El Ter: una biografía 1. El quiste y la falta
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1. El quiste y la falta

La Fetídica ha desaparecido en la poca agua que queda en el pantano.

La Biógrafa se despierta y se descubre acuática, inmersa en una dimensión pesada.

Su respiración se ha transformado. Ya no puede coger aire por la nariz, ni llenar los pulmones.

Toda ella se oxigena de una nueva manera que no sabe cómo describir.

Intenta verse el cuerpo, pero es imposible.

Se busca las manos, pero no las siente. Se esfuerza por mover los pies, pero su sistema nervioso no los encuentra.

Sin embargo, toda su conciencia es un órgano sensible.

Percibe el agua turbia y estancada donde se ha disuelto y se rinde a ella, todavía cansada por la noche que acaba de vivir; no se mueve, se deja llevar, como si se encontrara en los limbos.

La líquida y densa niebla adquiere tonos marronosos, oscureciéndose, y la Biógrafa tiene la sensación de que está hundiéndose.

Su cuerpo es ahora el de las aguas y es su conciencia lo que baja hacia el fondo de este pantano.

«Quizá lo que me ha salido peor, en lo que estoy fracasando más estrepitosamente, es en el texto que estoy escribiendo, esta biografía que, de momento, por ahora, no es más que un libro de viajes.

Fracaso en el intento de encontrar un lenguaje adecuado a una sensibilidad que va más allá de la humana.

Quizá las aguas me castigan porque mi pensamiento necesita encontrar siempre un sentido.

Necesito saber cuál es el sentido de las cosas para nombrarlas con las palabras que conozco.

Estoy hecha de agua, pero no la entiendo.

No tengo palabras para lo que no conozco.

En la duración de mi vida no podré saber cuál es el sentido del hielo, de las montañas, del aire.

Pasolini me dijo que la muerte da sentido a las vidas.

Debería ver el mundo morir para darle sentido.

Mis palabras de humana son expresiones incomprensibles a oídos de otras existencias.

Y quizá nada tenga sentido porque el sentido de todo es común.

El sentido de una montaña es el sentido de la vida del encinar, de las placas tectónicas, de muchas conchas y de los propios humanos.

Quizá cuando muera se resuelva el misterio.

Pero ahora yo todavía no quiero morir». Todo eso pasa por el pensamiento de la Biógrafa, que se precipita, tras las últimas experiencias vividas, en una especie de cadencia depresiva que la hunde cada vez más en el interior del pantano.

El ambiente no ayuda a levantar el ánimo, pero parece responder a las reflexiones de la Biógrafa permitiendo que unos finísimos rayos de sol se filtren en la extrema turbiedad de esta agua.

La cruzan hasta topar con una superficie que los captura y los refleja hacia ella.

Una superficie hecha de escamas que, a un ritmo lentísimo y muy sutilmente, se hinchan y se deshinchan.

Escamas negras, de formas redondeadas, que crean conjuntos más o menos circulares y alineados.

La Biógrafa recuerda la primera carta que escribió a los Reyes, cuando todavía no tenía tres años y no conocía las letras del abecedario.

Era una carta hecha con círculos alineados consecutivamente hasta llenar toda una hoja.

Quizá por aquel recuerdo de infancia o, simplemente, como consecuencia del hechizo, le parece que está ante un texto facilísimo de leer; un texto que se genera en directo delante de ella, como si alguien lo escribiese a tiempo real.

La superficie que lo contiene es una pantalla orgánica y móvil, con principio y final, que lo transporta por este medio turbio.

Toda ella hecha órgano sensible sin cuerpo, la Biógrafa consigue —no sabe cómo— perseguir el texto que se escapa y lo lee:

Cada escrito es un balbuceo. Cada intento de decir es la proyección de una posibilidad de comprender.

Una de muchas. La culpa y el castigo son también balbuceos.

Como la vida y la muerte; intentos de decir.

Pero, si te dejas llevar, la realidad es que te haces y te deshaces en un cuerpo y en muchos otros, en energías mutantes, chispas fugaces y transformaciones radicalmente lentas.

Tu vida tiene sentido allí donde empieza otra.

Ahora el agua se te ha tragado y eres solo una parte de ella.

La sensación puede parecerte nueva, pero no lo es.

Siempre has sido una porción de agua. [49] Ahora has perdido el cuerpo, pero sigues siendo esa agua que antes eras.

