VIII El bibliotecario de la Darknet
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Próxima estación, Berlín.
Capital de la actual República Federal de Alemania, Berlín representa más que cualquier otra ciudad la grandeza y la decadencia de Europa.
Lo mejor y lo peor. Es un símbolo de división y reunificación, un lugar donde la más alta cultura y los más bajos instintos se encontraron para desatar el mayor horror que la Humanidad haya producido y experimentado.
David había decidido darse un gustazo reservando nuestras habitaciones en el Adlon, uno de los hoteles más cargados de historia de Berlín.
Después de dejar el equipaje en mi lujosa suite (¡gracias, David!)
, salí a dar un paseo por los alrededores.
El tiempo era agradable y soleado, y me dirigí naturalmente hacia la Puerta de Brandenburgo, que está situada a unos metros del hotel.
Símbolo de la Alemania reunificada, próspera, moderna y abierta al mundo, es difícil creer que no hace mucho tiempo esta puerta estaba enfrente del Muro de Berlín, el cual dividió la ciudad en dos mundos opuestos durante décadas.
Siguiendo la Ebertstraße hacia el sur desde la Puerta de Brandenburgo se llega al Memorial de los Judíos Asesinados de Europa.
Diseñada por el arquitecto Peter Eisenman y el ingeniero Buro Happold e inaugurada el 10 de mayo de 2005, es una plaza cubierta con 2.711 losas de hormigón (las llamadas “estelas”) organizadas en forma de cuadrícula con callejones transversales que permiten a los visitantes deambular entre ellas.
También incluye un centro de información que documenta la persecución y el exterminio de los judíos de Europa.
Según el arquitecto, “la extensión y escala del Holocausto hace inevitablemente que cualquier intento de representarlo por medios tradicionales sea un esfuerzo inútil. El recuerdo del Holocausto nunca puede ser nostalgia.”
En el Memorial “no hay meta, ni final, ni entrada ni salida. El tiempo de la experiencia del individuo no otorga mayor comprensión, porque la comprensión no es posible.”
Para ser honestos, la experiencia del visitante es más bien de no entender nada, porque sólo el nombre del monumento recuerda realmente el Holocausto.
El resto es sólo un campo lleno de piedras de hormigón donde turistas despistados vagan entre ruidosas charlas y risas.
Desafortunadamente, lo que debería ser un lugar de recuerdo y reflexión se ha convertido en otro sitio donde hacerse selfies para las ignorantes e irrespetuosas multitudes que visitan Berlín durante un fin de semana.
Para más inri, el proyecto se llevó a cabo tan descuidadamente que después de sólo una década algunas de las losas ya están llenas de grietas y en riesgo de desmoronarse.
Qué símbolo tan apropiado para la disipación de la memoria del Holocausto.
Tal vez lo mejor sería dejar que el Memorial se desmorone por completo.