El Ter: una biografía 3. El encuentro #2
98%

3. El encuentro #2

—¿Y por qué vienes a encontrarme?

—Porque llegas con noticias, con voces de almas lejanas.

—¿Y qué harás con esas voces?

—¿Y qué haré con esas voces?

—¿Y qué harás con esas voces que de ti están tan alejadas?

—Lleno mi cuerpo, no me queda otra.

—Te lleno el cuerpo, no me queda otra.

—Las guardo dentro y se hunden en mí o se evaporan.

—Yo te las traigo y se hunden en ti o se evaporan.

—Este es el lugar de nuestro encuentro.

—Este es el lugar de nuestro encuentro.

La Biógrafa tiene los pies cada vez más clavados en la arena blanda e inquieta de este umbral; esta puerta abierta por las corrientes que van y vienen.

El mar parece calmarse con la caída del sol, como también lo hacen el aire y todos los colores.

Las crestas de las olas, si es que hay, ya no brillan.

Las aguas presentan una luz grisácea, cada vez más oscura.

Bien cerca de la superficie, nadan peces plateados que parecen ojos.

Arenas abajo, mareas arriba, el cuerpo de la Biógrafa, bien mojado hasta el ombligo, permanece como una estaca clavada en medio del encuentro.

Escucha el ir y venir de Ter. El ir y venir del mar.

—Hoy vienes suave y entro en ti, conozco tus tierras, dejo sal en ellas.

—Hoy vienes suave y me pierdo en ti, conozco tus profundidades, dejo almas en ellas.

—Hoy vienes suave y me duermo en tu interior. La angula remonta en nuestras aguas en calma.

—Hoy vienes suave y se disuelven en tu interior mis aguas claras de náyades, las historias limpias y sucias de aquellos a los que he dado vida, los tratamientos que me dan un aspecto higiénico.

—Hoy vienes suave y te disuelves en mí, lleno de partículas de vidas pequeñas, colección de historias para una biografía en potencia, como semillas en potencia.

—Hoy me recibes suave y te duermes en mí, en mi silencio cada vez más grave, más mudo, de las vidas que ayer llevaba.

—Hoy nos recibimos en este encuentro. Este es el lugar del encuentro.

—Hoy nos fundimos en este encuentro. Este es el lugar del encuentro.

Un fragmento de concha de la náyade más vieja de la zona acaricia la barriga de la Biógrafa al pasar, llevado por Ter, por este punto del encuentro.

Llega a mar, donde las almas que el río ha descargado en él durante milenios la reciben sabiendo que, tras ella, vendrán las conchas del resto de náyades que ya no encuentran barbos, bagres ni lisas que les puedan llevar los huevos, que puedan ayudarles a reproducirse, a pasar sus conocimientos sobre la salud de Ter a nuevas generaciones.

«Las náyades de hoy se han visto sustituidas por sistemas descomunales y artificiales de máquinas y tratamientos.

Se encuentran al final de cada pueblo, cerca del río.

Filtran el agua sucia, le añaden cloro y detergentes, la calientan y le quitan sedimentos, informaciones, historias.

Luego la devuelven al cuerpo fluvial. Hace tiempo que las náyades no dan abasto con tener que limpiar tanto.

Deberían ser centenares de miles para poder cumplir con esa tarea y necesitarían la misma cantidad de peces huésped con los que convivir para poderse reproducir», piensa la Biógrafa ya con el agua al cuello.

Una cabeza humana saliendo en medio del encuentro.

La escena sería siniestra si no fuese porque no la ve ninguna persona.

Solo los ojos plateados de los peces la observan.

Velarán el encuentro de Ter y mar y también el encuentro de las aguas, una vez más, con la Biógrafa.

La noche se acerca con sus claroscuros iluminando, ahora sí, ahora no, la conversación, el diálogo, de este encuentro de unas olas cada vez más lentas, de unas voces cada vez más apagadas.

—Nos dormimos en la noche cada vez más calmada.

—Nos dormimos el uno en el otro.

—Tu final en mi principio.

—Mi final que no tiene fin.

Una ola pequeñísima ha acariciado y ha cubierto, por primera vez, toda la cabeza de la Biógrafa.

Los cabellos le flotan, pero nadie lo observa.

Abre los ojos dentro del agua intentando ver, en la negrura total y las aguas removidas, la disolución de Ter.

Pese a la lentitud que todo presenta, aun con la oscuridad cegadora, siente que en este punto donde el río desaparece no hay muerte.

Hay un intercambio, un flujo continuo, una tensión permanente.

Como en todo origen, este final también es dialéctico, una tensión permanente de posibles.

La luna ha salido. Si pudiese hablar nos diría que, como Ter y como todas las vidas, la Biógrafa se transforma disolviéndose, llenando de aliento las vidas de otros.

La luna lo ve desde la distancia. Su reflejo es ahora un rostro blanco de luz sobre el agua.

Las olas la acunan toda la noche. Centenares de ojos plateados que hoy han nadado hasta esta playa lo observan todo, como también el hombre-serafín desde las alturas.

Con la primera luz del día, el mar se los traga a todos: luna, alas, ojos y Biógrafa.

Este es el lugar del encuentro, donde la misma conversación se repite cada día una vez más.

Este es el lugar del encuentro. Donde las vidas cobran sentido; donde empiezan otras.