2. La premonición #2
La encina, donde se encuentran los ojos de la Biógrafa y las alas del hombre-serafín, crece sobre un despeñadero enraizada a una roca antigua que ahora habla.
Según ella, el territorio por el que Ter serpentea había sido un bosque impenetrable de helechos, nogales, fresnos, robles y otros seres prehistóricos.
Sin embargo, el camino que le aguarda a la Biógrafa en la noche que empieza será otro.
A partir de este punto, la lisa Ter contradice la falsa teoría cartográfica de que todos los ríos van hacia abajo; ella se desvía hacia el este, casi como si buscara el Sol, «ya lo verás y lo entenderás —enfatiza la piedra—, después de la noche que te toca vivir ahora».
«Como cineasta —sigue Pasolini a los pies del despeñadero—, crees que para contar la vida de un sujeto, lo que alguien ha vivido desde su propio plano secuencia, debes ser un genio del montaje.
Además de hacerlo una vez que tu protagonista ha muerto (por lo que te decía del sentido de la vida), el cineasta debe obtener retazos de planos secuencia del sujeto principal, pero también de aquellos con los que convivió.
Y entonces hay que hacer una selección y ordenarlos, consciente de que lo que contará será una historia diferente a la real.
Porque la historia real son muchas y simultáneas, pero tú solo puedes contar una a la vez».
Los últimos rayos del sol llegan con esfuerzo desde detrás de las montañas que se los tragan.
«Matar a Ter», se repite la Biógrafa. Si imagina una muerte literal, ante la simple posibilidad de pensarlo, siente un enorme miedo.
También se formula la duda práctica de cómo hacerlo y, sin ganas de detenerse en esos pensamientos, se pregunta por la muerte poética.
«Quizá escribir su biografía ya sea matarlo.
O más bien, condenarlo. Qué paradoja, yo que empecé este viaje con la idea de hacer magia con las palabras y difundir la realidad: y es que Ter vive».
Sus ojos ven cómo, en los altos prados de alrededor, algunas construcciones dispersas, enlazadas por una sencilla trama de pistas, se funden en el mismo color casi negro de los campos cultivados.
En el interior de algunas de ellas hay humanos que cenan, descansan en el sofá, ven la tele, están con el móvil, leen, hacen el amor, cantan nanas a un recién nacido, piensan en el día de mañana, en los quebraderos de cabeza del trabajo y se preparan para irse a dormir. De hecho, algunos ya duermen.
En otras construcciones, más bajas y alargadas, hay encerrados medio millar de cerdos, cerdas y algunos lechones.
Apretados unos contra otros, duermen como pueden.
Algunos de pie. Otros se echan. Por la mañana, como cada día, los humanos los han alimentado fuerte, con pienso de soja, maíz y otros alimentos secos y prensados.
Los intestinos porcinos han hidratado, digerido y absorbido los nutrientes de esos alimentos con la ayuda de mucha agua.
Todo eso lo han transformado, por un lado, en energía y, por otro, en deposiciones.
Así, algunas horas después de alimentarlos, el personal de la granja ha limpiado con agua a presión el suelo de todas las palas de la nave y de todas las jaulas de gestación y maternidad.
Todos estos corrales han sido estratégicamente diseñados con una inclinación concreta. Y ahí está parte del truco.
Agua limpia al servicio de la limpieza de la granja ha salido disparada, presionando fuerte contra el suelo y empujando —porque no puede hacerlo de otra manera, está diseñado para que ocurra así— todo lo que encuentra: una mezcla de heces sólidas pegadas al suelo, orina y restos de alimento que, en contacto con el agua, se convierten en purines líquidos y semilíquidos.
La mezcla se desplaza gracias a la pendiente del suelo con ranuras hasta los canales de drenaje, que recogen la mezcla y la hacen circular por tubos hasta una zona de concentración: el foso de purines.
