El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas Arco I El Océano de las Alucinaciones #2
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Arco I El Océano de las Alucinaciones #2

Una mujer, rota por el pánico al oler el peligro que se cernía sobre el callejón, entreabrió su portal de madera vieja solo para meter a rastras a sus pequeños, chillando hacia el interior con una voz quebrada por el pánico:

—¡Entrad, rápido! ¡Escondeos bajo las mantas! ¡Que no os oigan respirar!

El aviso llegó tarde. La respuesta de la patrulla fue inmediata y despiadada: el sonido seco de un guantelete de hierro impactando contra el rostro de la mujer por atreverse a dar la alarma,

seguido por el crujido violento de su puerta al ser destrozada a patadas para asegurar el silencio del pasadizo.

Mateo sintió que el corazón se le detenía.

Las botas militares no eran de la guardia urbana; eran de los monjes negros de la Orden Iscariote.

El dolor punzante en su pecho se intensificó, convirtiéndose en una alarma física inequívoca: saben que estoy aquí, vienen por mí.

Mateo procesó la situación con la velocidad de un rayo.

Si no corría en ese preciso segundo, terminaría en las hogueras del Santo Oficio o descuartizado en algún sótano.

Estaba solo, pero el instinto de supervivencia que su abuelo le había inculcado a fuego se activó.

Con las manos temblorosas, estiró el brazo hacia el doble fondo del jergón de paja y extrajo el pesado volumen forrado en piel de buey: el diario.

Se colgó el tintero de viaje al cinturón, guardó las plumas en el jubón y no miró atrás.

—No se lo van a llevar, viejo —susurró Mateo hacia la oscuridad de la estancia—. Esta noche tu secreto aprende a navegar.

La puerta delantera de la choza cedió bajo el impacto de un hacha de armas justo cuando Mateo ganaba la altura de las vigas del techo.

El escape comenzó en una atmósfera de pura claustrofobia.

Mateo trepó por el entramado de maderas resecas que unía las techumbres del callejón, sintiendo cómo el suelo y las tejas crujían violentamente bajo sus pies, amenazando con romperse y entregarlo a la oscuridad inferior.

Al mirar hacia abajo, vio las siluetas de los monjes negros invadiendo su hogar como una plaga.

Uno de ellos levantó la vista, divisó la sombra en movimiento y dio la alarma.

El frío de la noche sevillana le azotó el rostro como una bofetada de mano abierta al ganar los tejados exteriores.

No era el frío limpio de las sierras; era el frío húmedo del río, ese que se mete por el cuello y baja hasta los huesos sin pedir permiso.

Mateo no era soldado. No era ningún ballestero curtido en batallas de frontera, ni un espadachín de los que se ganaban el pan repartiendo acero en los callejones de la Macarena.

Era el nieto de un gitano loco, un muchacho de veintidós años que había pasado más noches leyendo los garabatos del viejo a la luz de una vela que entrenando el cuerpo para algo como esto.

Lo notó en las manos, que temblaban. No del frío, sino de esa vibración sorda y traidora que el miedo verdadero instala en los tendones cuando el cuerpo comprende, antes que la cabeza, que la situación es real y que morir es una posibilidad concreta.

Las tejas de barro húmedo cedían ligeramente bajo sus botas, crujiendo con un sonido que a él le parecía tan estruendoso como un cañonazo, mientras el aire se llenaba instantáneamente del silbido agudo de los virotes de ballesta.

Mateo sintió el viento de un proyectil rozándole la oreja izquierda; el impacto astilló una viga de madera a milímetros de su cabeza, salpicándole el rostro con astillas calientes.

Otro virote le rasgó la manga del jubón, rozándole la piel del brazo con la caricia gélida del hierro.

La adrenalina anuló el dolor. Avanzó a gatas, saltando de un tejado de adobe a otro, mientras las paredes de las callejuelas parecían cerrarse sobre él, haciéndose cada vez más y más angostas, como si la propia Sevilla intentara atraparlo en sus fauces de piedra.

No había un mapa en su cabeza, no sabía a dónde correr; solo huía del eco metálico de los perseguidores que trepaban por las escaleras de mano con una velocidad inhumana.

El frenesí de la carrera lo llevó a una encrucijada sin salida.

Mateo frenó en seco, sus botas resbalando en el borde de un tejado cortado.

Tres metros de abismo absoluto. Calculó el salto a ojo, mirando el vacío negro que separaba el borde del tejado del almacén de lino vecino.

Abajo, a una altura suicida, las aguas negras del Guadalquivir golpeaban los pilotes de madera.

Detrás de él, el pasadizo por el que había venido se llenó con las siluetas de tres iscariotes con las espadas desenvainadas, bloqueando cualquier retorno.

El laberinto lo había acorralado. Frente a él, el vacío; a sus espaldas, la muerte segura.

En la oscuridad, la distancia parecía multiplicarse.

Una voz dentro de su cabeza —una voz aguda, cobarde y absolutamente razonable— le dijo que aquello era una locura, que los hombres que no eran guerreros no saltaban por tejados de madrugada, que quizás si bajaba con las manos en alto y entregaba el diario podría negociar algo,

explicar que él era solo el nieto, que no sabía nada de secretos ni de herejes.

