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Siempre he sido un monógamo en serie, es decir, alguien que no puede soportar estar solo y salta de una relación a otra sin pasar por periodos prolongados de soltería.
Los especímenes de tal grupo social suelen quedarse atascados en una relación, no importa lo infeliz que sea, hasta que encuentran una nueva persona que les haga compañía.
Es el momento en que se atreven a pronunciar a su pareja legítima esa frase tan trillada: He conocido a alguien.
Por supuesto, el hecho de haber conocido a otra persona presupone un período de cortejo previo que se oculta convenientemente al tercero en discordia.
En mi caso particular, todo lo que he dicho antes es bastante exacto.
Sin embargo, debo confesar que siempre he odiado esos momentos en los que, por necesidad, uno se ve obligado a mentir a la legítima mientras uno seduce a la siguiente.
En ese sentido, no soy ningún Don Juan. Siempre he creído en la fidelidad y he tratado de evitar el engaño tanto como he podido.
Tanto como he podido... Suena a excusa barata, ¿no es verdad?
Todo el mundo encuentra una manera conveniente de justificar sus propios actos.
Pero después de todo, ¿cuándo se convierte el engaño en engaño?
¿Estaba engañando a Zoé desde el momento en que puse los ojos en Rebecca?
¿Cuando acepté su invitación para cenar con ella?
¿Cuando la acompañé a casa? ¿Y es engañoso irse a la cama con otra mujer cuando ya has decidido terminar la relación anterior?
¿Significa algo el engaño mientras el engañado no se entera?
No me sentía particularmente orgulloso de haber puesto los cuernos a Zoé. Pero en retrospectiva, debo reconocer que tampoco me importaba demasiado. Como dice el refrán: a rey muerto, rey puesto. Y mi relación con Zoé llevaba inerte demasiado tiempo.