El testamento de Elías (Provenance 1) 4
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Marco nos llevó de vuelta a Venecia para visitar a Riccardo Favaro, el lugareño del que nos había hablado.

“Riccardo es, en cierto modo, una reliquia de un mundo que está desapareciendo inexorablemente. Los turistas no se dan cuenta, pero Venecia se está vaciando de sus habitantes. Actualmente hay unos 50.000 más o menos, mientras que en los años 50 habían 175.000. Y la tendencia a la baja continúa.

Los jóvenes se van, faltos de oportunidades profesionales y de vivienda asequible, mientras que los viejos… bueno, se van muriendo. Maldito turismo de masa. Si dependiera de mí, limitaría el número de personas que pueden acceder a la ciudad. Están matando a Venecia.

Para quedarse aquí hace falta tener muchas ganas.”

Riccardo Favaro era uno de esos irreductibles habitantes de Venecia que se negaba a abandonar la ciudad.

Profesor jubilado, vivía en un rincón tranquilo en el sestiere de Cannaregio, lejos de la manada turística.

Para entrar en su casa, al igual que en tantas otras propiedades privadas en Venecia, había que cruzar un puente metálico sobre un pequeño canal bajo el que sólo góndolas y pequeñas embarcaciones podían pasar.

Marco amarró la Zodiac debajo del puente, justo al lado de un portón de hierro que daba a la calle paralela, y nos invitó a subir.

Al lado de una anónima puerta había un timbre de latón dorado con el nombre R.FAVARO.

El propietario apareció inmediatamente después de que presionáramos el timbre, como si nos hubiera estado esperando.

El señor Favaro era un típico hombre mediterráneo de edad indeterminada, amplia sonrisa y piel curtida al sol y a la brisa de la laguna veneciana.

Nos saludó en un italiano de suave entonación véneta, sin esas dobles consonantes tan típicas de la lengua transalpina.

Cosa poco habitual en Venecia, su casa tenía un pequeño jardín en el que nos recibió con la solicitud de un anciano que no recibe visitas a menudo.

Tras ofrecernos el inevitable y delicioso café, nos contó como durante toda su infancia venía a pasar el verano a la isla con sus padres.

“Era estupendo. Como otras familias venían a pasar las vacaciones en la isla, aquello estaba lleno de niños con los que jugar. ¡Era el paraíso para nosotros! Por supuesto, la iglesia y el monasterio estaban en ruinas,

pero el resto de la isla no se encontraba en el estado actual de total abandono que ustedes han podido observar con Marco. Miren, aquí tengo algunas fotos.”

El señor Favaro nos enseñó un álbum con instantáneas de un mundo perdido: una panda de niños sonrientes sueltos por la isla en total libertad.

“¿Qué pasó después para que la isla se encuentre en el estado actual?”, le pregunté.

“Bueno, los niños crecieron y llegó el boom económico, con lo que la gente encontró trabajo en otros sitios y los habitantes fueron abandonando la isla. Poco a poco, se fue llenando de maleza y de drogadictos. Y ya nadie se interesa por ella.”

“¿Nadie?”

“Yo iba a menudo en barca cuando era más joven, pero ya no estoy para tanto trote. Y si tienes mala suerte te puedes encontrar con algún elemento poco recomendable…”

“Marco nos ha contado la historia del tesoro Templario”, dijo Rebecca.

“Favolette. Cuando éramos niños, todos conocíamos la historia del tesoro Templario. Con mis amigos de antaño registramos cada centímetro cuadrado de la isla en su búsqueda, pero no encontramos nada. Hasta cavamos algún que otro agujero.

Luego te haces adulto y entiendes que aquello era sólo una leyenda sin base factual alguna.”

¿Favolette? La historia que habíamos leído en la Chanson no parecía una simple fábula, pero es cierto que no mencionaba en ningún lugar ni el tal Jean de la Flandre ni el tesoro Templario de Acre.

¿Eran dos historias diferentes o estaban conectadas de alguna manera?

En cualquier caso, yo no estaba dispuesto a abandonar la búsqueda así como así, pero era verdad que la conversación con Riccardo, más allá de ser harto interesante, no nos estaba llevando a ningún lado.

“Sr. Favaro, no quisiéramos robarle más tiempo…”

“¿Se quiere ir ya? No les he enseñado todavía mi pequeño museo.”

Marco nos miró con una sonrisa, como diciendo ahora viene lo bueno.

“Todas las piezas que veis en el jardín vienen de la isla. Me las llevé antes de que algún desalmado las vendiese en el mercado negro.”

Efectivamente, el jardín estaba salpicado de piezas escultóricas de mármol, fragmentos de la iglesia y el monasterio de San Giorgio in Alga.

Con indisimulado orgullo, Riccardo nos explicó la proveniencia y el significado de cada una de ellas.

Escuché las explicaciones del señor Favaro por puro agradecimiento al tiempo que se había tomado con nosotros, hasta que una pieza llamó mi atención.

“¿Y ésta?”, dije señalando al pozo de mármol que se encontraba en medio del jardín.

“También viene de la isla. Es la vera da pozzo del monasterio.”

“¿La vera da pozzo?”

“Es la manera en la que llamamos en Venecia al brocal de los pozos”, dijo el señor Favaro.

“Si os habéis fijado bien, hay una multitud de ellos en las plazas y en los patios de las casas venecianas, algunos muy antiguos y esculpidos con mucho arte. Esta me la encontré tirado en medio de la nada, abandonada a su suerte, así que me la traje de vuelta a casa.

Y no veas el trabajo que me costó subirla a la barca.”

Riccardo nos explicó que, en la Venecia de tiempos pretéritos, obtener agua potable era algo realmente complicado.

Actualmente, hay un acueducto que trae el precioso líquido desde el continente, pero antes de su construcción, la única forma de abastecer la población era a través de pozos que recogían el agua de lluvia de manera harto ingeniosa:

tras excavar en el centro de la plaza o jardín un agujero de unos cuantos cientos de metros cúbicos, se recubrían las paredes y el fondo del agujero con una capa de arcilla para impermeabilizarlo y así impedir infiltraciones de agua salada.

Luego se rellenaba el agujero con arena y guijarros, colocando en las extremidades dos o cuatro pequeños pozos sin brocal cubiertos por unas baldosas agujereadas llamadas pilelle.

En esos pocitos se recogían las aguas pluviales, donde eran filtradas a través del depósito de arena circundante.

El pozo se construía en el centro del depósito con unos ladrillos especiales, llamados pozzali, que permitían que el agua se filtrase a través de ellos y se depositara en el fondo del pozo.

El brocal o vera da pozzo servía de cierre decorativo e impedía que los incautos se cayeran al pozo.

Mientras Rebecca seguía las explicaciones de Riccardo, yo me quedé mirando con atención cada detalle de aquel brocal.

Resemblaba a un capitel de columna, y debía ser muy muy antiguo, ya que el tiempo había borrado casi completamente su ornamentación bizantina.

Me incliné para observar cada figura, cada inscripción…

hasta que un detalle me llamó poderosamente la atención.

Al principio me pareció una especie de blasón heráldico.

Pero no, era algo completamente diferente. Parecía un sello con una inscripción circundante en latín.

Al leer la inscripción, mis ojos se abrieron como platos.

¡Eureka!