El testamento de Elías (Provenance 1) 5
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Mi madre dice que he salido a mi abuelo paterno, pero eso no es del todo exacto.

De hecho, soy una curiosa mezcla de ambas familias, alemana y española.

Mi padre era el vivo retrato de mi abuela, una rubia prusiana de la que tomó su frialdad y elegancia.

Mi madre era todo lo contrario: una belleza morena típicamente andaluza, de reducidas dimensiones y con un espíritu vivaz y altanero.

Yo me parezco mucho a mi madre, ni alto ni rubio, de aspecto mediterráneo, pero ella insiste en que en cuanto a carácter soy exactamente como Großvater.

“Igualito, igualito: la misma mirada inquisitiva, la misma obsesión por el pasado, el mismo gusto por las cosas bellas”, me dijo una vez.

“Igualito... excepto por su actitud sumisa hacia esa bruja que tenía por esposa. Puede que fuera un oficial nazi, pero sobretodo era un auténtico calzonazos. Gracias a Dios, esa es la única cosa que no has heredado de él, mi arma.”

Großvater era una especie de criatura mitológica para mí.

Nunca lo conocí personalmente, así que los únicos recuerdos que tengo de él son unas fotografías en blanco y negro que mi padre guardaba en un álbum familiar.

Fotos de un hombre en uniforme, de tamaño medio y más bien gordito, con gafas de intelectual y un bigotillo a la moda.

De ninguna manera un digno representante de la raza aria.

De todos modos, como en casa estaba absolutamente prohibido hablar de la Segunda Guerra Mundial, y muy especialmente de lo que Großvater había hecho en aquellos aciagos tiempos, no supe nada digno de mención sobre mi abuelo paterno hasta que fui adolescente.

Fue entonces cuando empecé a juntar las piezas que faltaban en el puzle familiar y finalmente descubrí quién había sido realmente mi abuelo: un antiguo miembro del Equipo de Operaciones del Reichsleiter Rosenberg, también conocido con las iniciales ERR,

una organización nazi dedicada básicamente al pillaje cultural.

Todo lo que pude averiguar fue que Großvater participó en las operaciones del ERR en el sur de Europa y que posteriormente fue enviado en misión diplomática a España, donde estableció su residencia permanente después del fin de la guerra.

Desde su oficina en Madrid, ricamente amueblada y decorada con los mismos cuadros que tanto me gustaban, dirigía operaciones comerciales y servía de contacto entre los antiguos nazis que quedaban en Alemania y aquellos que habían emigrado a Sudamérica,

sacando un buen provecho de este indecente tráfico.

Cuando me enteré de la verdad sobre mi abuelo, me enfrenté a mi padre, quien trató de minimizar las acciones de mi abuelo durante la guerra: No puedes entenderlo, eran otros tiempos, tu abuelo era un simple oficial, Hitler no era tan malo como dicen...

Después de eso me llamó ingrato y me recordó que yo era el principal beneficiario de su riqueza y contactos sociales.

Esa conversación me afectó profundamente.

Mi padre no era un nazi, de eso estoy seguro, pero era incapaz de criticar a su propio padre.

Para él, Großvater no había sido más que un pequeño engranaje de una enorme máquina de guerra.

No había hecho nada que otro en su lugar no hubiera hecho de la misma manera.

Tenía que entenderlo: eran otros tiempos…

Como si en otros tiempos no hubiera habido otras opciones.

Como si alguien le hubiera obligado a participar.

En cuanto a mí, en el momento en que me di cuenta de quién había sido mi abuelo, me asaltó un nauseabundo sentimiento de culpa del que no creo que pueda librarme nunca.

Y no hace falta decir que ver esos cuadros colgados en el estudio de mi padre me ponían verdaderamente enfermo.

Después de su prematura muerte, y siendo su heredero legal, decidí investigar la procedencia de cada obra para poder devolverlas a sus legítimos propietarios.

No quería ser parte de ese infame expolio.