El testamento de Elías (Provenance 1) 4
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Algunos días después, la comunidad judía de Roma convocó una conferencia de prensa para anunciar que se había encontrado un número adicional de libros pertenecientes a la Biblioteca, aquellos que descubrimos en la barriga del Monte Soratte.

Después de la conferencia de prensa, Rebecca había invitado Monseñor Hoffmann a reunirse con nosotros.

Quería tener una charla con él en privado.

“Monseñor Hoffmann”, le dije en cuanto lo apercibí, “es un placer volver a verlo en persona. ¿Puedo presentarle a una querida amiga mía? La Sra. Rebecca Romanelli, bibliotecaria del Tempio Maggiore.”

“Piacere”, dijo Monseñor Hoffmann, besando la mano de Rebecca. Ella sonrió, pero no dijo nada en absoluto.

“Nos preguntábamos si podríamos tener una pequeña charla con usted.”

“En privado”, añadió Rebecca.

“Por supuesto”, respondió.

Rebecca nos llevó a una habitación donde encontramos a dos personas: un guarda de seguridad y un hombre de aspecto anodino. El rostro de Monseñor Hoffmann cambió de expresión cuando vio a la segunda persona.

“Monseñor Hoffmann”, dijo Rebecca, “creo que conoce al Sr. Pugliese.”

Monseñor no respondió, por supuesto. Tampoco hacía falta que lo hiciera.

“Hemos descubierto no sin cierta sorpresa que el Sr. Pugliese le ha estado informando sobre las actividades que se llevan a cabo en el Tempio Maggiore desde hace una larga temporada”, continuó Rebecca.

“Como se puede imaginar, esta actividad no es compatible con sus obligaciones contractuales, así que me temo que nos hemos visto obligados a despedirle sin más dilación.”

Dirigiéndose al guarda de seguridad, dijo: “Por favor, acompañe al Sr. Pugliese a la salida.”

Mientras Monseñor Hoffmann observaba atónito cómo su topo salía de la habitación sin mediar palabra, Rebecca me susurró al oído: “Tengo una sorpresa para ti.”

“Me temo que no sé de qué está hablando”, dijo Monseñor Hoffmann de una manera poco convincente.

“Este no es un gesto nada amable del Vaticano”, continuó Rebecca, ignorando su refutación, “pero sospecho que el Papa no sabe que usted nos estaba espiando. Sin embargo, esto es algo fácil de verificar, ¿no es así?”

Monseñor Hoffmann comprendió que continuar haciéndose el tonto era completamente inútil.

“¿Qué espera de mí, Sra. Romanelli?”

“Bueno, espero que nos eche una mano para asegurar que la anunciada apertura de los Archivos Vaticanos sobre la Segunda Guerra Mundial no sea sólo un ejercicio de relaciones públicas.”

“Eso es algo que no depende de mí”, respondió.

“Estoy seguro de que usted puede ser muy útil en este sentido.”

“Ya veremos”, contestó.

“Ahora, como gesto de buena voluntad que sin duda usted no merece, nos gustaría mostrarle algo que le interesará.”

Rebecca se dirigió a una mesa colocada en el centro de la habitación, sobre la que yacía un paño de tela. Al retirarlo, apareció un trozo de papiro que parecía muy antiguo.

“Este, Monseñor Hoffmann, es el documento que Matthias Paul mostró a su recientemente fallecido amigo.”

“¿El Testimonium Flavianum original?”, dijo con los ojos bien abiertos.

“Exactamente. Sólo hay un problema, Monseñor”, añadió Rebecca.

“¿Qué problema?”

“Es una falsificación.”

“¿Qué quiere decir, es una falsificación?”

“Eso mismo, una falsificación. Créame, hemos comprobado cuidadosamente tanto el papiro como la tinta y ninguno de ellos puede pertenecer a un documento del siglo primero d.C.”

