El testamento de Elías (Provenance 1)
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I La cuenta inactiva
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Supongo que Albert Cohn no disfrutó de su desayuno esa mañana.
Me lo figuro distraído, hojeando el periódico sin prestar mucha atención a los artículos de prensa que en cualquier otra ocasión habría disecado con su agudo intelecto.
Pero es que no era una mañana cualquiera.
Era el alba de un día en el que, después de décadas de espera, iban a confirmarse sus sospechas.
A su avanzada edad, perdido en una neblina de viejos recuerdos, cualquier otro habría perdido el deseo de vivir, pero no era su caso.
Le mantenía vivo una obsesión que lo había acompañado desde su infancia, una obsesión que lo iba a atormentar hasta su último aliento.
Su misión. Su cruzada. Con la paciencia de un historiador había ido acumulando indicios, resistiéndose a la idea de que el tan anhelado objeto de su ambición hubiera desaparecido para siempre.
Ahora, sintiendo próximo el fin de sus días y al límite de sus fuerzas, había encontrado una nueva pista.
Aún mejor. Una prueba definitiva. O al menos eso creía él.
Su instinto le decía que la clave de aquel misterio estaba allí, en Suiza, esperándolo, y necesitaba cerciorarse de ello para disipar las dudas que lo asolaban.
Imagino un secretario personal como los que aparecen en las películas antiguas, un poco como el personaje de Erich von Stroheim en El crepúsculo de los dioses, llamando suavemente a la puerta, guardando con celo importantes documentos en un portafolio de cuero negro.
Con la voz de alguien que conoce su rango y posición en el mundo, puedo verlo diciendo con una voz casi imperceptible: “Está ahí, Sr. Cohn. Tal como usted lo había predicho.”