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[...]
Y vi aparecer otro caballo, rojo como el fuego.
Su jinete recibió el poder de desterrar la paz de la tierra,
para que los hombres se mataran entre sí;
y se le dio una gran espada.
[...]
Apocalipsis 6.4
El término Apocalipsis se utiliza de manera genérica con el significado de fin del mundo o de acontecimientos de magnitud catastrófica, y evoca una imagen de destrucción total.
Sin embargo, el término viene del griego antiguo Ἀποκάλυψις, que significa revelación.
La forma en que se usa en la Biblia significa Revelación de Jesucristo, que le fue confiada por Dios para enseñar a sus servidores lo que tiene que suceder pronto.
Lo dio a conocer enviando su Ángel a su siervo Juan, quien dio testimonio de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo informando de lo que vio.
La revelación de Juan menciona cuatro jinetes: Conquista, Guerra, Hambre y Muerte.
El segundo Jinete, Guerra, siempre está acompañado por un terrible secuaz: Saqueo.
En la antigüedad, los generales victoriosos permitían el saqueo de las ciudades conquistadas por sus soldados por dos razones: en primer lugar, era una forma conveniente de recompensar a los soldados, que por lo general estaban bastante mal pagados, pero más importante aún,
era también una forma fácil de debilitar aún más al enemigo.
Cada gran ciudad ha sido saqueada en una o más ocasiones, desplazando o destruyendo obras de arte y preciosos tesoros.
Por ejemplo, el Arco de Tito en el Foro Romano, que tanto le gustaba a Albert, muestra en todo su esplendor el resultado de uno de los saqueos más famosos de la historia: los objetos sagrados del Templo de Jerusalén desfilando por las calles de Roma como muestra de la gloria del Imperio Romano.
Por supuesto, los imperios suben y bajan.
La Ciudad Eterna fue, siglos después, saqueada por galos, visigodos, vándalos, ostrogodos, normandos, las tropas del emperador Carlos V y el ejército de Raffaele Cadorna.
Constantinopla, la nueva Roma, fue saqueada durante la Cuarta Cruzada y más tarde cuando cayó en manos otomanas.
Y la lista de otras ciudades víctimas del saqueo es larga, muy larga.
En los últimos tiempos, la comunidad internacional se ha dotado de instrumentos jurídicos que prohíben el saqueo, en particular el Convenio de Ginebra de 1949 relativo a la protección debida a las personas civiles en tiempo de guerra.
A pesar de ello, sigue siendo un hecho habitual: los ejemplos más recientes son Irak o Siria, donde los militantes del ISIS saquearon a escala industrial antiguos sitios arqueológicos, vendiendo sus tesoros para recaudar dinero.
Estos valiosos artefactos, después de pasar por las manos de turbios intermediarios, encontraron finalmente acogida en las tiendas de antigüedades de una de las ciudades más civilizadas del mundo: Londres.
Si el saqueo es un hecho común en todas las guerras, el que llevaron a cabo los nazis fue singular por muchas razones: sus dimensiones y objetivos no tienen parangón en la Historia.
Además, se hizo sistemáticamente y de una manera harto burocrática, un hecho que, irónicamente, podría considerarse como un golpe de suerte.
Esa obsesión germánica de registrar cada mínima operación ha facilitado de manera significativa la identificación y, por tanto, la restitución de innumerables obras de arte después de la Segunda Guerra Mundial.
Este saqueo burocrático fue obra de diferentes organizaciones nazis, pero una de ellas destacó particularmente por su celo: el ERR.
Sí, el ERR para el que trabajaba mi abuelo.
Creado y dirigido por el Reichsleiter Alfred Rosenberg, el ideólogo más fanático del partido nazi, tenía como misión encontrar documentos de valor para Alemania en bibliotecas y archivos estatales,
buscar en las oficinas de las iglesias y logias masónicas para investigar operaciones subversivas contra Alemania y confiscar objetos de valor no reclamados por propietarios judíos.
Durante la guerra, el ERR intervino en muchos países europeos, saqueando museos, bibliotecas, colecciones privadas, iglesias, sinagogas.
Este botín de guerra fue enviado a Alemania, etiquetado y almacenado.
Los nazis de alto rango se beneficiaron de este sistema altamente eficiente para escoger las obras de más valor con el fin de aumentar sus colecciones privadas.
Y es que coleccionar arte estaba muy de moda entre la élite nazi.
Adolf Hitler, un artista frustrado, no sólo tenía su colección particular, sino que también había planeado un Führermuseum en la ciudad austriaca de Linz, cerca de su lugar de nacimiento, Braunau am Inn.
El Vicecanciller Hermann Goering era un coleccionista de arte compulsivo, acaparando todo lo que podía conseguir en Carinhall, su residencia privada al noreste de Berlín.
Otros dignatarios nazis de menor categoría recogieron las migajas restantes.
Entre ellos, Großvater, mi abuelo. Naturalmente.
El gusto oficial del régimen nazi era naturalista y anti-moderno.
Las obras que no se ajustaban al estricto canon nazi se consideraban entartete Kunst, “arte degenerado”, y por lo tanto anti-alemán.
El concepto de arte degenerado era bastante amplio y cubría no sólo todas las tendencias modernas de la época sino también todo lo que oliera vagamente a comunismo o a judaísmo.
A pesar de este cuestionable gusto por el arte, los nazis no eran estúpidos.
Las obras de algunos artistas degenerados tenían un gran valor comercial más allá de las fronteras alemanas, por lo que muchas de ellas se vendían en suelo extranjero con el fin de obtener las divisas que tanto necesitaba el régimen.
Probablemente el ejemplo más flagrante de esta doble moral artística fue la subasta realizada el 30 de junio de 1939 en el Grand Hotel National de Lucerna, Suiza.
El catálogo de la subasta incluía 126 obras de Gauguin, Picasso, Kokoschka, Klee y otros autores contemporáneos.
¿Por qué quemarlas si puedes venderlas? Los comerciantes de arte con pocos escrúpulos y contactos en las altas esferas se aprovecharon de este odio nazi por el arte moderno no sólo para conseguir divisas para el régimen sino también para enriquecerse personalmente.