpresa paralizó las manos del genovés, que apretaron el cuero con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, como si temiera que el cuaderno fuera a cobrar vida o a desvanecerse en el aire.

El silencio en el camarote se volvió denso, asfixiante, cargado con el peso de un hombre que acaba de asomarse a un abismo inesperado.

Cerró el cuaderno de golpe, con un chasquido seco, como si ocultara un espectro.

El pulso le temblaba sutilmente mientras pasaba el pulgar por el canto de las hojas, sin atreverse a abrirlas de nuevo.

Vio la duda —¿es auténtico esto? — chocar de frente contra la ambición, que era más vieja y hambrienta que la duda.

¿Es una trampa? ¿Me mandó la Inquisición a este muchacho para tenderme un lazo y tener una excusa para confiscar mis naves antes del zarpe?

¿O es... posible que el gitano loco de las tabernas de Triana hubiera dejado plasmada una verdad que lo cambiaba todo?

Por debajo de todo ese torbellino, latía la pregunta crucial que Mateo adivinaba en la frente sudorosa del marino: ¿Vale la pena enfrentarse a los hombres de hierro que persiguen a este muchacho por un secreto que podría ser una farsa?

¿Vale la pena que la Orden Iscariote me siga a alta mar por un diario que quizás no sea más que las obsesiones de un viejo gitano?

La respuesta llegó desde el muelle en forma de ladridos.

Los sabuesos del Santo Oficio rompieron el silencio de la orilla, a escasos cincuenta metros de la pasarela de la nave. Las antorchas de la Guardia Iscariote comenzaban a teñir de rojo las maderas del embarcadero.

—Vienen por mí —consiguió articular Mateo, con la voz rota por la carrera y señalando el cuaderno con un dedo tembloroso—.

Escuché las botas en el callejón... reventaron una puerta y hubo gritos.

No sé qué es lo que busca esa gente, Almirante, pero están cazándome.

Déjeme quedarme. Por lo que más quiera, déjeme ocultarme a bordo.

Colón miró hacia la pasarela, midiendo el avance de las antorchas de la Inquisición en el muelle, y luego clavó la vista en el muchacho y en el enigmático cuaderno que exhalaba el olor al viejo Luis. La ambición y el brillo de la obsesión terminaron por ganar la partida en los ojos del navegante.

—Escóndete en la bodega, abajo, bajo los barriles de jarcia de repuesto —ordenó Colón en un susurro apurado, tomando el diario de inmediato y ocultándolo bajo los pliegues de su pesada capa de paño—. Y reza a los santos para que esos perros no tengan tan buen olfato como dicen.

Mateo asintió con una mueca amarga, dio media vuelta y se deslizó por la escotilla de carga hacia las profundidades de la nave.

Se ocultó en la penumbra sofocante, encajonado entre dos pesados barriles de tocino en salazón y un rollo de cabos gruesos.

A través de las delgadas rendijas de las tablas del techo de la bodega, la luz de las antorchas de los soldados que ya pisaban la cubierta comenzó a proyectar sombras alargadas.

Mateo apenas se atrevía a respirar. Su mano derecha bajó instintivamente hacia su pecho, aferrando el engranaje de metal que colgaba de su cuello.

El amuleto estaba extrañamente caliente tras la crisis, vibrando contra su piel con el compás de un pulso acelerado.

Arriba, las tablas de la pasarela crujieron bajo el peso descomunal de las botas de hierro.

Cristóbal Colón no se movió de su posición junto a la mesa.

Con una parsimonia ensayada, humedeció la punta de su pluma de ave en el tintero y continuó anotando nombres en el libro de ruta de la nave insignia, ignorando la intrusión.

—Detened el trabajo en el muelle —ordenó una voz gélida, con un acento del norte que cortaba como el viento de Escocia.

El Hermano Alistair cruzó la barandilla de la carabela.