5
Después de la cena, insistí en acompañarla a su casa, y no pareció que le molestara mi propuesta.
El paseo por las estrechas calles del Gueto fue deliciosamente silencioso.
Hasta ahora habíamos evitado hablar del elefante en la habitación.
Aquel beso dentro del vientre del Monte Soratte.
Al principio, pensé que había sido sólo el resultado de tanta adrenalina corriendo por nuestras venas después de haber sido empujados por dos tipos armados a través de pasajes oscuros en una cueva reminiscente del horror nazi.
Pero durante la cena quedó claro que ese beso fugaz había sido mucho más.
Y estaba igualmente claro que ambos queríamos llevarlo al siguiente nivel.
Cuando llegamos a la puerta de su edificio, me miró a los ojos sin decir nada. Muy femenina ella, esperaba que yo diera el primer paso. Le devolví la mirada, diciéndole:
“Supongo que este es el momento en el que me preguntas si quiero subir a tomar un té antes de irme a mi hotel.”
Me sonrió tímidamente sin decir una palabra.
Entonces la tomé en mis brazos y la besé suavemente.
Ella me devolvió el beso.
Seguimos besándonos en el ascensor.
En el pasillo que llevaba a su apartamento.
En su dormitorio…