El testamento de Elías (Provenance 1) 4
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Según la hipótesis de la relatividad lingüística, la estructura de un idioma afecta a la percepción de la realidad del hablante.

Efectivamente, todo políglota lo sabe: sólo se puede ser verdaderamente uno mismo hablando en la propia lengua materna, sin importar cuán competente se sea en uno o varios idiomas extranjeros.

El reverso de la medalla es el desgaste del idioma: después de vivir en el extranjero durante muchos años, la lengua materna se oxida y se vuelve anticuada.

Además, los falsos amigos y las nuevas palabras aprendidas en el país de residencia suelen contaminarla.

En el caso de Albert, su alemán era gramaticalmente perfecto pero bastante pasado de moda en ciertos aspectos, con lo que prefería hablar conmigo en su impecable inglés con acento puramente californiano en lugar de en nuestra lengua materna común (paterna, en mi caso).

Y, sin embargo, fue al escuchar a Albert leyendo a Stefan Zweig con su delicioso acento vienés cuando sentí que tenía ante mí aaquel niño del Kindertransport y no a la vieja celebridad hollywoodiense que todo el mundo conocía.

“Cuando cumplí dieciséis años”, continuó Albert, “el gobierno británico me envió a un campo de internamiento en la Isla de Man. Este era un procedimiento estándar para refugiados provenientes de países enemigos. Nos llamaban enemigos extranjeros amistosos. Bonito oxímoron, ¿no crees? De todos modos,

fue un momento particularmente difícil porque la vida en el campamento no tenía ningún interés en absoluto para el adolescente adicto a la adrenalina que yo era en ese momento. Afortunadamente, cuando cumplí dieciocho años me ofrecieron la oportunidad de unirme al Royal Pioneer Corps y,

por supuesto, la acepté con gusto.”

“¿Con gusto? Significaba ir a la guerra.”

“¡Claro que sí! No había nada que quisiera hacer más que luchar contra los nazis. Y, además, sentía que cada paso que diera hacia el este me acercaría a mi familia.”

“Lo entiendo.”

“Irónicamente, el ser judío de habla alemana me convirtió en un recluta muy útil para el ejército, ya que necesitaban gente que pudiera hablar el idioma del enemigo. Pero fue en realidad mi recién descubierta pasión por el cine la que selló mi destino.”

“¿Cómo nació esta pasión?”, me atreví a preguntar.

“Oh, pura suerte. No sé si ya he mencionado esto, pero cuando llegué a Gran Bretaña me enviaron a quedarme con una familia de acogida, los Williams, John y Mary. Gente estupenda, de verdad. No tenían hijos, así que me tomaron bajo sus alas como el hijo que siempre habían deseado.

John era un cineasta aficionado y me enseñó todo lo que sabía sobre la técnica y el arte del celuloide. Incluso me dio como regalo de despedida una pequeña cámara de 16 milímetros con muchos rollos de películas. ¿No te había dicho que soy un tipo con suerte?”

Albert se rio de nuevo. Su risa era verdaderamente contagiosa.

“Durante mi entrenamiento militar llevaba la cámara conmigo y filmaba siempre que podía. Un día un capitán se fijó en mí y me preguntó que qué estaba haciendo. Le dije simplemente: Me estoy preparando para filmar cómo vamos a darle una patada en el culo a Hitler.

El capitán me preguntó si me interesaría enseñar mis películas a algunos oficiales de alto rango, lo cual hice con gran placer. La cosa es que a alguien le debió gustar lo que vio porque me invitaron a unirme al US Army Signal Corps.

Me dijeron que necesitaban operadores de cámara para filmar la próxima invasión de Normandía. El Día D. Otro momento estelar en mi vida. ¿Te lo imaginas, Otto? ¡Desembarqué en la playa de Omaha no con un arma en mis manos sino con una cámara! Después,

pasé el resto de la guerra filmando y fotografiando la marcha hacia Berlín.”

“Supongo que eso es lo que le llevó a participar en la documentación del Holocausto.”

“Exacto. Aquella fue una experiencia verdaderamente atroz. Pero era necesario. Alguien tenía que hacerlo, al fin y al cabo.”

Un silencio incómodo se instaló entre nosotros.

Sabía que Albert había participado en la filmación y fotografía de los campos de concentración realizadas por el U.S. Army Signal Corps.

Las imágenes resultantes fueron utilizadas por los fiscales en los juicios de Núremberg como prueba de los crímenes de lesa humanidad cometidos por los nazis.

Albert continuó su narración. “Cuando la guerra estaba llegando a su fin, conocí a unos tipos de la Brigada Judía, y me convencieron de unirme a Tilhas Tizig Gesheften, o TTG, un grupo de judíos que buscaban venganza por lo que los nazis nos habían hecho.”

David, que había guardado silencio todo el tiempo, parecía sentirse cada vez más incómodo con la narración de su padre. “Vater, hör auf!”, lo interrumpió. “No creo que Herr Schmidt-Toledano necesite oír todas tus batallitas.”

Albert ignoró el comentario de David y continuó su historia.

“Al final, no hicimos nada malo. Decidimos que nuestras juveniles energías darían un mayor fruto ayudando a los refugiados judíos a emigrar a Palestina, lo cual no era cosa fácil, hay que decirlo. Y, casualidades de la vida, fue en uno de esos viajes donde conocí a la madre de David.

Mi querida Hannah.”

Albert se levantó de nuevo para coger una fotografía de su relicario personal.

“Muy hermosa, como puedes ver, pero tan dura e inflexible como el hijo que me dio”, dijo Albert con una sonrisa.

“Tras un breve noviazgo, decidimos casarnos y mudarnos a Palestina, ya que ninguno de los dos tenía una patria a la que regresar. Hannah no quería de ninguna manera volver a Polonia. En cuanto a mí, no tenía razones para volver a Inglaterra y no me quedaba ya nadie en Viena.”

Mirando a David tuve la impresión de que Albert no era completamente honesto al decir que no hicieron nada malo, lo que hizo que mi curiosidad creciera aún más.

“David nació en un kibutz precisamente el 14 de mayo de 1948, el día en que Israel declaró su independencia. ¡Qué día tan glorioso! Recuerdo que mientras la pobre Hannah estaba en la sala de partos yo estaba escuchando el discurso de David Ben Gurion en la radio.

Fue entonces cuando decidí cómo llamaría a mi primer hijo.”

DaVID. Albert pronunciaba el nombre de su hijo no como se hace en alemán o en inglés, sino a la manera hebrea, con el acento en la última sílaba, igual que en español.

Albert se detuvo un segundo, luego me miró con su habitual sonrisa juguetona y me dijo: “Mein lieber Freund, debes estar preguntándote por qué te estoy contando esta larga historia.”

“Pues sí, es cierto”, dije algo avergonzado. “Pero por favor no me malinterprete, la historia de su vida me parece algo absolutamente fascinante.”

“Otto, veo que eres tan entrometido como yo lo era de pequeño”, me reprendió Albert, bromeando. “No seas impaciente, estoy llegando a ello. Y créeme, la logorrea no es la peor enfermedad que puede tener un anciano.”

“¡Soy todo oídos!”, respondí.

“Ok, vayamos al grano. Tengo una propuesta para ti que te va a interesar sin duda y para la que, teniendo en cuenta tus muchas habilidades, eres la persona indicada. ¿Recuerdas a nuestro difunto amigo Elías Mendes y su cuenta inactiva en Zúrich?”

“¿Mendes? ¿Qué tiene que ver él con todo esto?”

“¡Todo, absolutamente todo! Mein lieber Otto, ¿crees en el destino?”