3. Un aliento fétido #3
No le tiembla el pulso cuando la echa en el agua de la pecera que, de inmediato, ¡ SSSSSSSSS !
, responde con explosiva efervescencia, evaporándose del todo por el contraste térmico y repartiendo pequeñas gotas del metal tóxico por todo alrededor: en el pelo de la Biógrafa, sobre la piel de sus manos, en las mangas del jersey que lleva e, incluso, sobre sus párpados, que enseguida se cierran para protegerle los ojos.
Minúsculos fragmentos de este plomo se enfrían de golpe, dejando una pequeña quemadura sobre las cosas que han tocado.
La peste a aliento del campo la impregna con fuerza.
Con las pequeñas pecas de plomo todavía en la piel de las manos, la Biógrafa vuelve a estar en la rama de encina de antes, junto a la lechuza que, con el pico, le arranca delicadamente la gota de metal de la pestaña, se la traga y desaparece al cabo de poco.
«Esta es la respuesta —la informa el fétido y denso aliento que ha vuelto a capturarla—, y ya me darás las gracias otro día.
Salvarte como te he salvado a ti ahora aún no lo había hecho nunca con nadie y, francamente, no es en absoluto propio de mí».
Todavía en estado de shock, la Biógrafa siente que, pese a no poder transcribirla, pese a no poder anotar, traduciendo en palabras escritas en su cuaderno, la declaración que el agua acaba de hacerle, la respuesta es clara. Y es triste, magnífica y contundente.
El hombre-serafín se ha desvanecido. ¿Volverá?
Un aleteo solemne se aleja cielo arriba mientras, en su interior, los jugos gástricos descomponen el metal que se ha tragado y lo dejan entrar en la sangre.
La Biógrafa no lo sabe, pero la lechuza que ha encarnado adelgazará mucho, sus alas perderán coordinación y no volará bien.
Hará movimientos extraños y sufrirá temblores.
Eso es lo que les pasa a las aves que tragan restos de caza contaminados por los perdigones de plomo de los cazadores.
Si sobrevive será porque, o no podía morir —hay existencias que no pueden morir— o no le tocaba todavía.
Si el hombre-serafín volverá es un misterio, como el que dio lugar a su aparición en esta historia.
Bajo la encina ahora corre un riachuelo que murmura pastoso y respira entrecortadamente.
«¿Quizá sea él, agonizando en medio de un riego?
», se pregunta esperanzada la Biógrafa. Baja de la rama con cuidado y, mediante el oído, descubre en el suelo un camino de agua turbia desplazándose lentamente.
Acerca la mano para ver con los dedos y llega a tocar una masa viscosa, mojada y cálida de largos cabellos sin principio ni fin.
Saca la mano y no le hace falta acercársela a la nariz para saber que desprende un terrible hedor.
El atragantamiento respiratorio se mantiene con una lentitud extrema.
Superando el asco vomitivo que la abruma, la Biógrafa vuelve a hundir la mano, llegando ahora a más profundidad.
Siente los cabellos gruesos y mucosos que le pasan entre los dedos.
Sin saber exactamente qué busca —ya no espera que la lechuza esté aquí— acaricia la repugnante cabellera con delicadeza.
Saca la mano otra vez. Algunos de los cabellos se han roto y se le han enganchado en los dedos.
Rodeados de una flema infecta, son largos y finos, con poca vida, apenas se aferran a nada.
Algunos todavía cuelgan hacia el interior de este riego que no lleva demasiada agua.
La Biógrafa los sigue aguas abajo, como quien sigue la cuerda de una línea de vida.
Unos metros más adelante siente cómo el murmullo se precipita hacia abajo.
La bruma pestilente termina aquí y, a pesar de que en esta noche sin luna es imposible ver nada, la Biógrafa sabe que ante ella se abre un alto despeñadero por donde cuelga la melena.
La escena es negra y moribunda. Se sienta con los pies colgando en la roca, junto a la cabellera.
Con la mano coge unos cuantos cabellos y, con una pena extrema, hace una trenza como quien peina a una muñeca.
Divide el puñado de cabello en tres mechones.
El de la derecha lo lleva al medio y ahora el de la izquierda.
Pequeñas gotitas le resbalan por los dedos.
Otra vez el de la derecha hacia el medio, ahora el de la izquierda y otra vez el de la derecha.
Las gotitas que se desprenden de la trenza le mojan las manos y le generan unos picores, dibujándole, como ya hace días, en Ulldeter, le dibujó también aquella piedra del viejo refugio, un hecho pasado en las palmas de las manos. Sin dejar de trenzar, se concentra.
Con el tacto ve el cuerpo de una mujer echada bajo el puente de Sant Martí.
Le cuelga la cabeza con el rostro cubierto por los largos cabellos negros y mojados.
Una sábana de agua intenta abrigarla. Es una doncella de agua.
Las manos de la Biógrafa le tocan la espalda desnuda y es fría y dura, cadavérica.
La doncella de agua está muerta. Sus cabellos no han dejado de crecer y han inundado la riera de Sant Martí, afluente de Ter, que cae por el salto llamado del Cabrit.
Hoy Ter se muestra lejano. La sequía le ha adelgazado el cuerpo a unos mínimos que estremecen.
«Esta doncella de agua está muerta», se vuelve a repetir la Biógrafa, para sí misma, ahora en voz alta.
Y las gotitas de agua en su palma le dicen que sí, como muertos están los mejillones de río que habitaban este lugar hace unos años y muchos otros animales y plantas que también han ido perdiendo la vida, descomponiéndose.
Los cabellos de la doncella de agua son restos orgánicos de cuerpos muertos.
Una melena saturada por el riego artificial que, de vez en cuando, desde hace unos años, empezó a añadirse a la riera.
Un riego que sale de un agujero escondido, hecho por los humanos junto al puente.
Un agujero lóbrego, como un túnel que, de remontarlo, llevaría hacia un destino frío e industrial: un lugar donde se generan y procesan cadáveres despellejados de centenares de cerdos.
Y así como en el corral de la tarde de ayer el agua servía para limpiar los suelos cubiertos de heces, orines y restos de comida de los cerdos, cerdas y lechones de la granja, aquí, junto a la riera de Sant Martí, el agua limpia los suelos de la sangre y la carroña sobrante de matar entre cinco mil y siete mil cerdos diarios y de cortar sus cuerpos en piezas comercializables en carnicerías de Europa, Japón, China, Brasil, Estados Unidos y Canadá.
[46] Y es verdad que la industria cárnica tiene en sus naves una depuradora propia en la que limpia el agua antes de liberarla a la riera de Sant Martí.
Pero la calidad de esa agua es tan dudosa, y la riera es tan frágil, que la vida y el espíritu de la segunda no lo han podido sostener.
Su doncella de agua está muerta por los desmesurados volúmenes de amoníaco que ha recibido, y así lo cuentan las lágrimas que gotean de sus cabellos, entrando cálidamente en las manos de la Biógrafa.
El goteo de hoy solo procede de esa depuradora.
Solo baja el agua del matadero industrial.
Y ahora esas gotitas son una mano que le coge la suya, y la Biógrafa se ve entregada al vacío, invitada a lanzarse cabellera abajo.
Hipnotizada por las manos, la Biógrafa aguanta la respiración.
Sin dejar de estar sentada, su cuerpo se va inclinando hacia delante, atraída por el agujero que se lleva los cabellos por donde cae incluso su propio cordón umbilical, ese dorado que todavía le sale del ombligo.
«Y es que al fondo de todo —le dicen las gotitas—, está el reguero que hoy es Ter y toda la densa espuma que nuestro impacto genera después de caer por este salto».