El testamento de Elías (Provenance 1) 2
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Para el gran público, Albert era un millonario productor cinematográfico, apuesto como un galán de cine, de porte elegante y con una merecida reputación de mujeriego.

En los años sesenta y setenta del siglo pasado, sus películas obtuvieron algunos de los mayores éxitos de taquilla de la época, ganando infinidad de premios.

Sobre la chimenea de su mansión de Beverly Hills, una multitud de brillantes trofeos saludaban a los visitantes, todos ellos grabados con su nombre: Albert Cohn, el todopoderoso Albert Cohn.

Pero todo eso fue hace mucho tiempo, Schnee von gestern, “agua pasada”, como solía decir.

Ahora Albert llevaba una vida cuasi monacal, rechazando todo contacto con el mundo exterior y muy especialmente con el ambiente glamoroso de Hollywood.

Ya no concedía entrevistas y habían pasado muchos años desde el estreno de su última película, la cual quedará en los anales del cine sobre todo por haber sido un estrepitoso y carísimo fracaso de taquilla.

Ese era el gran Albert Cohn para el ciudadano de a pie.

Pero para mí, era eso y mucho más. Entre sus varias actividades filantrópicas, era el presidente fundador de PROVENANCE, una organización sin ánimo de lucro cuya misión era la restitución de obras de arte robadas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Al igual que la caza de criminales de guerra, la restitución de obras de arte robadas durante la Segunda Guerra Mundial es una ardua batalla que se libra no sólo en los tribunales de justicia, sino también en parlamentos nacionales e incluso en escuelas y universidades.

Se estima que 650.000 obras de arte fueron saqueadas por los nazis y que 100.000 de ellas no han sido restituidas aun a sus legítimos propietarios o herederos.

Algunas de ellas están colgadas en museos públicos a la vista de todo el mundo, mientras que otras están escondidas en colecciones privadas o se utilizan como moneda de cambio en dudosas transacciones comerciales.

Esta ardua batalla se gana cada vez que un cuadro, una escultura o un libro se restituye a sus legítimos propietarios, pero también se gana convenciendo a políticos para que aprueben leyes que permitan esa restitución.

Se gana investigando la procedencia de las obras que han sido exhibidas en museos de renombre durante décadas.

Y, sobre todo, se gana llevando las historias de restitución a la atención del público.

Porque es una ardua batalla en la que el principal enemigo es el olvido. Un olvido contra el que Albert no escatimaba medios, dando igual si eran legales o no.