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Hay algo único que une a las capitales de antiguos imperios.
Basta pensar en Roma, Venecia o Viena, por poner tres ejemplos.
Otrora lugares de inmenso poder y riqueza, estas grandes urbes cayeron en decadencia y fueron condenadas a una dulce irrelevancia.
Antaño abiertas, cosmopolitas y multiétnicas, ahora son provincianas y ensimismadas.
Orgullosas de su pasado pero atrapadas en él.
Los turistas visitan estas ciudades como un museo al aire libre o un parque de atracciones, disfrutando de la hermosa pátina milenaria sin llegar a ver más allá de la superficie.
Durante más de seis siglos, Constantinopla, la ciudad que hoy en día llamamos Estambul, fue en diferentes momentos capital de los imperios romano, latino y bizantino.
En 1453 se convirtió en la capital del Imperio Otomano: una ciudad con un pie en Europa y otro en Asia, sede del poderes terrenales y espirituales, refugio de tolerancia cultural y religiosa.
Después de la Primera Guerra Mundial, con el ejército otomano derrotado y el Imperio hecho pedazos, Estambul fue dramáticamente degradada a centro cultural de un estado mucho más modesto, la moderna Turquía.
Destituida por Mustafa Kemal Atatürk de su rango de capital del nuevo estado, su glorioso pasado acecha a esta ciudad como el Fantasma de las Navidades Pasadas de Dickens.
Exactamente como Roma, Venecia o Viena, Estambul habita en las sombras de las cosas que fueron.
Pequeño consejo para turistas: si uno desea viajar en el tiempo y disfrutar de la atmósfera única de la Constantinopla imperial, no hay mejor lugar para alojarse que el Hotel Pera Palace.
Originalmente destinado a ser el destino final de los pasajeros del tren Orient Express, este asombroso hotel ha logrado mantener el aroma de un mundo perdido.
Basta asomarse al Kubbeli Lounge con sus cuatro cúpulas transparentes, tomar una copa en el elegante Orient Bar o subir a las lujosas habitaciones en el ascensor más antiguo de Turquía para comprobarlo.
Y hablando de habitaciones, la número 101 es hoy en día un museo en honor de Atatürk, mientras que la número 411 es el lugar donde Agatha Christie supuestamente escribió Asesinato en el Orient Express.
Detalle curioso este, pues lo que yo no sabía en aquel momento era que este hotel ocuparía un lugar destacado en mi propia historia de detectives.