5
Lukas nos llevó a un pueblo en las afueras de Berlín donde su tío había vivido los últimos años de su vida.
Al bajar del coche que David había convenientemente organizado para nuestro viaje, nos encontramos con una furgoneta negra llena de hombres vestidos de negro, los cuales saludaron a David de una forma un tanto marcial.
Como siempre, David había preparado todo de antemano.
El edificio al que Lukas Paul nos había llevado era una de esas raras casas burguesas de principios del siglo XX que habían sobrevivido a los bombardeos que destrozaron Berlín durante los últimos meses de la guerra.
Desde el exterior, el edificio parecía abandonado, con una fachada deteriorada y un jardín lleno de hierbajos.
No parecía la casa de un rico comerciante de libros.
El interior era igual que el exterior, sucio y en total desorden.
Obviamente, la casa estaba deshabitada desde había mucho tiempo.
Lukas nos mostró directamente la biblioteca de su tío, una vasta colección de obras que era ciertamente valiosa pero que obviamente no contenía los libros de la Biblioteca.
“Esta era la biblioteca de mi tío, o lo que queda de ella, por lo menos. Como pueden ver, todavía contiene algunos volúmenes muy valiosos.”
“Esto no es para lo que vinimos aquí”, dijo David abruptamente. “No perdamos el tiempo, por favor.”
“Sí, ya lo sé”, respondió Lukas con tristeza. “Síganme, por favor.”
Lukas nos llevó al sótano. Al final de una habitación poco iluminada había una gruesa cortina que ocultaba una pequeña puerta cerrada con llave.
Lukas echó la cortina a un lado y abrió la puerta con parsimonia, probablemente pensando que esta sería la última vez que realizaría tal acción.
El sombrío espacio que apareció ante nosotros estaba lleno de un fuerte olor a cerrado.
Lukas entró y encendió una lámpara que estaba a su derecha.
La habitación era pequeña y no tenía ventanas.
Las paredes estaban cubiertas por estanterías llenas de libros cuya venerable antigüedad era evidente desde lejos.
Me acerqué a una de ellas con indisimulada impaciencia.
Cuidadosamente, tomé un pequeño volumen que parecía lo suficientemente robusto como para ser manipulado sin especial cuidado y lo deposité en una mesa adyacente.
Sabía que tendría que encontrar el sello de la Biblioteca en una de sus páginas para estar seguro de la procedencia del libro.
Abrí con cuidado la cubierta de cuero y hojeé esas centenarias páginas amarillentas con impaciencia hasta que encontré lo que buscaba, ese sello que se me había quedado grabado en la memoria desde que lo viera por primera vez en el libro que Mendes guardaba en el banco suizo.
No había duda: ante nosotros estaba la Biblioteca de la Comunidad Hebraica de Roma, saqueada por los nazis en el otoño de 1943 y escondida durante décadas en el sótano de Matthias Paul.
O al menos, lo que quedaba de ella.