“Pero ¿cómo es posible? Mi amigo me aseguró que el documento era auténtico.”

“Tengo que decir que es una gran falsificación, sin duda alguna. Fue realizada bajo coacción por un especialista judío para su devotísimo Herr Matthias Paul. ¿Y sabe usted? Para agradecerle al falsificador el haber hecho un trabajo de tal calidad,

Herr Paul lo envió al campo de exterminación de Auschwitz. Un tipo encantador, su amigo Herr Paul, ¿no le parece?”

En ese momento comprendí lo que había pasado. La falsificación había sido realizada por Elías Mendes, probablemente en la misma habitación del búnker donde encontramos la Chanson.

“Todo esto por una falsificación...”, dijo monseñor Hoffmann con remordimiento.

“Irónico, ¿no?”, dijo Rebecca con desdén.

“Ahora sería un buen momento, monseñor,” intervine, “para explicarnos por qué exactamente Matthias Paul mostró este documento falsificado a su recientemente fallecido amigo. Comprendo que Herr Paul pretendía chantajear al Vaticano con él, dado su supuesto contenido. ¿Pero qué buscaba obtener?

No era dinero, de eso estoy bastante seguro. ¿Algo que ver con las líneas de ratas, tal vez?”

Las líneas de ratas (ratlines en inglés) eran el nombre que se dio a las rutas de escape que eran tomadas por los criminales nazis para huir de Europa y que conducían principalmente a América del Sur.

Se sospecha que muchos de los nazis que escaparon fueron apoyados por miembros de la Iglesia Católica con ideas afines, y algunos se atreven a decir que el propio Vaticano estuvo involucrado en ayudar a ciertos nazis en su huida.

Monseñor Hoffmann me miró con sus plácidos ojos azules de una manera bastante intimidante.

“Veo que lo ha entendido todo, Sr. Schmidt-Toledano. Obviamente, como historiador usted es consciente del hecho de que miembros individuales de la Iglesia ayudaron a algunos criminales nazis a huir a Sudamérica después del final de la Segunda Guerra Mundial.”

“En efecto.”

“Un alto miembro de la Curia Romana, que era el superior de mi amigo en aquel momento, fue uno de los que participó en esta actividad, la cual no estaba autorizada por el Vaticano.”

No autorizada por el Vaticano. Yo no estaba tan seguro de eso. El papel de la Iglesia durante y después de la Segunda Guerra Mundial aún se debate entre los historiadores, pero no quise interrumpir su explicación con una refutación en toda regla.

“Herr Paul era consciente de que Alemania no podía ganar la guerra y propuso a mi amigo un intercambio de favores: a cambio del Testimonium Flavianum, nosotros les facilitaríamos la intervención del Vaticano para que algunos de sus amigos nazis pudieran escapar de Europa.

Nosotros hicimos nuestra parte, pero Herr Paul desapareció sin darnos el manuscrito.”

“Nosotros, ¿quiénes son nosotros? ¿El Vaticano fue informado de esta, llamémosla operación, o fue dirigida por su Cardenal y otros miembros alemanes de alto rango de la Curia Romana sin previa consulta con el Papa?”

“Es todo lo que tengo que decir sobre este asunto”, respondió monseñor Hoffmann de mala gana.

“Qué historia más triste...”, dijo Rebecca con sarcasmo. “Ahora, si no le importa, monseñor, tenemos otros asuntos que atender.”

“¿Sería posible obtener el documento?”, dijo suavemente. “Estaría dispuesto a pagar una bonita suma de dinero por él.”

“Me temo que no es posible”, respondió Rebecca en tono ofendido. “Es un recuerdo de una víctima del Holocausto, y lo veneramos como tal. Buenas tardes, monseñor.”

“¿Y ni siquiera me va a decir lo que dice el falso Testimonium Flavianum?”

“Pero usted sabe perfectamente lo que dice, monseñor”, respondió Rebecca, desafiante.