En el ocaso permanente que se vive en esta gran letrina, tapada por una loneta impermeable flotante, la mezcla fermenta, cobra vida, respira y emite amoníaco, metano y óxidos de nitrógeno.
En el ambiente anaeróbico del foso, concretamente al fondo de todo, se acumulan los materiales más sólidos.
Allí viven las arqueas, unos microorganismos que se alimentan de CO 2 , H 2 y otros compuestos orgánicos y que generan metano.
Acompañan a las arqueas varios colectivos de bacterias nitrificantes; las que convierten el amoníaco en nitritos y las que cogen los nitritos, los oxidan y forman los nitratos.
Encima, como una manta que los recubre a todos, están los líquidos.
Todo este ecosistema dura semanas o incluso meses.
El reposo de este periodo se verá afectado mañana, de madrugada, antes de que salga el sol.
Como ocurre una vez cada primavera y cada otoño, un agitador de purines entrará en la balsa y lo mezclará todo.
Algunos gases, como el amoníaco y el metano, serán capaces de escaparse entremedio de la loneta que cubre la balsa y el agujero por donde entra el agitador.
Los gases son muy ágiles. Aunque la mayoría de ellos se quedarán en la sustancia, cada vez más homogénea.
Entonces una bomba aspiradora chupará todo el purín, que pasará por una manguera y entrará, sin ver ni un rayo de luz, en la cisterna de un camión.
Los granjeros venden la mayor parte de los purines.
De hecho, hoy, la madre de la familia, que ha traído al mundo a los hijos y que también lleva las cuentas del negocio familiar, se duerme pensando que, durante los últimos años, viven más del beneficio económico que les da esta sustancia que de la carne de los cerdos que engordan y que venden a una importante multinacional de la industria cárnica.
La balsa, de setecientos cincuenta metros cúbicos, está a punto de rebosar; con la mierda de medio año de engordar a quinientos cerdos es un problema.
La mierda siempre sobra y nunca desaparece.
Solo cambia de sitio. Siempre es un problema difícil de gestionar.
La mierda siempre ensucia, por más que contenga agua.
La mujer se mira las manos: las tiene arrugadas y negras.
Piensa que con menos cerdos habría menos mierda y que «con menos cerdos también pasarían.
Como también habríamos pasado con menos hijos y con menos terrenos.
Que, cuando era pequeña, con lo que cultivábamos en el huerto para los de casa ya nos bastaba.
Y entre eso e intercambiar huevos por pan con los de Can Passavant era más que suficiente.
Teníamos menos, pero éramos más libres. No venía nunca nadie a exigir que el ganado engordara más rápido.
Nadie nos decía qué debíamos cultivar ni cómo había que alimentar a los cuatro animales que teníamos.
Nunca me hubiese imaginado que lo que me daría más trabajo sería la gestión de la mierda de los quinientos cerdos con los que vivo».
Mientras sus sueños se tiñen de preocupaciones y rencores, mientras desea que sus ocho hijos no sigan su estela, las alas del serafín y los ojos de la Biógrafa, que en esta lenta puesta de sol pueden ver lo que de verdad es oscuro, observan desde la alejada encina la mancha negra que es esta granja y todas las demás de la zona.
Una mancha negra viva, como una estrella oscura y muerta, cuyos rayos se filtran por tierra, aire y cuerpos.
Cuerpos de carne y cuerpos de agua. Poco a poco, cada rayo de esta estrella avanza más.
El fondo de la balsa no está bien aislado y parte del purín se filtra lentamente hacia la tierra, acumulándose, en este caso, en el acuífero que hay debajo de la casa.
Un acuífero que hace años que está seco, porque la familia se beneficiaba de él extrayendo el agua para regar los campos y limpiar los establos.
Eso explica por qué la fuente de más abajo es muda.
Solo habla después de los días contados de lluvias continuas que cada vez pasan menos por esta zona.
Y entonces lo hace con una voz fina y enfermiza, de la que ningún animal se llenaría la boca.