El Ter: una biografía 3. El encuentro
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3. El encuentro

Tendida está la Biógrafa sobre la arena de la Gola de Ter. Mira arriba, al cielo sereno. Un degradado que va de azul oscuro a naranja y se va apagando minuto a minuto. El sol empieza su descenso. La atmósfera está tranquila.

A lo largo de toda esta playa, reposan también las toneladas de troncos, raíces y ramas traídas por la riada de Ter meses atrás.

Trozos grandes de árboles que habían crecido lejos, principalmente chopos, descansan ahora sobre la arena.

A algunos de ellos, las aguas de Ter los empujaron Mediterráneo adentro.

O quizá fueron las olas del mar que tiraron de ellos.

Otros se quedaron aquí: expuestos durante meses a la luz del sol, que los ha emblanquecido; a la tramontana, que los ha rozado con piedrecitas de esta arena y les ha afinado la piel; a los aires cálidos de marea, que cada mañana les ha dado baños de vapor tibios y salados; a los bañistas que, una vez llegado el verano, vienen a pasar el día con amigos y familia en esta playa.

Pero, sobre todo, los que se quedaron aquí se encuentran expuestos al ingenio de los humanos que, disfrutando del tiempo libre, se pasan horas ociosos, animados en proyectos de construcción, levantando todo tipo de cosas que ahora quedan a la vista de la Biógrafa: cabañas, bancos para sentarse, un caballo de tamaño real, una pequeña torre, unas tumbonas, alguna mesa, una tarima y un dragón.

Cosas que con el tiempo se desmontarán y se desharán.

Esculturas efímeras que han sido testigo de un rato de juego.

La Biógrafa repasa su viaje buscando en qué otro momento de la vida de Ter ha visto alguna situación así, en la que humanos pasen horas cerca del agua por el simple deseo de estar un rato juntos, jugando con las olas y con todo lo que se encuentran, adentrándose en el agua, rebozándose de arena y yéndose luego a casa, sin haber modificado, en el mejor de los casos, excesivamente nada de este lugar.

«¿Y si son los troncos los que nos utilizan para jugar? —se pregunta la Biógrafa tras haber conocido la vida implícita en todo lo existente.

»No parecería raro pensar que, tras semanas y semanas aburridos en la playa, se comuniquen con nosotros, que venimos a no hacer nada, que llegamos con una predisposición total a ser capturados por las intenciones ocultas y benevolentes de las otras existencias.

Y ellos hacen que los cojamos y los pongamos en equilibrios que, de nuevo, les permiten revivir la verticalidad de su vida pasada.

»Tras meses de verse capturados por la horizontalidad de la playa donde Ter los dejó, los humanos llegamos con la posibilidad de volverlos a llevar hacia arriba.

Ellos lo saben y nos convocan. Abiertos al juego espontáneo de las vacaciones, nosotros, sin saberlo, los escuchamos y cumplimos su deseo.

Sentimos que jugamos con ellos, pero son ellos los que nos han invitado a jugar».

Las palabras, como la mirada, son una cuestión de perspectiva.

Dependen de dónde nos situemos; lejos de los otros, por encima o entre ellos.

Mientras la Biógrafa indaga en estos pensamientos, Ter llega por detrás de ella a través de un estrecho camino que dibuja lento su último meandro.

Silencioso y solemne. Este giro inesperado alarga unos veinte metros el cuerpo de Ter antes de deshacerse en el mar.

Como aquellos minutos, lentos, de los últimos latidos de una vida; el tirón final del tiempo.

O como la última reavivación que presentan algunas vidas justo antes de morir.

El último meandro existe gracias a un pequeño dique.

Lo han levantado Ter y Mediterráneo, con el tiempo, de manera simultánea; uno empujando sedimentos aguas abajo; el otro respondiendo con olas saladas que quieren entrar tierra adentro.

Si no fuese por este tipo de pared, Ter llegaría al mar dibujando una línea recta, ancha y lenta.

Pero resulta que, de pronto, se encuentra con un muro de arena y debe girar hacia el sur.

Seguramente mucha de su agua se filtra por este dique arenoso y por todo este territorio a través de los minúsculos granos de arena y llega al mar pasando bajo los pies de los animales terrestres que caminan, juegan, se arrastran y se tumban por esta playa.

También están los que hacen los nidos, como el chorlitejo patinegro, que encuentra refugio en las menudas depresiones de las dunas y allí pone los huevos.

Desde el otro lado del muro de arena, quizá las aguas mediterráneas también entren tierra adentro, pasando entre muchas partículas minerales y trozos microscópicos de plástico que conforman el suelo de esta larga costa.

Visto desde el cielo, el meandro es un músculo que hace posible el habla; es una lengua.

Perezosa y cansada del viaje, la Biógrafa está echada sobre el dique que da forma a la lengua y sobre las aguas dulces y saladas.

Se huele el fin, la hora de volver a casa.

A medida que el cielo pierde luz, las olas del mar suben y llegan a mojarle los pies.

