El testamento de Elías (Provenance 1) 5
28%

5

He visitado Israel en muchas ocasiones, pero nunca se me ocurrió ir a Gaza o a Cisjordania.

No es que tenga nada en absoluto contra el pueblo palestino.

En realidad, me apena su sufrimiento, pero también debo confesar que lo que siento es empatía, no simpatía.

Reservo este sentimiento para los israelíes, a pesar de todo.

Lo admito: siento una conexión particular con el pueblo judío.

Expulsados de su propio país, en un éxodo milenario, maltratados dondequiera que fueran, encerrados en guetos, casi exterminados por los nazis, se integraron en cada nueva tierra a la que emigraron, dando al mundo científicos, artistas y pensadores.

Pero esa no es la única razón de mi simpatía.

Siempre me sentí conectado al pueblo judío por mi pasado familiar.

Por supuesto, está la historia de mi abuelo, que es una carga suficiente para que me sienta culpable para el resto de mi vida.

Y luego está la historia de mi madre.

Mi nombre completo, tal y como aparece en mi pasaporte español, es Otto Schmidt Toledano.

En mi pasaporte alemán y en mis tarjetas de visita, mis dos apellidos aparecen unidos por un guion, es decir, Otto Schmidt-Toledano.

Hay una razón para ello: utilizo mis dos apellidos unidos por un guion en los países donde sólo se utiliza un apellido (la mayoría de ellos) para que la gente entienda que Schmidt-Toledano es mi apellido.

No Schmidt. No Toledano. Schmidt-Toledano.

Esta razón puramente pragmática esconde otra de una naturaleza más sentimental: portar el apellido de mi madre allá donde voy.

No me gustaría que se me malinterprete: quería mucho a mi padre y no renegaré nunca de su apellido como han hecho ciertos descendientes de oficiales nazis.

Sin embargo, el apellido de mi madre tiene una significación muy particular y lo llevo con mucho orgullo.

Toledano, como suele ser el caso de apellidos relativos a ciudades españolas o portuguesas, tiene un origen sefardí.

Este es un hecho bastante ignorado, pero hay literalmente miles de personas en la Península Ibérica que son descendientes directos de los conversos, es decir, de aquellos judíos españoles y portugueses que fueron obligados a convertirse al cristianismo después de la Reconquista.

Por ejemplo, mi propia madre. Los Toledanos, que llevan viviendo en Sevilla desde hace muchas generaciones, son católicos de pura cepa, y mi madre es muy devota.

Su naturaleza abierta y alegre hace que mire hacia el futuro en lugar de hacia el pasado, de modo que nunca ha compartido mi interés por la historia.

Por consiguiente, nunca se le ha ocurrido investigar su árbol genealógico, ni creo que lo haga nunca.

Como a la mayoría de los españoles, a mí tampoco se me había ocurrido pensar en el origen del apellido de mi madre.

Suena perfectamente español: Toledano significa natural de Toledo.

Además, mi familia materna siempre ha estado perfectamente integrada en la muy conservadora alta sociedad de Sevilla.

Mi abuelo, Juan Toledano Mañara, fue un abogado de éxito gracias a sus vínculos con el régimen de Franco, lo cual no era nada fuera de lo común para alguien de su generación y posición social.

Por mi parte, crecí yendo a misa todos los domingos, sin importar en qué país vivíamos entonces, y mis primos eran fervientes miembros de una Hermandad de esas que organizan las procesiones de Semana Santa en Sevilla.

Habiendo dicho todo esto, es perfectamente comprensible que nunca hubiera pensado en el origen judío del apellido de mi madre.

Esto me sucedió por primera vez durante un paseo por el Pletzl, el barrio judío que forma parte del Marais, uno de los distritos más famosos de París.

Estaba con un amigo que insistió para que fuéramos a la mejor pastelería judía del barrio.

El nombre de la tienda: Murciano. Un nombre que suena muy español, me dije a mí mismo.

Mi primera reacción fue suponer que el dueño era uno de esos emigrantes que dejaron España después de la Guerra Civil por razones políticas o simplemente para encontrar una vida mejor allende los Pirineos.

Luego empecé a darme cuenta de otros nombres que suenan a español en las tiendas y en los timbres de las puertas: Pérez, Barbero, Torres, Aragón...

y Toledano. Una simple pregunta al dependiente de una tienda disipó el misterio.

Eran nombres sefardíes, es decir, los nombres de los judíos que se establecieron en el norte de África después de ser expulsados de España y Portugal siglos atrás.

Eran los nombres de los muchos pieds noirs que pueblan París, franceses de origen judío sefardí que se vieron obligados a huir de Argelia después de que el país se independizara o decidieron que ser judío en países como Marruecos o Túnez era demasiado difícil tras la declaración de independencia de

Israel y los subsiguientes acontecimientos históricos.

Personalmente, eso significaba que, si sangre nazi corría por mis venas, también lo hacía sangre judía. Me preguntaba qué habría pensado mi abuelo sobre el matrimonio de mi padre con mi madre si hubiera sido consciente de este hecho de antemano...