El Ter: una biografía 1. El quiste y la falta #2
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1. El quiste y la falta #2

El cuerpo de la Biógrafa es, pues, el de las aguas, una parte de las cuales toma la forma de una galería subterránea.

Siente encima de ella el peso de toda la roca y percibe la oscuridad que la rodea.

En su memoria genética —o molecular, no se sabe bien— encuentra recuerdos que desconocía.

Son recuerdos que el gran cuerpo de agua tiene en este punto.

Y como si ahora este líquido utilizase la conciencia de la Biógrafa para poderse manifestar, la mente de la humana sin cuerpo siente cómo le gustaría poder contar que se encuentra en el interior de las cuevas del Pasteral y que hace cuatrocientos cincuenta millones de años contribuyó a su formación.

Le gustaría relatar cómo, junto con comunidades extensísimas de animales marinos con caparazones y tentáculos, y con la fuerza de un conjunto de granodioritas, fue la madre de las preciosas cavidades, de formas redondeadas y paredes de mármol, que componen un entramado laberíntico de túneles en el interior de la montaña de Canet.

Sería precioso poder compartir eso con todo tipo de detalles, pero el lugar donde se encuentra no es este y, por tanto, lo que las aguas le hacen relatar es otra cosa.

Lo que narra este cuerpo complejo que ha engullido a la Biógrafa y que ahora habla a través de ella es lo siguiente.

En los años sesenta del siglo XX un grupo de humanos decidió que se levantaría una presa en el Pasteral y otros hombres lo llevaron a cabo siguiendo sus órdenes.

Aguas abajo de Sau y Susqueda abrieron lo que posiblemente sea el brazo artificial y subterráneo más largo y polémico de Ter, donde las aguas se arremolinan y se rinden resignadas.

Metros arriba del agujero de aspiración, sobre la piel del agua empantanada, está la espiral tímida y permanente que informa del agujero negro que se abre más abajo.

Según se ha registrado en la memoria del agua, después de verse afectado por tres quistes seguidos, hubo un día en que sintió cómo se le abría una vía de drenaje.

En este caso, no era el agua que jugaba a infiltrarse por grietas de materiales blandos y a erosionar y llevar sedimentos en un diálogo entre las formas geológicas y los ecosistemas de su cuerpo.

No. En este caso, fueron ingenieros y obreros que, durante seis años, se sirvieron de martillos neumáticos para perforar barrenos en la roca.

En esos agujeros colocaban dinamita que, al detonar, hacía explotar el material geológico generando una pila de escombros que había que retirar.

¿Qué hicieron con todo ese material? Las aguas no lo saben.

El vacío creado se revestía con hormigón para evitar futuros derrumbamientos de la roca.

Y ahora la Biógrafa con cuerpo de Ter se concentra en sentir cómo es esta absorción mientras buena parte de ella está estancada en el Pasteral.

En el interior de la galería, siente cómo este brazo acaricia el hormigón y, por primera vez, es consciente de ocupar y sentir el espacio y el tiempo de forma sobrehumana, como nunca los había experimentado antes.

Busca palabras para definir esta sensación: «Atrapada, ahora soy viscosa, cancerígena, tóxica.

Ahora soy canalizada, estancada, fluida y descomunal.

Ahora ocupo tanto que las palabras se me pierden porque muchos verbos a la vez llenan mi ser presente».

Y es así como se calla y se concentra en oír todos los verbos que la mantienen activa, todos los colores que la tiñen, los ecosistemas de los que forma parte, los otros cuerpos donde entra, las luces que rebotan en su superficie.

Pasa por debajo de poblaciones y llanuras —seguro que los ingenieros buscaron el camino más fácil para hacer la canalización— y en el mismo momento en que una parte de ella desemboca en Santa Coloma de Gramenet, las manos del dictador Francisco Franco aplauden el acto memorable: sus dedos han tenido el honor de abrir por primera vez las llaves de paso que conectan las aguas de Ter con la ciudad de Barcelona y sus miles de tuberías, grifos, vasos y bocas de ciudadanos. [51]

Es 2 de julio de 1966 y así culmina el gran proyecto, iniciado en 1950, de trasvasar el agua de los ríos de las comarcas gerundenses a Barcelona para poder calmar la sed humana y, sobre todo, la de sus industrias y poblaciones en crecimiento.

¿Y no hay otros ríos cerca de Barcelona que puedan aplacar las ansias del momento?

¿Por qué debe ser Ter quien haga este trabajo?

Si él vive a más de cincuenta kilómetros de distancia, más allá del Montseny, escondido entre las Gavarres…

Quizá fue idea del alcalde de Barcelona, Josep Maria de Porcioles, natural de Amer.

Podría ser que él, guiado por un aire nostálgico, se hubiese vuelto a llevar una parte de su tierra —concretamente su agua— hacia la ciudad.

