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El estudio era exactamente como lo había imaginado: pequeño, ordenado y lleno de libros.
Una mesa de madera con incrustaciones de cuero verde y una silla a juego se encontraban al final de la habitación.
Todo estaba en perfecto orden y la mesa estaba vacía, excepto por una pluma Parker 51 y un bote de tinta.
Frente a su escritorio colgaba el hermoso retrato de una dama con una mirada llena de benevolencia.
“Esa es mi abuela”, dijo Ahmet desde la puerta.
“Una hermosa mujer”, respondí.
“Nunca llegué conocerla. Murió al dar a luz a mi madre.”
“Lo siento.”
“Gracias. Sabe, creo que debería haber pedido más dinero a su coleccionista americano, este apartamento está lleno de cosas valiosas.”
El mismo Ahmet de siempre. Acababa de entrar en un lugar asombroso lleno de belleza y, podría pensarse, cargado de valor sentimental para él, y lo único que le venía a la mente era si había hecho un buen negocio.
“Demasiado tarde para eso, me temo”, le dije con la más falsa de las sonrisas. “Ahora, si no le importa, tengo que empezar a hacer un inventario del contenido para mi cliente. A menos que quiera quedarse un poco más por razones sentimentales, por supuesto.”
“No, gracias, creo que ya he visto suficiente. Le deseo una agradable estancia en Zúrich, Sr. Schmidt-Toledano.”
“Adiós, Sr. Yilmaz.”
Disfruta de tu dinero, cretino miserable.