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David volvió a la habitación con una expresión aún más seria en el rostro. “Herr Paul, en un minuto mis hombres vendrán a cargar los libros en un camión. Le aconsejo que nos ayude a identificar los libros para facilitar las cosas. No me gustaría tener que poner su casa patas arriba.”
“¿Y qué haré sin los libros?”, dijo Lukas con un toque de genuina desesperación en su voz. “Son mi única fuente de ingresos.”
David contestó sin ningún tipo de emoción. “Ese no es mi problema.”
Debo decir que aquel pobre diablo terminó por darme pena.
Vivía en una casa rodeada de una de las bibliotecas más impresionantes que he visto nunca sin entender el verdadero valor de lo que su tío protegía celosamente.
Para él, esos viejos y polvorientos libros sólo eran algo de lo que podía obtener un beneficio financiero.
Ni siquiera entendía por qué su tío no quería vender ciertos libros.
Además, no era culpable de nada. No fue él quien deportó a los judíos romanos a Auschwitz.
No fue él quien robó los libros de la Biblioteca.
En efecto, se benefició de la venta de los libros, pero ciertamente sin conocer su procedencia.
Y ahora se quedaba sin sustento financiero alguno.
Por un momento incluso me sentí un poco culpable de participar en ese pequeño drama.
Pero una cosa era cierta: los libros no eran de su propiedad y debían ser restituidos a su legítimo propietario, la comunidad judía de Roma.