El Ter: una biografía 3. Un aliento fétido
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3. Un aliento fétido

Aunque no ve nada, la Biógrafa sabe por el tacto que su cuerpo se ha reunido con sus ojos.

Se encuentra sentada en la rama de encina donde también están las alas y el cuerpo del hombre-serafín.

La noche los ha enmudecido y, a sus ojos humanos, los ha cegado.

Para ellos ahora todos los cuerpos son uno.

Se ponen cómodos entre la copa de la encina que los sostiene, que hasta hace unos instantes estaba en el despeñadero de Codines y ahora se encuentra al pie del castell dels Torelló, de cara al sur, abierta a toda la llanura.

Eso es así porque todas las encinas de la zona son parte del mismo encinar; un cuerpo colectivo cuyos individuos se comunican principalmente entre las margas donde han enraizado.

Ocurre lo mismo con los robledos, hayedos y las pocas pinedas que quedan.

Todos ellos son colectivos en retroceso en una comarca cada vez más caliente, cada vez más llena de campos de agricultura intensiva, de infraestructuras de ganadería intensiva, de enormes naves frigoríficas donde se mantienen, a la espera del camión, los cuerpos de los miles de animales que a diario, de forma totalmente rutinaria, se sacrifican para los dioses capitalistas también de manera intensiva en esta zona.

Entre todos ellos, Ter serpentea de oeste a este.

No se lo ve ni se lo oye. Ni a él, ni a los campos de chopos plantados en sus orillas, ni a las esclusas que lo frenan y lo duermen, ni a los afluentes, como el Ges, que se le unen, ni a los ibis que anidan a su alrededor ni a los autillos y lechuzas que practican la caza nocturna.

Todo es nada y todo es uno, salvo unos grandes faros, que entran en los campos de debajo del castillo, y el ruido del motor que los empuja adelante.

Iluminando el terreno, la máquina inyectora es como una nave espacial de una escena de ciencia ficción.

La manta celestial adopta tonos anaranjados, reflejando la iluminación urbana.

Los agujeros brillantes de la noche se cierran, haciendo imposible que se pueda pedir ningún deseo.

Con sus moléculas de agua y todas las otras existencias que los conforman, los purines entran a presión, con fuerza, dentro de la tierra.

Son una sustancia caliente por la fermentación que le ha dado vida.

La tierra los recibe con desgana; en algunos lugares, seca, en otros, más húmeda, y en algunos campos, incluso saturada ya de otros vertidos de purines.

La Biógrafa conoce bien esta zona porque es donde ella nació y vive.

«Cuando llueve, el suelo nos transmite su alegría desprendiendo el perfume de petricor.

En cambio, cuando se le inyectan purines, la comarca entera apesta.

A menudo, cuando tiene que llover, se echan purines y eso reduce la tierra que canta con el petricor», comenta dirigiéndose a los cuerpos escondidos en la oscuridad que la escucha.

En esta noche húmeda, las moléculas de agua del aire se condensan.

Se estrechan entre sí y, del estado gaseoso y disperso en que se encontraban, se transforman en pequeñas gotas que quedan suspendidas medio metro por encima de la superficie terrestre.

A la vez, en los campos que perfora la inyectora, el amoníaco, el metano y los ácidos grasos volátiles del purín se liberan de la sustancia negra y semilíquida y, con el calor que desprende la tierra, suben bastante como para quedarse atrapados en el aire frío que tienen justo encima.

«La plana de Vic es un agujero y, en los agujeros caen cosas que se quedan atrapadas allí para siempre», sentencia la Biógrafa.

«De los agujeros también nacen cosas», le responde el hombre-serafín, y la Biógrafa no confía en que lo que nazca de aquí pueda ser demasiado bueno.

«No me imagino qué puede salir de un agujero como esta llanura.

Un agujero que se llena de partículas contaminantes con la misma facilidad que un animalito se queda atrapado y muere en el interior de un pozo…

», se dice la Biógrafa para sus adentros, en un pensamiento pesimista y extrañamente colectivo.

Deseosa de un abrigo, su piel se contrae.

Las alas del serafín se han hecho grandes, se abren unos instantes y se cierran para abrazarla.

A su vez la encina, con sus hojas duras, pequeñas dosis de agua, los abraza a los dos.

Al bajar, el aire le peina las ramas hacia abajo y todo el encinar emite un susurro nocturno.

En la piel de esta tierra está escrito que un día fue fondo de mar y cuerpos de seres calcáreos.

La Biógrafa conoce muy bien la historia, ya que la leía cuando, de pequeña, jugaba a encontrar fósiles de erizos y conchas en ella.

