3. Un aliento fétido #2
La Biógrafa, el hombre-serafín y la encina lo respiran.
Respiran este cuerpo híbrido que se despierta como una sombra en plena noche.
Un cuerpo que lleva consigo una voz triste.
La exhalan y la inhalan y, al hacerlo, se presenta.
«Si los humanos os reencontrarais con los paraísos perdidos que guardan los espíritus de la naturaleza…
Si, además de hablar de datos y hechos científicos, quisierais conocer a los seres que, como yo, vivimos, me habríais dado un nombre un poco más bonito que el de “niebla de radiación”.
Vuestras tatarabuelas bautizaron a la mía la Tiñosa.
[44] La veían agarrada a los bosques umbríos, moviéndose cual velo de hada, encantando el paisaje que los ojos humanos contemplaban, respetaban y temían.
Ella era densa y duradera. Se podía mantener durante días seguidos, y aquellos que debían cruzarla tenían miedo de perderse en ella, de desorientarse por sus laberintos internos.
Para protegerlos, para advertir a todo caminante de que prestara atención al adentrarse en ella, la imaginación les dijo que en el interior de la Tiñosa vivían demonios y genios traviesos.
¿Quién sabe si realmente era así? Todo lo que se puede percibir, incluso si es solo a través de la imaginación, existe, ¿verdad? », pronuncia en su lenguaje respirable.
«Y a ti, ¿qué nombre te gustaría tener?», le pregunta la Biógrafa, que a estas alturas del hechizo ya está acostumbrada a hablar con todo el mundo.
«Uno propio, y me lo darás tú», responde con un golpe de aire la bruma.
Sube poco su cuerpo lentamente, medio metro, y encina, Biógrafa y hombre-serafín se encuentran en su interior.
Primero viene el ahogo, después, el mareo.
Biógrafa y hombre-serafín se agarran y se aferran a la rama de encina para no perder la referencia.
El hombre-serafín intenta batir las alas para salir del tufo que los envuelve, pero la Biógrafa lo frena.
«Nos toca pasar la noche aquí. Nos toca conocer la realidad que ignoramos cuando dormimos.
En medio de esta nube putrefacta también hay Ter.
Quizá sea una de sus pesadillas. Quizá sea una parte de su muerte.
Pero ¿sabes? Mi padre y muchos otros buenos hombres de este territorio también son los padres de esta niebla sin nombre.
Es una hermanastra y, a pesar de desear intensamente que desaparezca, a pesar de querer salir de inmediato de esta situación, antes quiero conocerla.
Tal vez, aceptando entrar en ella, nos acerquemos a su muerte…
Todo esto apesta a podrido, pero quizá solo así, con la nariz llena de mortalidad, entenderé el sentido de la vida», reflexiona intentando convencer al ser de ojos y alas, que ahora vuelve a abrazarla. La sombra de Pasolini los sobrevuela.
Resignados, moderan la respiración para evitar las náuseas.
Se concentran en mantenerse conscientes, aceptar el presente que les ha tocado.
Un temblor lejano evita que caigan dormidos.
Se acerca con rapidez desde la izquierda de la visión nublada.
Crece el alboroto y suena cada vez más fuerte, como cien pezuñas machacando con fuerza la tierra seca y húmeda.
Es un galope caótico que avanza, se acerca y en él se distinguen resoplidos y bramidos, ronquidos, crujidos y alguna tos.
Pese a la potente vibración, la sensación es silenciosa.
No se ven, pero es evidente que se acercan y, en la negrura absoluta, cruza una casta de jabalíes la sucia neblina.
Los grandes delante, los más pequeños, detrás.
Sus patas chapotean al pasar corriendo por los charcos de purín. Al poco, se alejan.
Aunque no ha visto nada, los sentidos dibujan en la mente de la Biógrafa una imagen bien clara: jabalíes que corren.
Cerdos salvajes cruzando un campo veloces y libres; una parcela de tierra domesticada, alimentada por residuos de otros animales amansados, a la espera del crecimiento, también adiestrado, de unos vegetales.
Si la imagen fuese un cuadro, la crítica de arte occidental la interpretaría como una representación del binomio doméstico-salvaje y como una anunciación de un futuro fiero.
¿Hacia dónde corren? ¿Hacia una urbanización, a hurgar entre los contenedores llenos a rebosar antes de que pase el camión de la basura?
¿O quizá se dirigen al bosque húmedo y fresco que hay más lejos, donde se revolcarán entre el barro y encontrarán refugios y cazadores?
Sea como sea, carreras como esta no suelen verse durante el día.
