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Durante el paseo de vuelta a casa no dije ni pío. El relato de Monseñor Hoffmann me había dejado literalmente sin palabras. Y no hace falta decir que mi muy perspicaz madre se dio cuenta de que algo estaba pasando.
“Esa Virgen debe haber sido realmente impresionante, mi arma. Pasaste media hora ahí dentro y saliste como si hubieras visto al diablo.”
No exactamente al diablo, me dije a mí mismo. “Es un cuadro realmente hermoso”, le respondí en su lugar.
“Deberías hacer que un médico te mire ese síndrome de Stendhal tuyo. En fin, cambiando de tema: ¿cómo está Zoé? Me sorprende que no haya venido contigo de visita. No la he visto desde hace mucho tiempo...”
En aquella época, Zoé Parker era mi novia.
De nacionalidad británico-francesa, trabajaba en la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en París.
La familia de Zoé tenía mucho dinero (sus padres, ahora felizmente divorciados, eran ambos diplomáticos de alto rango) y estudió en las mejores universidades, pero a pesar de ello, mi querida Zoé se enorgullecía de ser liberal de izquierdas.
En mi opinión, era más bien un hermoso ejemplar (pelo oscuro, piel clara ligeramente pecosa, ojos azules de ensueño) de lo que los franceses llaman gauche caviar y al que los anglófonos se refieren como champagne socialism.
Hablando en plata, era una pija progre. Sus colegas y amigos eran exactamente como ella: niños mimados multiculturales y cosmopolitas.
Su idioma común era ese tipo de inglés hablado por las élites internacionales, pulido e insípido (el inglés que yo hablo y escribo, para ser completamente honesto).
Y por supuesto, había mucho champán y caviar en sus cenas.
A mi madre nunca le gustó Zoé. Preferiría verme casado con una buena chica católica que verme viviendo en pecado con una arrogante parisina de padres divorciados.
Y no nos engañemos, estaba encantada de que hubiera venido a Sevilla sin ella.
En realidad, mi madre hubiera sido la persona más feliz de la tierra si yo le hubiera anunciado que ya no estábamos juntos.
“Zoé está bien, gracias”, respondí. “Estaba demasiado ocupada para venir a Sevilla esta vez.”
“Siempre tiene una buena excusa...”
“Bueno, tú nunca te esfuerzas mucho por hacerla sentir bienvenida cuando viene aquí.”
“No creo que sea la chica adecuada para ti, y tú lo sabes. ¿Por qué no te consigues una buena chica de por aquí? Las chicas andaluzas son mucho más agradables que esas insoportables francesas que tanto te gustan.”
“Lo que tú digas, mamá.” No tenía sentido discutir con ella.
Habíamos tenido la misma conversación muchas veces a lo largo de los años sobre diferentes novias mías, y nunca habíamos llegado a ninguna conclusión fructífera.
Además, en el caso de Zoé mi madre tenía toda la razón, y eso es algo que yo nunca iba a admitir delante suya.