«¡Allí adonde vaya, quiero tener una fuente de Ter!

», exclamó quizá, persiguiendo un deseo fascista y egoísta.

Y, si es así, podemos verlo celebrando el gesto de los dedos de Franco en contacto con las llaves de paso.

Por fin llega el agua del río junto al que había crecido a la ciudad donde ahora él gobierna.

Pero todo esto no se dice en ningún lado, solo es una posibilidad imaginaria.

Otra posibilidad es que los pobres ríos que rodean Barcelona estén de baja por grave enfermedad.

Especialmente el Besòs, que ve cómo sus aguas se tiñen cada día de un color distinto.

Después de más de dos mil años de regar y nutrir el llano de Barcelona, de hacer posible el riego agrícola, de proporcionar la fuerza hidráulica que empujaba los molinos de la acequia y las fábricas de la zona, los caudales del Besòs ya no dan abasto.

Las sociedades humanas preindustriales empezaron a pedir al río unos ritmos poco propios de él, olvidando que su carácter es mediterráneo.

Los humanos necesitaban constancia. El Besòs podía ofrecer contrastes, estiajes en verano, desbordamientos en otoño.

Por todo eso, la conducción forzada de Ter hacia la cuenca baja del Besòs hizo que este fuese quedando un poco abandonado y que la población humana barcelonesa le diera la espalda.

De hecho, en los años ochenta el Besòs era el río más contaminado de Europa, y volvió a sufrir problemas graves por un vertido de disolvente en 2019, otro en 2022 y aún uno más en 2024.

Sus habitantes no humanos intentan sobrevivir, pero de forma recurrente ven cómo cada generación agoniza en los márgenes fluviales, con los sistemas respiratorios y digestivos intoxicados y con las pieles quemadas. [52]

En este Besòs resignado es donde desemboca el brazo artificial de Ter desde 1966, después de pasar por los tubos digestivos, grifos, lavabos, lavadoras, bañeras, piscinas, lavavajillas y otros caminos del Àrea Metropolitana de Barcelona.

Un área que resulta hidratada por dos ríos de naturaleza foránea a la ciudad: el Ter y el Llobregat.

Ambos son sometidos a un circuito de tubos, canales, filtros, cloacas y estaciones potabilizadoras que dan a sus cuerpos la forma de una red complejísima y cuadriculada, calculada y escondida en el interior de paredes y bajo asfalto.

En el barrio de Sant Martí de Provençals, chorros de Ter mojan las manos de los niños de la Escola de l’Arc de Sant Martí, junto a la rambla de Prim, bajo la cual hay soterrada una riera.

Niños con las manos mojadas de Ter que, posiblemente, no han caminado nunca junto a ese río, no han hecho pícnics en su orilla, ni han jugado a saltar sobre sus piedras.

Tampoco saben que están viéndolo y que ahora es él quien les moja las manos, quien hace remolinos de colorines al fondo del lavamanos cuando sacan el tapón después de limpiar los pinceles, quien les quita y se lleva el jabón de la piel.

Al otro lado de Montjuïc, el colectivo artístico Sitesize camina por el lecho del río Llobregat, una antigua tierra fluvial que pervive en medio de un laberinto de carreteras saturadas por un tránsito irrefrenable.

Llevan una ofrenda de flores a este cuerpo de cuerpos marginado y olvidado: molesto para el buen desarrollo de los proyectos de crecimiento industrial y económico humanos y, sin embargo, necesario para la supervivencia de esta misma especie y muchas otras.

[53] A su alrededor, coches, camiones, furgonetas y motos conducidos por humanos que miran adelante; no se pueden distraer, les iría la vida.

Quizá, de vez en cuando, hay algún pasajero de esos automóviles que observa por la ventana, con la mirada perdida, el paisaje que cruza a gran velocidad.

Quizá sea en esos instantes cuando esas miradas se encuentren con un trozo pequeño de Llobregat que se arrastra por esta llanura baja siguiendo su curso limitado.

Solo cuando llueve fuerte, fuerte de verdad, recuerda este río los brazos que desplegaba cuando su cuerpo no estaba frenado, canalizado y dirigido.

Entre Ter y Llobregat, está soterrada la red arterial que sostiene la vitalidad barcelonesa.

Órganos industriales activos enlazados por el agua.

Todos ellos viviendo bajo la piel alquitranada de la ciudad.

¿Podría ser que en este lugar los ríos se convirtiesen en cíborgs?

Las capacidades de sus cuerpos se ven expandidas gracias a la tecnología humana.

Ter llega a Barcelona porque tiene un brazo extensible.

Es un cíborg y, como tal, es un transrío : gracias a su extensión, llega a nuestros sistemas de productividad, donde se esclaviza, como también nosotros estamos esclavizados, a la biopolítica del capitalismo.