El testamento de Elías (Provenance 1) 12
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El sabueso fiel intentó hacer una llamada telefónica pero obviamente no había red bajo tierra, así que murmuró algo a su compañero en un idioma que que no pude reconocer y salió de la cueva.

Mudito parecía contento de estar a cargo de la situación. Parecía tener un interés muy personal en lo que estaba pasando allí.

Rebecca.

El bastardo no le había quitado un ojo de encima desde que nos los encontramos, y ahora claramente quería aprovecharse de la situación. Desenfundó su pistola y me apuntó.

“Tú, ve a la esquina y pon tu cara contra la pared.”

“Ni de coña”, respondí, tratando de no parecer demasiado asustado.

“Muévete o te mato.”

“Vamos, mátame.” La adrenalina había tomado el control y hablaba por mi boca sin intervención alguna de mi parte.

“Muévete ahora mismo”, dijo, poniendo el arma en mi pecho.

“Otto, por favor, haz lo que te pide”, intervino Rebecca. “No te preocupes por mí.”

“De ninguna manera voy a dejar que este bastardo te toque.” La adrenalina seguía hablando sin pedir permiso.

“¡Muévete!”

Mi estrategia era perder tiempo hasta que el sabueso fiel regresara, pero no había ni rastro de él.

No iba a permitir que Mudito tocara a Rebecca, y él parecía decidido a apretar el gatillo.

Tenía que hacer algo. ¿Pero qué? La situación era insostenible.

Por fortuna, sucedió ocurrió algo completamente inesperado.

Fue tan rápido.

Unos tipos vestidos de negro aparecieron de repente por detrás, cogieron el arma de Mudito y lo tiraron al suelo, maniatándolo sin ningún miramiento.

Tras ellos apareció una cara conocida.

David.