El testamento de Elías (Provenance 1) 8
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Tras un paseo por el maravilloso laberinto que es el adyacente Gran Bazar para hacer tiempo, me acerqué de nuevo al Sahaflar Çarşısı a la hora del cierre. Ahmet ya estaba bajando las persianas cuando llegué a la puerta de su librería.

“Estaba a punto de echar la llave”, me dijo de una manera poco acogedora.

“Si me permite la intrusión, en realidad estoy aquí para discutir un asunto que seguramente le interesará”, respondí en el tono más profesional posible mientras le entregaba mi tarjeta de visita.

“Represento a un coleccionista americano que tiene un interés particular en los escritos de su difunto abuelo, el Sr. Elías Mendes.”

“¿Mi abuelo?”, se rió. “¿Por qué un coleccionista americano estaría interesado en él?” Su tono era desdeñoso, pero la forma en que acentuó las palabras coleccionista americano traicionó su interés en el asunto. El miserable energúmeno había olido dinero.

“Según la información de la que dispongo, su abuelo fue un eminente historiador, ¿no es así?”

“Yo utilizaría una palabra diferente para explicar lo que era”, me respondió con desprecio.

En su inglés roto, Ahmet me dio su punto de vista sobre la historia de su abuelo.

“Estaba loco como una cabra. Gastó la fortuna de la familia en sus viajes por Europa, y la única herencia que nos dejó fue un montón de libros polvorientos.”

Un montón bastante grande y caro, pensé.

Me explicó que su madre, la hija de Mendes, era conocida en su juventud como una gran belleza.

Cuando Mendes desapareció sin dejar rastro en 1943, ella se casó con un rico comerciante para evitar la bancarrota.

Hijo de este matrimonio infeliz, Ahmet se quedó huérfano de niño y, obviamente más ambicioso que inteligente, dilapidó rápidamente la riqueza de su padre en lo que supongo que fueron negocios mal gestionados.

Al final, en una de esas pequeñas ironías que la vida trae, terminó abriendo una librería de viejo en el Sahaflar Çarşısı con el montón de libros polvorientos que heredó de su abuelo.

Cuando Ahmet terminó su relato, le expliqué de la manera más sencilla posible que en Zúrich había una cuenta inactiva a nombre de su abuelo y que el coleccionista americano quería comprar lo que había en la caja de seguridad. “Más libros viejos, probablemente”, añadí.

Ahmet estaba claramente ebrio de avaricia.

“Mi negocio es vender libros”, respondió con una gran sonrisa, la cual se hizo aún más grande cuando le expliqué que la oficina del coleccionista americano le reservaría un billete de avión en primera clase y un hotel de cinco estrellas para su viaje a Zúrich.

Después de eso, aceptó firmar el contrato que le puse delante sin más trámite.