Desde la copa de la encina, la Biógrafa intenta verse los pies.

El suelo está negro. Las alas que la abrazan son negras, como también la rama que los aguanta, el tronco que sostiene el árbol y la marga prehistórica que lo presencia todo.

Mira arriba y atrás, hacia el norte. Intenta distinguir la torre que queda del castell dels Torelló, esa que los fenicios dedicaron a la luna hace dos mil quinientos años.

Pero no la ve. Ni a la torre ni a la luna, que parece que esta noche no se descubrirá.

Mira hacia delante y busca los faros que peinan el campo de más abajo.

Ve dispersos por toda la comarca otros faros lejanos que se mueven horizontalmente peinando el suelo.

El encinar sigue respirando y la Biógrafa también, pegándose a su ritmo lento y somnífero.

Inhala y exhala ella, inhala y exhala el hombre-serafín, inhalan y exhalan las hojas de la encina, inhalan y exhalan los conductores de las inyectoras, inhalan y exhalan los cerdos de los corrales, inhalan y exhalan los trabajadores de los mataderos que caminan hacia la nave para hacer su turno, inhalan y exhalan los cuerpos vivos de la noche.

Intercambio de aires entre unos y otros.

Entre ellos, inhala y exhala el suelo de todos los campos.

Habitado por microorganismos, raíces y otros seres, inhala oxígeno y exhala dióxido de carbono.

Inhala sueños, estrellas, partículas de luz.

Exhala la carga del día. Inhala aire frío, exhala un vaho fétido, húmedo y abismal.

Exhala un hedor denso, procedente de sus entrañas.

Exhala la tierra, cansada, lenta, constantemente y, en esta noche, como en otras, con un intenso dolor de parto.

De los poros de su piel nace un ser y así lo presencian la Biógrafa, el hombre-serafín y todas las otras existencias que prestan atención a este momento.

De las entrañas del suelo de los campos de toda la comarca se levanta una especie de neblina que coge muy poca altura.

Aunque nace en muchas noches como la de hoy, la Biógrafa no la había visto nunca antes.

A veces se mantiene hasta primera hora del día, pero desaparece en cuanto el sol empieza a calentar el aire.

«No es una niebla normal —afirma el hombre-serafín—, esta es diferente».

Y nada más decirlo, la encina en la que se encuentran es otra; una que crece en el punto más bajo y hundido de la comarca.

Se encuentra sola entre dos campos. A sus pies crecen malvas, ortigas, zarzas y otras plantas que se alimentan de los nitratos que inundan esta tierra.

De las raíces de la encina sube la neblina que es más bien como un vaho.

Ahora que se encuentran encima, la ven bien.

Su cuerpo está compuesto de gotitas microscópicas de agua en suspensión, sí…

Pero también lleva el aliento del campo.

Un aliento que alerta de un sistema enfermo.

Un aliento a descomposición, cargado de amoníaco, fuerte y penetrante; pegado a la tierra por el dióxido de carbono, que lo vuelve denso y pesado.

En esta fétida bruma vuelan también pequeñas cantidades de metano que, por su ligereza, suben cielo arriba.

Hay también sulfuro de hidrógeno, que da un perfume vomitivo de huevo podrido a la atmósfera, y otras moléculas varias procedentes del sistema digestivo de los cerdos y células bacterianas de fermentación y de muerte.

Mañana por la mañana, los habitantes de la comarca se despertarán con este aliento fétido paseándose por calles y caminos abiertos.

Algunos de ellos ni lo notarán, porque ya están acostumbrados.

Cuando nacieron, ya sucedía. Para algunas personas, Osona siempre ha olido mal.

Otras, que tal vez hayan crecido entre aires más limpios, o estén más sensibilizadas, lo notarán y dirán: «Mierda, familia, esto no puede ser bueno.

¡Tenemos que irnos a otro sitio!», pero luego brillará el sol e iluminará las grisallas de las colinas de margas, con sus patas de elefante primitivas y submarinas, y se verán rodeados de una orografía perfecta, con la sierra de Bellmunt, el forat Micó, el pla d’Aiats, Cabrera y el Montseny, y olvidarán el deseo de huida.

Y aún otras tomarán nota y afirmarán que este hoyo sigue siendo uno de los grandes puntos negros de la contaminación atmosférica en Europa.

[43] También habrá quien se alegre de respirar esta masa volátil, porque siente la satisfacción del trabajo hecho: la balsa de purín se ha vaciado y el camión cisterna ha llegado a su sitio.

Los campos están llenos de esta sustancia que, con mesura, puede nutrir la tierra y favorecer los cultivos.