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Mientras retornábamos a la Zodiac, Marco nos escrutaba con una ligera sonrisa.
“Allora ragazzi, ¿habéis encontrado lo que estabais buscando?”
“Ha sido una visita muy instructiva”, le contesté con fingida indiferencia, pero Marco no era estúpido.
“Sabes, no sois el primer grupo de clientes que traigo aquí, y todos vienen buscando lo mismo.”
“¿Es decir?”
“El tesoro de los Templarios, por supuesto.”
“¿Hay un tesoro en la isla?”, dijo Rebecca, demostrando saber mentir mucho mejor que yo.
“¿No me digas que no lo sabíais? Pues os cuento la historia, si queréis. Hay una leyenda veneciana que dice que el templario Jean de la Flandre trajo a Venecia el tesoro del Temple que era custodiado en Acre y lo enterró en San Giorgio in Alga.
“¿En serio?”, añadí, ¿y no se sabe dónde enterró el tesoro?”
“No. Se dice que se llevó consigo el secreto a la tumba.”
“Suena a cuento chino”, intervino Rebecca. “Después de tantos siglos, alguien lo habría encontrado, ¿no os parece?”
“Eso es lo que les digo a mis clientes cuando abandonan la isla.”
“No antes, ¿verdad?”
“¿Por qué voy a quitarles la ilusión? Soñar es algo importante en la vida.”
“Y un buen negocio para ti.”
“Business is business”, contestó Marco, riendo alegremente. “Pero vosotros me habéis caído bien. Puesto que os interesa tanto la isla y sus misterios, os puedo presentar si queréis a la persona que mejor la conoce.”
“¿No decías que nadie sabía más de la isla que tú?”, le pregunté.
“Bueno, yo soy el guía que mejor conoce la isla, y por ello conozco a la persona que mejor la conoce de toda Venecia.”
“¿Y de quién estás hablando?”
“De un anciano que vivió en la isla de pequeño en los años 50. Os puedo llevar a su casa si queréis, y os haré un buen precio, no os preocupéis.”
No sé si Marco era el guía que mejor conocía la isla, pero tenía sin duda alguna un desarrollado sentido comercial.