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Como decía antes, Marco era un tipo un tanto particular y de talentos variados.
Guiaba la Zodiac con mano experta a través de la laguna mientras nos daba una lección magistral sobre la Serenissima y sus fascinantes secretos.
Y todo ello, fumándose un porro tranquilamente, sin importarle lo más mínimo la cara de desaprobación de Rebecca.
“La historia de San Giorgio in Alga es muy accidentada”, nos contó.
“Después de la fundación de un monasterio benedictino en el siglo XI y su posterior ocupación por monjes agustinos, la isla fue entregada por el Papa Bonifacio IX a Ludovico Barbo en 1397, quien instaló la congregación de San Giorgio in Alga en 1404. Después de esto,
los edificios fueron reconstruidos y reparados, y la congregación permaneció en la isla hasta 1668, cuando el Papa Clemente IX la disolvió. Más tarde, monjes de otras congregaciones se establecieron en la isla, hasta que en 1716 la iglesia y el monasterio fueron destruidos por un incendio.
Posteriormente, la isla fue utilizada por los austriacos como una prisión política, construyendo estructuras militares, y después de la llegada de Napoleón a Venecia, el monasterio se cerró definitivamente, la iglesia fue destruida y las estructuras restantes fueron utilizadas como polvorín.
Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis usaron la isla como base secreta para entrenar a hombres rana en la colocación de minas, por lo que fue bombardeada por los aliados en 1945. Actualmente San Giorgio in Alga pertenece a la Ciudad de Venecia, pero está abandonada,
usada a menudo como vertedero ilegal y frecuentada por yonquis y otros personajes poco recomendables. Es una auténtica pena.”
Por desgracia, Marco tenía razón de principio a fin. Cuando llegamos a la isla, lo primero que vimos fueron las ruinas de la iglesia y escombros, muchos escombros. Sillones podridos, camas, armarios, marcos de ventanas rotos, aparatos de cocina, incluso algunas barcazas hundidas.
Tras atracar la Zodiac, Marco nos pidió que permaneciéramos a bordo un momento mientras echaba un vistazo. Quería asegurarse, nos dijo, que no había ningún elemento peligroso rondando por allí.
“La isla tiene muy mal aspecto”, dijo Rebecca con disgusto.
“Vaya, creía que a ti te gustaba que la adrenalina corriera por tus venas”, le respondí con sorna.
“Spiritoso…”
Entretanto, Marco apareció de entre la maleza.
“La costa è libera”, nos gritó para que le siguiéramos.
Tras bajar dificultosamente de la zodiac al destartalado puerto de la isla, avanzamos entre escombros varios hacia los edificios derruidos que se encontraban ante nosotros.
Entramos en uno de ellos con pie inseguro, ya que el suelo estaba cubierto de vegetación y todo tipo de basura.
El interior no conservaba nada que recordara la antigua gloria de la isla, sólo paredes desnudas cubiertas de grafitis y algunos muebles en mal estado que parecían haber sido utilizados como lugar de residencia de gente sin techo, muy probablemente por drogadictos.
Saliendo de la iglesia, seguimos nuestra búsqueda, caminando con dificultad por aquel bosque impenetrable.
Yo fingía que estaba haciendo fotos por curiosidad para que Marco no se percatase de lo que estábamos haciendo en realidad, aunque él parecía más interesando en liarse otro porro que en averiguar qué estábamos haciendo.
“Otto”, dijo Rebecca, “no me queda claro qué estamos buscando aquí.”
“Recuerda lo que dice la Chanson: los objetos del Templo de Jerusalén fueron depositados en la cripta donde se guarda la fuente de vida. Supongo que tal cripta debe estar entre las ruinas de la iglesia o del monasterio.”
“¿Y la fuente de vida?”
“He estado pensando en ello. La Fuente de Vida es un símbolo cristiano asociado al bautismo. También aparece mencionada en el Apocalipsis: Porque el Cordero que está en medio del trono será su Pastor y los conducirá hacia los manantiales de agua viva.”
“¿Quizás se refiere al baptisterio de la iglesia?”
“Podría ser eso o cualquier otra cosa. Vamos a ver lo que nos encontramos.”
Visitamos el resto de las ruinas con un sentimiento de desazón ante tal abandono.
No quedaban más que muros desnudos y ladrillos esparcidos por el suelo cubierto de hierbajos.
El resto de la isla no era más que maleza y árboles descuidados.
Después de caminar alrededor durante un par de horas, tuve que rendirme a la evidencia de que no había nada en la isla que pudiera ayudarnos en nuestra investigación.
Ningún rastro de una cripta que pudiese guardar la fuente de vida.
“Marco, creo que ya hemos visto suficiente, podemos volver a casa.”
Rebecca, muy alborotada, no compartía para nada mis prisas.
“¿Por qué nos vamos?”, preguntó. “¡Apenas hemos echado un vistazo!”
“No veo qué podemos hacer aquí ahora mismo”, respondí resignado.
“La única información que tenemos hasta ahora es una referencia a esta isla y a una cripta de la que no hemos encontrado ningún rastro, pero nada más. Sin tener una idea más precisa sobre dónde buscar, quedarse aquí es una pérdida de tiempo.”
Una vez más, el destino nos ponía ante un callejón sin salida.