Epílogo
Geborgen aber durch Geheimnis,
wartet und wacht noch immer
der ewige Leuchter.
Stefan Zweig, Der begrabene Leuchter
Hacía una espléndida tarde romana, soleada y brillante.
Como de costumbre, los turistas abarrotaban la entrada del Foro Romano, haciéndose selfis e ignorando alegremente la belleza y el significado del lugar.
Rebecca y yo hacíamos cola como cualquier otra persona, esperando a pagar el billete de entrada.
Delante de nosotros, erguido y orgulloso, el Arco de Tito nos esperaba.
“Ahora entiendo por qué querías venir aquí”, dijo Rebecca mirando el Arco.
“No hay otro lugar en el que quisiera estar ahora mismo.”
“Veo que también has traído el regalo de Albert.”
Efectivamente, el ejemplar de la primera edición de El Candelabro Enterrado de Stefan Zweig no se había apartado de mi lado desde que David me lo diera en la Embajada de Israel.
Este regalo significaba mucho para mí y quería tenerlo conmigo cuando finalmente me presentara ante el Arco de Tito, el símbolo por excelencia de la destrucción y expolio del Templo de Jerusalén y del éxodo del pueblo judío.
Quería estar allí, contemplar el relieve con los objetos sagrados del Templo en el panel interior sur del Arco y decirme a mí mismo: Albert, tu sueño se ha hecho realidad, la menorá ha vuelto a casa.
“Los objetos del Templo son mucho más hermosos en realidad, ¿no crees?”, dijo Rebecca cuando finalmente llegamos ante el Arco.
“Este magnífico relieve es sólo un pálido reflejo de la realidad, sin duda.”
“Es increíble”, continuó Rebecca, “he visto esta imagen innumerables veces, y nunca hubiera soñado que un día contemplaría con mis propios ojos la auténtica menorá.” Los ojos de Rebecca se llenaron de lágrimas de alegría y de orgullo.
Mientras tanto, yo había abierto el libro de Albert por su última página y había empezado a leerlo.
“No puedo quitarme estas palabras de la cabeza”, le dije a Rebecca, traduciendo como pude el poético alemán de Stefan Zweig: “Protegido por un secreto, el candelabro eterno espera y vigila... ¿Cuánta verdad, no crees?
La menorá y los otros objetos del Templo están en efecto protegidos por un secreto. Un secreto que hemos jurado guardar.”
“Sí, pero al menos tú y yo sabemos que existen. Los hemos visto con nuestros propios ojos. Sólo un puñado de personas vivas pueden presumir de ello.”
“Es verdad.”
“Además, date la vuelta, mira delante de ti. ¿Qué es lo que ves?”
“¿Te refieres al Coliseo?”
“Sí, el Coliseo. Según una de las muchas leyendas sobre los objetos del Templo, estos fueron fundidos para obtener el oro del que estaban hechos, y que con ese oro se financió la construcción del Coliseo. Ahora por fin tú y yo sabemos que no es verdad. Tampoco están en el fondo del Tíber,
como cuenta otra vieja leyenda romana, ni están en una cámara secreta en el Vaticano, como tanta gente piensa. Existen, los hemos visto y sabemos que están en buenas manos.”
“Es verdad. Pero ¿crees que los volveremos a ver?”
“Bueno, conociendo la historia de Oriente Medio, probablemente tendremos que esperar un largo tiempo.”
“En realidad, la novela de Zweig termina planteando la misma pregunta: ¿Descansará la menorá eternamente así, escondida y perdida para su Pueblo, el cual aún vaga sin paz de un país extranjero a otro, o alguien la encontrará finalmente el día en que su Pueblo se encuentre de nuevo a sí mismo,
y volverá a brillar en el Templo de la Paz?”
“Al menos una cosa ha cambiado desde que Zweig escribió este libro: aunque no podemos decir que hayamos encontrado la paz todavía, al menos el pueblo judío no vaga de un país a otro y nos hemos encontrado de nuevo en Eretz Yisrael, la Tierra de Israel.”
“Pero la menorá no será presentada al público hasta que haya paz en Tierra Santa. Paz para todos, no sólo para el pueblo judío.”
“Entonces debemos rezar para que llegue el día en que todos podamos vivir en paz, israelíes y palestinos, judíos, musulmanes y cristianos.”
“Absolutamente. Parafraseando a Stefan Zweig, que la luz de la menorá brille un día en un Templo de la Paz para toda la humanidad.”
“Amén.”
* * *