El testamento de Elías (Provenance 1) 4
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De niño era inquieto y curioso. Solía jugar en el despacho de mi padre, en cuyas paredes colgaban unos grandes cuadros que me encantaban, sobre todo una marina representando un barco que mi sobredimensionada imaginación veía lleno de piratas con parches en los ojos y garfios en vez de manos.

Según mi padre, esas pinturas eran herencia de Großvater, mi abuelo alemán.

Su padre. Un día, mirando detrás de uno de ellos encontré un sello con un nombre desconocido.

Simón Goldberg. Cuando le pregunté a mi padre quién era el Sr. Goldberg, me explicó que era la persona a la que Großvater le había comprado el cuadro.

En aquel momento esa respuesta me pareció completamente normal y seguí con mis juegos infantiles.

No imaginé ni por un segundo que aquella compraventa de la que hablaba mi padre no se había acordado de manera amistosa.

No imaginé ni por un segundo que el antiguo propietario del cuadro, o mejor dicho su legítimo dueño, había sido despojado por la fuerza de toda su colección de obras de arte y había terminado su vida en un campo de concentración.

No imaginé ni por un segundo que esos alemanes tan malos que salían en las películas de Hollywood habían saqueado sistemáticamente museos y colecciones privadas durante la guerra.

Pero, ante todo, no imaginé ni por un segundo que mi abuelo era, de hecho, uno de esos alemanes tan malos y que había tomado parte activa en ese saqueo infernal.