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Hubiera preferido que Ahmet me hubiera dejado entrar solo en el apartamento de su abuelo, pero insistió en que quería estar presente cuando el cerrajero abriera la puerta.
Un asunto sentimental, dijo. Maldita sea, pensé.
Tuve que recogerlo en su hotel y aguantar su estúpida conversación durante el viaje en taxi a nuestro destino.
A pesar de su aspecto burgués, el edificio estaba en bastante mal estado.
La escalera necesitaba una reparación urgente y las paredes no habían sido pintadas en una década por lo menos.
Le pedí al cerrajero, un hombre tranquilo de mediana edad con una forma muy intimidante de mirar a la gente, que abriera primero el buzón.
Como esperaba, estaba saturado de publicidad y basura similar.
En el fondo del buzón, sin embargo, encontré algo muy intrigante: una postal, fechada en Roma el 14 de octubre de 1943, y remitida por Mendes a sí mismo.
En el frente había una foto de la Plaza de San Marcos en Venecia, mientras que en el dorso no había otro texto que un extraño conjunto de letras y números.
S. A. 1643 mar 1644 feb
¿Era algún tipo de código? ¿Y por qué Mendes se enviaba a sí mismo una postal desde Roma con una foto de Venecia en el frente?
Sin olvidar la fecha de envío: 14 de octubre de 1943.
¡Ese fue el día en que los nazis saquearon la Biblioteca!
Y la mención S. A.: ¿podía tener alguna relación con las SA nazis?
No podía ser: las fechas marzo de 1643 y febrero de 1644 lo hacían inverosímil. ¿O acaso no eran fechas?
Tantos detalles extraños en un simple pedazo de papel. En ese preciso momento no tenía forma de averiguar el propósito de esa postal, pero ciertamente no iba a desechar esta pista, así que la metí en mi bolsillo para indagar sobre ella posteriormente.
Subimos al segundo piso por las crujientes escaleras de madera. Junto a la puerta de madera tallada había una pequeña placa de latón con el nombre “E. MENDES” grabado en ella.
“¿Es esta?”, preguntó el cerrajero, y sin esperar respuesta de nuestra parte, dejó su caja de herramientas en el suelo y comenzó a manipular la cerradura, la cual cedió sin mucha resistencia.
El apartamento estaba en completa oscuridad.
Encendí la linterna de mi smartphone y fui a la ventana más cercana.
Al correr las gruesas cortinas, una lluvia de polvo cayó sobre mí, lo que me hizo toser y cerrar los ojos por un segundo.
Al darme la vuelta, me quedé patidifuso.
Era como si hubiéramos entrado sin querer en una especie de máquina del tiempo.
El apartamento estaba exactamente como lo dejó Elías Mendes cuando emprendió su fatídico viaje a Italia.
Incluso un periódico con fecha de junio de 1943 yacía sobre la mesa.
Mientras caminábamos por el apartamento, Ahmet se dedicó a inspeccionar todo como si estuviera evaluando el valor de venta de cada artículo.
Cada pieza de mobiliario, cada obra de arte mostraba el refinado gusto del antiguo propietario.
Sin embargo, yo estaba más interesado en otra cosa.
Dejé a Ahmet en el salón y fui directamente al pasillo, comprobando cada puerta hasta que encontré lo que buscaba.
El estudio personal de Mendes. El lugar donde seguramente llevó a cabo toda su investigación.
El lugar donde, sospechaba, debía guardar todos sus secretos.