Monseñor Hoffmann la miró con desdén y se volvió hacia mí.

“Estoy muy decepcionado con usted, Sr. Schmidt-Toledano. No me esperaba tal encerrona de su parte. Pero estoy seguro de que nos volveremos a encontrar.”

“¿Es una amenaza, Monseñor?”

“Sólo una premonición. Auf Wiedersehen!”

Rebecca le pidió al guardia de seguridad, el cual nos estaba esperando fuera de la habitación, que le mostrara la salida del edificio a Monseñor Hoffmann. Rebecca regresó con una triunfal sonrisa en su hermoso rostro.

“Qué me dices, ¿te gustó mi sorpresa?”

“Veo que te gustan los golpes de efecto.”

“Ese bastardo debería ir a la cárcel por habernos espiado todo este tiempo, pero mis colegas y yo acordamos que sería mejor para la maltrecha relación católico-judía que dejáramos todo este asunto de lado.”

“Probablemente sea lo mejor.”

“De todos modos, estamos acostumbrados a ello.”

“¿Qué quieres decir?”

“No es la primera vez que uno de los nuestros nos traiciona. Recuerda, nosotros inventamos el Beso de Judas.”

“En realidad, el papel que Judas Iscariote jugó en la crucifixión de Jesucristo es bastante controvertido entre los investigadores de la Biblia.”

“Ya lo sé. Pero vamos, hasta el jodido Torquemada provenía de una familia de conversos.”

“Los conversos suelen ser los peores fanáticos. Pero bueno, supongo que ahora podrías decirme lo que dice el falso Testimonium Flavianum…”

“¿Alguna vez has oído hablar del Toledot Yeshu?”

“Pues no.”

“Por supuesto que no, eres católico después de todo,” dijo, riéndose. “El Sefer Toledot Yeshu es un relato medieval de la vida de Jesucristo escrito desde una perspectiva judía que resulta, digamos, ligeramente blasfema desde una perspectiva católica.”

“¿Con ligeramente quieres decir...?”

“Te ahorraré los detalles más desagradables, pero digamos que contradice dos dogmas fundamentales del Nuevo Testamento.”

“¿Es decir?”

“Pues que ni el Espíritu Santo era el padre de Jesucristo ni resucitó de entre los muertos.

“Ni más ni menos. Y Matthias Paul lo sabía...”

.”..e hizo creer al Vaticano que el falso Testimonium Flavianum confirmaba las historias blasfemas narradas en el Toledot Yeshu.”

“¿Y cómo sabías que Monseñor Hoffmann ya estaba al tanto de lo que había en el falso Testimonium Flavianum?”

“No lo sabía con seguridad, era sólo una simple conjetura, pero piénsalo. La Iglesia no habría usado trucos sucios para obtener un manuscrito que confirmara el Testimonium Flavianum tal y como lo conocemos. Una versión que contradijese el Nuevo Testamento, sin embargo,

podría ser muy peligrosa para la Iglesia si se hiciera pública. Matthias Paul lo sabía y lo usó a su favor. Como la falsificación producida por Elías Mendes era de suficiente calidad como para engañar al recientemente fallecido amigo de Monseñor Hoffmann,

fue fácil para Herr Paul chantajear al Vaticano y conseguir la ayuda que sus amigos nazis necesitaban para huir a Sudamérica.”

“Un hijo de puta harto inteligente, este Matthias Paul.”

“En efecto. Pero olvídate de él. Pertenece al pasado, está muerto, y perdió la guerra. Nosotros encontramos la menorá. Fue Elías Mendes el que al final salió ganando.”

“Eso es verdad.”

“Ahora, cambiando de tema, esta tarde estamos completamente libres para hacer lo que queramos”, añadió Rebecca con una sonrisa maliciosa. “¿Alguna idea?”

Esa era una pregunta fácil de responder. De hecho, tenía una idea bastante clara de lo que quería hacer a continuación.