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Cuando llegué a casa de mi madre, esta me saludó con su habitual alegría. Y luego empezó a quejarse, como siempre.
“Te ha llevado más tiempo de lo habitual llegar a casa, ¿no?”, dijo con un poco de retintín.
“Después del vuelo, me apetecía caminar un poco por el Barrio de Santa Cruz”, le contesté.
“Como si nunca lo hubieras visto antes. Y cargado de maletas. Mira que eres rarito, hijo. Bueno, da igual, escucha, tengo buenas noticias para ti,” me dijo muy excitada. “He recibido una invitación personal del arzobispo para visitar su Palacio.”
“¿En serio? Qué bien... ¿Y cuándo vas?”
“Mañana por la mañana. Y no te preocupes, me aseguré de que le extendieran la invitación a mi querido hijo recién llegado del extranjero. Estoy seguro de que disfrutarás de la visita.”
Pues sí que era una buena noticia. Llevaba teniendo ganas de visitar el Palacio Arzobispal desde hacía mucho tiempo, pero nunca había encontrado el momento, y la invitación que había recibido mi madre era particularmente interesante.
En primer lugar, el Palacio alberga una de las colecciones de pintura más importantes de Sevilla, incluyendo obras de Murillo, Zurbarán, Herrera el Viejo, Preti o Juan de Espinal.
En segundo lugar, además de ser poco accesible (actualmente sólo está abierto dos sábados al mes con cuatro visitas guiadas al día a grupos de máximo treinta personas), la visita guiada tiene un carácter eminentemente catequístico y cultural, es decir, que se detiene en obras de arte que,
según el propio arzobispo de Sevilla, “pueden ser aprovechadas para la evangelización y la catequesis.”
Esperaba sinceramente que nuestra visita privada tuviera un carácter más cultural que catequístico, aunque conociendo a mi madre y sus amigas aquello podía convertirse fácilmente en un acontecimiento harto devoto.
Poco sabía de la trampa en la que estaba a punto de caer.