El testamento de Elías (Provenance 1) 4
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Lukas Paul se acercó a nosotros con una mirada desconfiada.

Era un hombre ordinario en todos los sentidos de la palabra: ni alto ni pequeño, ni guapo ni repulsivo.

De pelo oscuro y vacíos ojos grises, su voz era aguda y seca.

Su forma de vestir mostraba un completo desconocimiento de cualquier estilo o moda, pero al menos parecía limpio y aseado.

Parafraseando el título de la inmortal novela de Robert Musil, era un hombre sin mayores atributos.

Nos presentamos como coleccionistas de libros raros y le explicamos que el propietario de una librería de viejo nos había hablado de la biblioteca de Matthias Paul.

Según este bibliotecario imaginario, su sobrino estaría interesado en vender algunos de sus libros.

Cuando Lucas preguntó el nombre del bibliotecario, David respondió que la información se nos había dado de manera confidencial.

“Estoy seguro de que lo entenderá”, añadió con una sonrisa.

David hablaba en alemán con un fuerte acento yiddish, un hecho que hizo que Lukas se mostrase aún más desconfiado.

Probablemente sintió que le estábamos tendiendo una trampa, pero a pesar de eso, no mostró ningún signo de querer despedirse de nosotros.

Ciertamente le interesaba el dinero que podía sacar de aquella reunión, supongo.

Y como descubrimos más tarde, estaba acostumbrado a tratar con gente bastante turbia.

Lukas cogió una carpeta donde guardaba una lista de libros en venta, que obviamente no eran los que nos interesaban. Siendo un vendedor experimentado, no quería mostrar todas sus cartas a la vez.

David echó un breve vistazo a la lista y me la pasó con un poco de desdén. Mientras yo la hojeaba con falso interés, David dejó una carpeta más gruesa sobre la mesa.

“Bonita colección”, dijo David, “pero me temo que no es lo que buscamos.” Luego sacó de la carpeta una foto con el sello de la Biblioteca y preguntó: “¿Este sello le recuerda algo, Herr Paul?”

Al ver la foto, la expresión facial de Lukas cambió.

Eureka, me dije a mí mismo, ¡lo cogimos!

Lukas se había quedado sin habla, así que David usó el incómodo silencio para meterle más presión.

“Este sello estaba en una página de un libro muy valioso que usted vendió a una librería parisina”, le dijo de una manera un tanto cruda.

“Estoy seguro de que puede decirnos algo sobre su procedencia.”

Balbuceando, Lukas respondió: “Este libro pertenecía a mi tío, es todo lo que sé. Y yo soy su único heredero, así que tenía todo el derecho de vendérselo a quien quisiera.”

“Por supuesto”, respondió David. “Supongo que también puede explicarnos la procedencia de todo este dinero.”

David le mostró una serie de documentos que demostraban que Lukas había realizado numerosas transacciones financieras en bancos suizos que obviamente no había declarado a las autoridades fiscales alemanas.

Yo no esperaba que David fuera a chantajear a Lukas de forma tan directa, y el hecho de que tuviera información tan detallada sobre los negocios financieros de Lukas me dejó un poco perplejo.

Era consciente de que David, en su implacable caza de nazis, sólo le interesaba el fin sin preocuparse mucho por los medios, pero tener acceso a cuentas bancarias de un ciudadano alemán sin una orden judicial me parecía bastante ilegal.

Dicho esto, estaba demasiado interesado en encontrar el paradero de los libros para preocuparme por cualquier tipo de cuestión legal o moral.

Lukas protestó de una manera tan débil que casi sentí lástima por él: “¿De dónde ha sacado usted esos documentos? ¡Mis cuentas bancarias están protegidas por el derecho de protección de datos! ¡Voy a llamar a la policía ahora mismo!”

David reaccionó con su habitual frialdad: “No se preocupe, Herr Paul, no nos importa lo que haga con su dinero. Sólo nos interesan los libros que su tío robó durante la guerra. Los libros que pertenecen a la Biblioteca de la Comunidad Hebraica de Roma. Los libros que pertenecen a mi Pueblo.”

La intensa forma de hablar de David había abierto una grieta en las defensas de ese pobre diablo. “¡No sé de qué está hablando!”, respondió Lukas sin convicción.

“Por su propio bien, le aconsejo que deje de decir tonterías y nos diga dónde esconde los libros”, respondió David, y luego añadió: “A menos que prefiera terminar como Gurlitt...”

Después de escuchar ese nombre, la cara de Lukas se volvió blanca como la cera. Sin saber qué decir, se sentó y se cubrió la cara con las manos, suspirando suavemente. Lukas había entendido perfectamente la velada amenaza que David acababa de proferir.

En 2013, Cornelius Gurlitt había aparecido en la portada de todos los periódicos cuando se descubrió que escondía en su apartamento de Múnich más de mil obras de maestros como Monet, Renoir, Matisse o Chagall.

Cornelius había heredado todos esos valiosísimos cuadros de su padre, Hildebrand Gurlitt, famoso historiador y uno de los galeristas oficiales del régimen nazi.

Se supone que Hildebrand se benefició del expolio de coleccionistas de arte judíos por parte de los nazis para adquirir buena parte de su colección de manera tan ilegal como inmoral.

Después de una larga pausa, Lukas nos miró con gran tristeza.

Era perfectamente consciente de que el descubrimiento de la colección de Gurlitt tuvo lugar gracias a una investigación sobre una supuesta evasión fiscal.

El hecho de que David tuviera en su poder extractos de cuenta bancarios que probaban sus indiscreciones financieras le llevó a revelar un secreto que había guardado celosamente durante décadas.

“Supongo que esto tenía que pasar tarde o temprano”, dijo.