Entonces escuchó la voz del abuelo.

No fue un sonido. No vino del aire ni de algún rincón oscuro del tejado.

Fue más preciso y perturbador que eso: fue un recuerdo que llegó en el momento exacto en que lo necesitaba, con la claridad nítida de algo que el cuerpo guarda en un lugar distinto al de la memoria ordinaria.

La voz del gitano Luis, ronca de hierbas y de años, con esa cadencia arrastrada que tenía cuando hablaba de cosas que importaban de verdad:

—El miedo, Mateo, no es el enemigo. El miedo es el centinela.

Te dice que algo vale la pena. Los cobardes no sienten miedo porque no arriesgan nada que merezca perder.

Cuando las piernas te tiemblen y la boca se te seque y todo en ti grite que pares...

eso significa que estás exactamente donde debes estar.

Lo había dicho una tarde, años atrás, cuando el pequeño Mateo se había negado a tirarse al Guadalquivir desde el embarcadero de los barqueros porque el agua estaba fría y el salto era alto.

El viejo Luis le había puesto una mano en el hombro —esa mano de soga y cicatrices— y le había dicho aquello sin alzar la voz, sin burlarse de él.

Y luego había añadido algo más, algo que en aquel momento el niño no había entendido por completo pero que ahora, sobre el tejado de Triana con los soldados partiendo su puerta, cobraba un peso diferente:

—Un hombre puede perder el dinero y recuperarlo. Puede perder la salud y que Dios le dé otra mañana. Pero si pierde aquello que juró proteger... eso no se recupera nunca. Eso se pudre con él en la tierra.

El diario. El morral contra su costado. La herencia del gitano que había pasado media vida reuniendo verdades que los poderosos querían enterrar.

Mateo apretó los dientes, contuvo el aliento y saltó hacia el abismo.

El vacío se sintió eterno bajo sus pies.

Durante un segundo suspendido en el aire, sin tejado bajo las botas ni nada sólido a qué aferrarse, Mateo vio las luces de Sevilla parpadear a lo lejos, ajenas al drama que se desataba en los techos de Triana.

Allá abajo, en las calles que rodeaban el barrio, la ciudad seguiría su vida nocturna con la indiferencia brutal de las ciudades grandes: una voz de mujer cantando desde una ventana abierta, el crepitar de una fogata callejera donde dos mendigos se disputaban el calor,

el eco lejano de la procesión de penitentes que todavía arrastraba sus pies por alguna calle del barrio de Santa Ana, el Miserere fundiéndose con el ladrido de los perros y con el rumor permanente del río.

Sevilla, 1492, completamente ajena a que un muchacho cruzaba volando el cielo de sus tejados con el secreto más peligroso de la cristiandad cosido al costado.

Sus botas impactaron contra las tejas del almacén de lino con un golpe seco que le hizo crujir las rodillas. Rodó de inmediato sobre su hombro derecho, amortiguando la caída sobre los fardos de jarcia que descansaban en la azotea vecina, ignorando el dolor agudo que le recorrió la espalda.

Al ponerse en pie de un salto, se giró para mirar atrás. Dos ballesteros de la Orden Iscariote ya se asomaban por el tejado contiguo, apuntando con sus armas mecánicas hacia las sombras.

—¡Ahí está el maldito pícaro! —gritó uno de ellos, su voz distorsionada por la visera de hierro del casco—. ¡No le tiréis a matar, el Hermano Alistair lo quiere vivo! ¡El objeto tiene que regresar intacto!

Mateo no esperó a ver el destello de la cuerda de las ballestas.

Corrió cojeando levemente, sin saber bien adónde iban sus pies, guiado solo por el instinto animal de alejarse del peligro y por el olor a salitre y brea que le llegaba desde el río.

Mientras corría, la respiración le salía en ráfagas cortas y ruidosas, demasiado ruidosas para su gusto, como un fuelle roto.

Sentía la garganta en carne viva. El morral golpeaba contra su cadera a cada zancada, recordándole que lo que llevaba dentro valía más que su propia vida.

«No soy soldado», pensó mientras volaba por el borde del almacén. «No soy un matón de taberna. No sé pelear con espada. No sé curar una herida de ballesta. Solo sé leer los garabatos del viejo».

Y entonces, de nuevo, la voz del abuelo. Esta vez más suave, casi burlona, con ese tonillo de quien ya lo ha visto todo y sabe que la mitad de las catástrofes terminan siendo anécdotas:

—Tampoco yo era guerrero, Mateo. Y aun así aquí está el diario.

Se descolgó por una tubería de plomo y se dejó caer sobre una pila de redes de pesca viejas y malolientes que atenuaron su impacto en el callejón trasero.

El suelo de tierra batida estaba resbaladizo, pero la cercanía del agua le dio las fuerzas que le faltaban.

Podía oler el salitre y la brea. El puerto estaba ahí.

Se arrojó finalmente al agua negra del Guadalquivir para cruzar el cauce bajo la protección de la oscuridad, nadando con desesperación mientras los virotes seguían impactando en el agua, levantando pequeños surtidores de espuma a pocos metros de su posición.