Enérgicos, ahora respiran los compuestos volátiles del aliento del campo.
A los más pequeñitos se les irritan las mucosas nasales, tosen y moderan un poco el paso.
Atentas, las madres los esperan y los rodean para protegerlos.
Es probable que no vuelvan a pasar por este campo.
De momento desaparecen en el futuro de este cuerpo que es la neblina de radiación.
Bajo tierra, las raíces de la encina se adentran en un suelo salinizado y anaeróbico.
Sus más tiernos tejidos se ahogan por la falta de oxígeno.
Se vuelven negros porque se queman y mueren de sed en un terreno inundado de un agua que no pueden beber.
En medio de los densos y oscuros nubarrones empieza a despertar un brillo tembloroso de tonos cálidos. Se ve pequeño porque está lejos.
«Si me acerco, me disolveré —explica el golpe de viento apestoso—, pero lo que veis es el fuego que se encendía en la atalaya del poblado ibérico que, maravillado por el generoso meandro que lo rodeaba y por las vistas al territorio, se fundó sobre la gran península coronada por un bloque de piedra agrietado que ahora, a pesar de no verla, tenéis delante.
Esos hombres y mujeres aprovechaban la grieta que parte esa enorme roca como vía de canalización del agua de las lluvias.
»Transportada por Ter, siendo parte de él mismo, mi tatarabuela se paseaba elegantemente a su alrededor.
Esos íberos la contemplaban atentos, intentando descubrir en su cuerpo impreciso, frío y húmedo pistas de alguna embarcación que hubiese remontado el río desde la zona de Empúries.
De esos ausenses hoy quedan los restos de las casas donde vivieron y lo que construyeron.
Quedan también muestras de las inscripciones que hicieron en algunas rocas, dibujando lo que parece que podría ser uno de sus barcos.
Y las tumbas de otras comunidades que habitaron el poblado siglos más tarde.
Al condensarse y fundirse, añicos del cuerpo de la Tiñosa llenaban esos sepulcros como si fuesen charcos.
Yo no puedo llegar allí. Mi cuerpo se funde por el camino.
Algunas partes de mí se elevan cielo arriba.
Otras caen y bajan tierra adentro. La muerte que yo conozco no es la que se guarda en esas tumbas.
La muerte que yo conozco no es humana». La Biógrafa asiente porque conoce el yacimiento arqueológico de l’Esquerda de Roda.
Sorprendida e inquieta por el comentario final, celebra que no sea la muerte humana la que domine la neblina donde se encuentra.
Cierra los ojos y ve el origen del brillo.
No es la atalaya. Es la linterna del móvil con que dos chicas han venido a buscar un poco del agua atrapada en las fosas antropomórficas de esta excavación.
La recogen con una botella de cristal verde y se la llevan al otro lado de Ter, un meandro más lejos, al pla de Savassona.
La encina donde se encuentran la Biógrafa y el hombre-serafín es ahora una de las que hay en esa zona.
Desde la rama, ambos observan cómo las chicas se sientan en el suelo, en medio de los impresionantes bloques de piedra que caracterizan este territorio.
La Tiñosa las rodea y se roza entre las enormes piedras que configuran este paisaje donde, desde hace siglos, se reúnen las brujas de la zona.
Las jóvenes echan el agua de la botella en una especie de pecera redonda de cristal transparente.
Con una vela calientan un poco de plomo que han puesto en una cuchara.
La pequeña llama se refleja en el plomo líquido que ahora, tras formular una pregunta, vierten en el agua.
Una pequeña efervescencia en el interior de la pecera da forma al metal y lo solidifica.
[45] El agua se calma y una de las chicas mete la mano para sacar una pieza de plomo de forma totalmente abstracta.
La miran con detalle, comentan algo en voz muy baja y una de ellas levanta la cabeza y mira a la Biógrafa.
La ve a través de la nube que la rodea y le hace una señal para que vaya donde están ellas.
La Biógrafa baja de la rama de la encina y se les une decidida.
Convertido ahora en una discreta lechuza, el hombre-serafín no se mueve del sitio.
«Esta agua ha estado aquí y allí; a nuestro lado y al tuyo.
Esta agua tiene memoria y sabe lo que tú quieres saber.
Pregúntale y te responderá con su lengua escultora», le dice una de ellas a la Biógrafa.
Le acerca una cuchara con mango de madera y un saquito lleno de monedas de plomo.
La Biógrafa coge una, la coloca en la cuchara y, sin dudarlo, la funde sobre la vela.
Sosteniendo la cucharita con la moneda deshecha pronuncia: «Agua, ¿cómo es tu muerte? ».