1. El quiste y la falta #3
«Pegados a máquinas para poder hacer más, para poder ser más, los cuerpos de agua y carne vivimos en la creencia de que nunca somos suficiente», se dice la Biógrafa de agua, mientras una pequeña parte de ella choca contra la puerta transparente de una lavadora en marcha.
Siente un poco de su cuerpo infiltrado entre las ropitas del mismo bebé que, al otro lado del cristal que cierra la máquina, mira hipnotizado cómo gira todo lo que hay dentro.
Espuma, agua, sus baberos de colores. En el interior, la nueva existencia de la Biógrafa reflexiona, da vueltas a todo lo que le está sucediendo, consciente de que en la otra punta de sí misma se suceden vidas y acciones muy diferentes a las que ahora mismo puede narrar.
«Si el espíritu tuviera el poder de pronunciar las ideas “tal como las percibe”, es indudable que “las pronunciaría todas a la vez”.
Pero justo esto es lo que no es posible, pues, si “el pensamiento es una operación simple, su enunciación es una operación sucesiva”», recuerda la Biógrafa con su fragmento preferido de Michel Foucault. [54]
Entretanto, en el Pasteral, donde el cuerpo de la Biógrafa se ha disuelto, se funden también los límites de las cosas y las existencias.
A la Biógrafa mental ahora le cuesta encontrar su voz.
El hilo de pensamiento que escucha y que, hasta ahora, le parecía que controlaba ella se distorsiona.
Parece que su pensamiento ya no es solo suyo, sino que es también el de otros seres.
A ratos lo dicta ella, pero, en muchos otros, parece que esta agua sea un cuerpo que piense a través de una pluralidad de existencias.
Con todo, la Biógrafa no sabe ya qué partes de todo este pensamiento que puede percibir son de ella o son ajenos.
Quizá es que el agua, siendo un cuerpo de cuerpos, sea también una conciencia de conciencias.
Al saberse partes de esta gran existencia, los sujetos que se pensaban individualmente —como la propia Biógrafa— se disuelven progresivamente en un plural.
Todo él o ella es un ellos o ellas. Todo yo es un nosotros.
Y en este pensar colectivo de las aguas, la Biógrafa se concentra y conserva el torrente reflexivo que ve ahora y que dice así:
El pensamiento es un torrente que aglutina las aguas de aquellas y aquellos otros dioses, pero en lugares como este se encuentra detenido por una presa.
Una parte de él se desvía y es transrío y yo lo transcribo.
¿Quién es este yo? ¿Quiénes somos nosotros?
¿Quién es la Biógrafa? ¿Quién es el río?
¿Quién es Ter cuando se trasvasa, cuando fluye por un brazo artificial, cuando se detiene por un muro que lo recoge y le evita poder disolverse lentamente en las llanuras que lo esperan?
¿Quién es el que habla? La Biógrafa sabe muy bien, como también lo sabemos nosotros, que todo este escrito es una transcripción de lo que dicen las voces del agua que hay en mi cuerpo.
¿El cuerpo de quién? ¿Quién es el que habla?
¿Quién es el que escribe? ¿Quién hace esta biografía?
Si todas las vidas son cuerpos de agua, todas somos parte de un mismo cuerpo.
Un cuerpo de cuerpos cuyas voces no son más que una sola: la voz del agua.
La voz plural que, fluyendo hacia aquí y hacia allí, se transforma, se hunde y sale a la superficie, donde se evaporan y se forman nubes que un día llueven más allá.
¿Quién es el que habla? ¿Quién es el sujeto de este texto?
¿Quién hay detrás de estas palabras? ¿Quién las escoge y quién las dice?
¿Quién las transcribe en estas páginas y os las da?
¿Quiénes sois vosotras, si no sois nosotras mismas?
¿Acaso no somos las aguas las que estamos detrás de todo este dictado?
¿Y si es el agua la que piensa y habla a través de todas las formas de vida?
¿Y si yo misma soy el agua? La duda se vuelve insistente y se rebela contra la pared de la presa.
Una pared que bloquea ideas y palabras, y aguas e inundaciones, y peces y vida y también muchas muertes.
Perder el cuerpo es confuso. Perder el cuerpo es ser muchos: cuerpos, tiempos, espacios, vidas, combinaciones de todo, redes de todo, intercambios de todo, transformaciones.
La posibilidad de percibir tantos momentos distintos en tantos espacios conectados, de manera simultánea en un mismo cuerpo —la sustancia acuosa que somos ahora y siempre hemos sido—, responde a la experiencia de un sujeto vivo, complejo, plural, un organismo constituido en la simbiosis y la interdependencia con otros seres de todo tipo.
Del mismo modo que algunos aviones vuelan a tanta velocidad que superan la barrera del sonido, la experiencia líquida de los cuerpos de agua es tan desbordante que supera la barrera del tiempo tal y como lo conocemos los humanos.
Y así es como aquí, al final, la Biógrafa ha perdido el cuerpo.
En medio del quiste, le falta el cuerpo.
El suyo, el de Ter, el del texto. El cuerpo le falta y, ante la falta, solo queda la duda.
¿Cómo debe ser la biografía de un cuerpo ausente?
¿Ausente o quizá ubicuo? Un solo cuerpo que se encuentra en todas partes, escondido en distintas formas, en distintas vidas…
Y si es así, ¿quién debe decirlo? ¿Cuál de todas las vidas puede escribirlo?
Biógrafa, ¿quién eres? Ter, ¿dónde estás?
Cuerpos que os tragáis unos a otros, frases que devenís otras frases, que os dividís y estáis en todas partes, liberad estas aguas de la pared que las bloquea, sobrepasad la duda, inundad las llanuras, romped los puentes y ahogad a todos los que os quieren cruzar.