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Albert realmente sabía cómo contar una historia, manteniendo el suspense, lanzando un cliffhanger en el momento adecuado. También sabía anticiparse a las reacciones de su público. En consecuencia, ya había preparado una respuesta para mi siguiente pregunta.
“¿Qué tiene que ver Mendes con los libros robados en Roma?”
“Ya te lo he dicho: ¡todo! ¡Toda la historia es sobre esos libros!”
“No le estoy siguiendo.”
“Porque te falta una pieza del rompecabezas. Pero para esto, necesitamos saltar desde los años 40 a los años 60. En esa época le estaba echando una mano a mis antiguos camaradas de guerra, que entretanto se habían convertido en agentes del Mossad,
para capturar a algunos nazis de alto rango que habían conseguido esconderse y continuar con su vida después de la guerra.”
Cuando Albert mencionó a sus amigos del Mossad, noté un minúsculo gesto de descontento en la cara de David, como si su padre estuviera divulgando información confidencial.
“El caso es que”, continuó Albert, “Mendes le dijo a Abramovich que había sido interrogado en Roma en relación con sus actividades de investigación y mencionó dos nombres: Paul y Müller. Nunca logré averiguar nada sobre este Paul, pero había un oficial de la Gestapo en Roma llamado Hans Müller.
Pensé que tenía que ser él quien interrogó a Mendes. ¡Y acerté!”
Albert estaba sin duda pasándoselo en grande.
“Ese pequeño hijo de puta estaba escondido a la vista de todo el mundo. El señor Müller llevaba una vida tranquila trabajando como contable en un pequeño pueblo de Alemania Occidental sin que nada ni nadie le perturbara. Probablemente durmiendo bien cada noche,
sin pensar en las atrocidades que él y sus compañeros habían cometido durante la guerra.”
“Me temo que ese fue el caso de muchos oficiales nazis después de la guerra”, dije.
“Demasiados para mi gusto”, intervino David. “Alemania Occidental fue un importante aliado en la lucha contra el comunismo, por lo que hacer la vista gorda a ciertos pecadillos de guerra se convirtió en la política habitual. Muy conveniente para todos.”
“De todos modos”, continuó Albert, “como hubiera sido bastante engorroso extraer a Herr Müller por la fuerza, decidimos convencerlo de que dejara su propia ciudad motu proprio.”
“¿Y lo consiguieron?”, respondí.
“Absolutamente”, dijo Albert con una triunfal sonrisa. “Y hasta nos divertimos haciéndolo. Fue como hacer una película, incluso le pedí a un viejo amigo mío, un actor judío-alemán, que se hiciera pasar por miembro de la ODESSA.”
“¿Odessa?”
“Organisation der Ehemaligen SS-Angehörigen.”
“¡Organización de antiguos miembros de las SS! No sabía que tal organización hubiera existido.”
“Porque nunca existió, excepto en la mente calenturienta de algún novelista”, dijo Albert con una risotada. “ODESSA era supuestamente una organización clandestina que ayudaba a ex miembros de las SS a huir de Alemania y establecerse en países amigos en Sudamérica.”
No pude evitar notar el tono sarcástico usado por Albert para subrayar la palabra amigos.
“Nosotros simplemente aprovechamos el mito ampliamente divulgado de la existencia de ODESSA para engañar a Herr Müller. Mi amigo Simón Levy, a quien seguramente has visto en algunas de mis películas haciendo precisamente de nazi, se tomó su papel muy en serio. Una noche,
apareció en la casa de Herr Müller y con un tono de voz misterioso le convenció de que tenía que huir de Alemania antes de que comenzaran los juicios de Auschwitz en Frankfurt.
Le dejó claro que el fiscal general Fritz Bauer había reunido información sobre su época en la Gestapo y que estaba a punto de ser arrestado. El pobre diablo creyó a pie juntillas todo lo que Simón le dijo”, dijo Albert, riéndose de nuevo.
Me estaba contando su historia como si estuviera vendiendo a un inversor financiero la idea para una de sus películas.
“Organizamos la fuga de Herr Müller de manera muy detallada como en una novela de espías. Lo recogimos de madrugada y lo llevamos a una cabaña de madera perdida en medio de los Alpes suizos. Fue al entrar en la cabaña cuando le explicamos lo que realmente estaba sucediendo.
Imagina su sorpresa al verse atrapado en un minúsculo habitáculo rodeado de un montón de sucios judíos”, exclamó Albert con una risotada explosiva.
“Ese mierdecilla tenía tanto miedo de que lo enviáramos a Israel como Eichmann que nos dijo todo lo que sabía. Ni siquiera tuvimos que persuadirlo. Desafortunadamente, todo lo que sabía no era gran cosa.
La única información que los jodidos nazis habían logrado extraerle a Mendes después de torturarlo sin piedad era que todos los documentos relativos a su investigación estaban muy bien escondidos y que nadie sería capaz de encontrarlos si él moría.
Pero no pudieron averiguar cuál era el propósito de su investigación.”
Albert hizo una pausa por un momento. “En ese momento lo entendí. Mendes había escondido sus documentos en una caja de seguridad en su banco de Zúrich.”
Me quedé un poco desconcertado por la confianza de Albert. “¿Cómo puede estar usted tan seguro de ello, Albert?”
“Bueno, no estaba seguro. Digamos que siempre esperé que Mendes hubiera escondido algo más que dinero en su banco suizo. Después de interrogar al contable nazi, mis sospechas crecieron considerablemente, pero no tenía ningún medio de averiguar si Mendes tenía una caja de seguridad, y en tal caso,
cuál era su contenido. Ya conoces el amor que el pueblo suizo profesa a su querido secreto bancario. Por eso, cuando la lista de cuentas inactivas fue finalmente revelada, estaba seguro de que el nombre de Mendes aparecería y encontraríamos algo más que dinero.
¡Y tú me has traído la prueba definitiva de que yo tenía razón!”
La historia que Albert me estaba contando era más excitante que cualquiera de sus películas. Quería saber más.
“¿Qué le pasó a Herr Müller? ¿Lo envió usted a Israel como sucedió con Eichmann?”
Albert esquivó mi pregunta con elegancia: “Oh, no te preocupes por eso. Lo único que debes saber es que, en el caso de Herr Müller, se hizo justicia.”
Se hizo justicia. Estoy convencido de que Albert tenía buenas razones para no revelar lo que pasó esa noche en la cabaña de madera.
No puedo probarlo, por supuesto, pero siempre he sospechado que Albert y sus amigos se tomaron la justicia por su mano.
Cuando pienso en ello me imagino cómo escondieron al contable en el maletero de un coche para conducirlo hasta un aeropuerto privado, cómo lo llevaron en un pequeño avión sobrevolando el lago Lemán y cómo lo arrojaron a las aguas heladas desde una baja altitud para asegurarse de que sobreviviese a
la caída…