Un agua que se renueva y que circula. Entra en ti, sale de ti, entra en otro cuerpo, sale de aquel otro, corre por este torrente y bebe un poco de ella ese cervato, se estanca en este pantano, escapa por ese agujero, se evapora y forma esa nube, se precipita y es embotellada y consumida por algún humano, pero siempre, siempre, es la misma.

El mismo cuerpo de agua, de dimensiones descomunales, que ocupa buena parte de este planeta viviendo a través de diferentes cuerpos como si fuesen vestidos y recipientes temporales.

Aquí toda el agua del pantano se te lleva abajo para hacerte saber que, en las finas capas de limo que se acumulan en este fondo desde hace miles de generaciones, se forma el archivo de la vida y las vidas de este cuerpo.

Podrías tirar hacia abajo, como el gusano que rebusca alimento y hace madriguera.

Encontrarías datos y más datos que te harían viajar en el tiempo y entenderías cómo de inalcanzable es para ti la biografía que te has propuesto escribir.

Pero los humanos creéis que solo os movéis en horizontal.

Decís que vais adelante; en realidad, dibujáis unos caminos circulares en el mapa del tiempo.

Las existencias que os sobreviven se ven dando vueltas y más vueltas, trazando círculos con vuestras vidas. Círculos como estos que ahora lees.

Y escrito esto, de pronto la hilera de círculos topa con una pared vertical absolutamente sólida, donde termina la líquida nebulosa.

Todos los puntitos negros que eran letras se vuelven transparentes, cogen volumen y se convierten en un reguero de burbujitas de aire que desaparecen hacia arriba, contrariamente a lo que le pasa a la conciencia de la Biógrafa, que baja cada vez más.

«Adiós, esperanza», murmura siguiendo con su nueva forma de mirar a las burbujitas que se van.

El muro vertical se presenta como aquella última escena de El show de Truman (1998), donde Jim Carrey —atención, espóiler— llega a la pared del fondo del plató televisivo donde ha transcurrido la totalidad de su vida.

[50] A diferencia de él, la Biógrafa no puede acariciarla con la mano, porque ahora mismo no tiene manos.

Ha perdido el cuerpo humano, pero comprende que ahora toda ella es parte de un órgano expandido que no controla y que roza la pared.

No sabría explicar cómo, pero percibe que este muro es una barrera de hormigón armado, de treinta y cuatro metros de altura y ciento cincuenta de coronación.

Representa un nuevo freno en el fluir de Ter, que se detiene y se acumula aquí hasta convertirse en un gran quiste de tres millones de metros cúbicos que presionan la pared.

Y decimos grande, porque en comparación con los que puede soportar el cuerpo humano, un quiste de tales dimensiones de hecho sería inconmensurable.

Pero en cuanto a las proporciones del cuerpo de Ter, ciertos puntos de vista defienden que este es más bien pequeño.

Nada que ver con los de Sau y Susqueda, por no hablar del embalse de las Tres Gargantas, en China, de casi cuarenta kilómetros cúbicos.

Aquí la Biógrafa constata que se encuentra en el interior de un quiste: el del Pasteral.

Un punto donde el agua no puede circular, donde el cuerpo de Ter se estanca y se altera, donde su flujo se rompe.

Eso mismo sucede con la corriente de palabras, visiones y pensamientos que hasta ahora ha inundado la mente de la Biógrafa.

En el pantano, aguas y voces se acumulan y se quedan en pausa.

Aguas, textos y sedimentos orgánicos, inorgánicos, inmateriales y metafísicos pesan sobre el fondo negro de este embalse. En su estado inerte, presionan el muro del mismo modo que las dudas presionan a veces la conciencia.

Pero esta pausa se interrumpe porque la Biógrafa, como órgano hipersensible, percibe una fuerza que tira de ella hacia la derecha de la pared.

Parte del agua que ahora es ella es aspirada y adopta la forma de un pequeño vórtice: un rizo que responde a lo que la chupa hacia abajo.

Dirige la mirada hacia allí y ve una rejilla justo donde siente la aspiración.

Sin poder evitarlo, parte de su cuerpo acuático pasa a través de ella.

Troncos, piedras, hojas, peces, bolsas, botellas de plástico, una barbacoa oxidada y tres neumáticos se quedan removiéndose y dando vueltas al otro lado. Atascados dentro del pantano.