El testamento de Elías (Provenance 1) 8
92%

8

Los chicos de David habían montado una grúa sobre el agujero del pozo para poder descolgarse desde ella con la ayuda de un cable metálico.

El lugarteniente de David, un tipo alto, musculoso y de tez morena como la mayoría de los judíos sefardíes, hizo los honores para comprobar que era seguro.

Durante unos angustiosos momentos, el lugarteniente desapareció por el agujero sin que en el monitor vídeo pudiéramos ver nada más que obscuridad total.

Al subir a la superficie de nuevo nos indicó con un gesto de la mano que podíamos bajar.

Uno a uno, descendimos lentamente por el estrecho abismo.

Al sumergirme en el agua no pude ver nada, como si aquel pozo no tuviera fondo.

Solo podía percibir el centello de las linternas de David y los suyos debajo de mí.

Siguiéndolos, salí del tubo del pozo para entrar en lo que parecía una cisterna de techo abovedado soportada por cuatro enormes columnas.

La oscuridad reinaba en su interior, y las tenues luces de nuestras linternas no permitían hacernos una idea precisa de las dimensiones de aquella cisterna.

Buceé hacia una de las columnas, tratando de encontrar una pared, hasta que vi algo parpadeando frente a mí.

Una figura humana me observaba desde el fondo de la sala.

Sobreponiéndome a mi sobresalto inicial, avancé hacia la fantasmagórica aparición hasta que estuve lo suficientemente cerca como para entender lo que era: el reflejo de un mosaico dorado en la pared representando un caballero templario con armadura y espada.

Seguí buceando a lo largo de la pared, la cual estaba cubierta de mosaicos similares.

Maravillado, apunté mi linterna hacia el techo.

Por lo que podía ver, el techo también estaba cubierto de mosaicos.

Agité mi linterna a los otros chicos, y David respondió con una señal con la mano, pidiéndome que esperara.

En un minuto, vi a otro tipo entrar desde el pozo con un gran foco.

Lo dejó en el suelo de la cisterna y lo encendió.

Mis ojos se abrieron como platos.

Una sala llena de mosaicos de influencia bizantina, tan maravillosos como los que se pueden ver en la Basílica de San Marcos de Venecia, en las iglesias de Ravena o en la Basílica de Santa Sofía en Estambul, brillaban a nuestro alrededor y por encima de nosotros.

Uno a uno, relataban el robo de los objetos sagrados del Templo de Jerusalén por Étienne de París y sus secuaces, desde el viaje secreto a Constantinopla hasta el retorno triunfal a San Giorgio in Alga.

Había un lugar, sin embargo, sin mosaico alguno.

Una puerta negra.

Cerrada.

Con una inscripción.

NON , NOBIS , DNE

Reconocí aquellas palabras inmediatamente.

Forman parte de una frase en latín del Libro de los Salmos, non nobis Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam, es decir, no nos glorifiques a nosotros, Señor: glorifica solamente tu Nombre.

Esta frase es conocida, entre otras cosas, por ser el lema de los Caballeros Templarios.

David hizo señales a los chicos para que trajeran las barras de metal que habían usado para mover la baldosa de piedra. Con mucho esfuerzo, los chicos se las arreglaron para abrir la puerta.

El paso estaba libre.

Otro tipo trajo la gran linterna que habíamos usado para iluminar la cripta. Y entonces los vimos.

En todo su dorado esplendor.

Los objetos del Templo de Jerusalén.

La Mesa de los Panes de la Ofrenda.

Las Trompetas.

La Menorá.