Si algo ha aprendido es que las aguas la cruzan, que es un cuerpo de agua.

Un cuerpo de forma humana, con una vida humana, pero, al fin y al cabo, un cuerpo hecho de agua.

«Me he perdido y he regresado, como Ter hace tantas veces a lo largo de su vida.

Nuestros cuerpos, el mío y el de Ter, han adoptado otras formas, variadas y simultáneas.

Me he disuelto, como si muriese, y he renacido, como las aguas hacen tantas veces a lo largo de sus vidas.

Ahora me encuentro en el punto donde Ter también se disuelve y algunos dicen que muere.

En el momento de la hora mágica, donde conviven noche y día, cada uno de ellos con sus existencias.

Y aquí también conviven Ter y Mediterráneo», se dice a sí misma.

Recuerda el ascenso a la fuente, al nacimiento.

Desde allí arriba, en Ulldeter, aquel día de cielo sereno, pudo ver el mar.

En el agua brillaban unos puntitos que quizá, pensó en aquel momento, eran barcas.

Ahora se encuentra a pocos centímetros de esas aguas que aquel día le parecieron tan lejanas.

No son las barcas lo que brillan, sino la cresta de cada ola justo antes de desaparecer en la siguiente.

«Es aquí, en la Gola, en esta gola, donde debo contar que Ter muere.

En inglés, la desembocadura de los ríos se llama mouth .

La boca, la gola, allí donde se encuentran los órganos involucrados en el habla.

Ningún otro río de la zona tiene gola, pero Ter sí.

Tiene un meandro que es una lengua. He hecho todo este viaje intentando conocer a Ter, intentando escucharlo para entender su vida y escribir su biografía.

Lejos de eso, lo que he conseguido se parece más a un diario de mis viajes que no a la historia de una vida, desde su nacimiento hasta su muerte», reconoce.

«Y, después de todo, las aguas de Ter se me han tragado para decirme que mi vida es una pequeña parte de la suya.

Que yo no soy sino una bocanada de agua, un corto torrente que cruza constantemente mi cuerpo de humana, como también lo hace con los cuerpos del resto de existencias.

Todas estas vidas son partes diminutas, totalmente anecdóticas, de este cuerpo de agua eterno, inconmensurable.

Un cuerpo de agua que es siempre la misma, transformándose a cada instante y circulando por todo el planeta, llenando de vida unos cuerpos, saliendo de otros y dejándolos secos, recogiendo sus memorias, pensando a través de ellos, llevando aquí y allí un conocimiento que es común.

Y más que querer interpretarlo, traducirlo a nuestro lenguaje, quizá solo debamos reconocernos de una vez por todas como partes ínfimas de él.

Y a pesar de que todos nosotros no somos más que anécdotas en la vida de las aguas, también somos responsables de las líneas, las palabras y los hechos que, si fuese posible, se escribirían en su biografía.

Una historia de vida que no se acaba porque ningún agua se acaba.

Ter no se acaba, sino que aquí, al final, habla», reflexiona la Biógrafa, contenta y a la vez resignada. Agotada y maravillada.

Se levanta y camina hasta el punto donde se encuentran las aguas de río y mar.

Hoy el encuentro mide unos cinco metros.

En los días de la inundación, la lengua de Ter desapareció bajo un monólogo coral que llegaba a mar con un ancho de quince metros y una potencia que ya la querrían en las centrales hidroeléctricas de más arriba.

Llevaba una fuerza inédita y escalofriante para todos aquellos que la vieron y todavía más para las criaturas que cayeron en su interior.

Incluso las olas de mar retrocedían ante el empuje del agua dulce.

En cambio, hoy hay un largo meandro, una lengua clara, y son solo cinco los metros que hay hasta la otra orilla, donde sigue la playa.

Donde siguen reposando los troncos y las esculturas efímeras.

Donde familias y grupos de amigos empiezan a encender algún fuego discreto y escondido de los guardacostas.

Pasarán la noche aquí. Sin saberlo, velarán este encuentro.

La Biógrafa se sitúa en medio. Las aguas de mar y las de Ter le llegan a las rodillas.

Incluso alguna ola le moja los muslos. Las plantas de los pies se le hunden muy poco a poco en la arena inquieta de este lugar.

Pies y tobillos calientes. Pantorrillas y rodillas frías.

¿Por qué? Porque aquí hay aguas diferentes que se encuentran.

Las aguas se hablan a través de las olas, se presentan y mantienen una lenta y constante conversación.

Una conversación que se repite cada día, y hoy la Biógrafa se encuentra en medio y puede escucharla.

—¿Y tú quién eres?

—Yo soy salada.

—¿Y tú quién eres?

—Yo soy la mar.

—¿Y tú quién eres, que te me tragas?

—¿Y tú quién eres, que vienes a verme?

—Yo soy el río, las aguas dulces, traigo el alma de las montañas.

—¿Y por qué vienes a encontrarme?