El Ter: una biografía 2. La premonición
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2. La premonición

En la hora mágica, el cielo es un degradado.

Por detrás de las sierras de Milany y de Bellmunt, tonos azules y fríos se ennegrecen a cada minuto.

En poniente, el sol parece estar echado sobre el macizo de los Munts tiñendo el cielo, que hoy no tiene ni una nube, de naranjas y rosas nostálgicos.

Las alas del hombre-serafín planean entre unos colores y otros siguiendo la tortuosa forma de Ter.

A esta altura, son muy visibles los motivos por los que el río ha tomado unos caminos y no otros.

Como si fluyera con pereza, su cuerpo acuoso siempre se desliza hacia abajo.

Atraído por la misma gravedad que mantiene nuestros pies en el suelo, es experto en encontrar los puntos más bajos del territorio que tiene delante.

Se deja caer con más velocidad o menos, dependiendo de la inclinación y la dureza de las tierras que lo sostienen.

«Pero ¿no dicen que las aguas abren caminos? », se pregunta la Biógrafa.

«Los abren, como también los humanos y muchos otros animales.

Pero si pueden ahorrárselo, lo hacen. ¿Que hay una pequeña depresión geológica entre el final de la cordillera transversal y los primeros macizos de los Prepirineos?

Las aguas pasarán por allí sin dudarlo, tal como podemos ver aquí mismo.

Con el paso del tiempo, el roce constante de las aguas sobre el material geológico puede hacer que las tierras se ablanden, provocando movimientos que modifican los relieves, que abren agujeros donde no los había, abriendo también posibles caminos nuevos», explican las alas.

Ter ahora es plata patinada. Su piel parece la de un lución.

También lo parecen sus sinuosos movimientos, los meandros clavados en el suelo, como las curvas del cuerpo que un lagarto sin patas dibuja a su paso en la arena.

Los ojos de la Biógrafa querrían entretenerse en su observación, pero han empezado a coger altura.

La Tierra va girando debajo de ella, y ahora planean por los aires cada vez más desoxigenados en dirección contraria al sentido del planeta.

Sobrevuelan el mundo y, en él, solo ven serpientes y gusanos milenarios que juegan a encontrar caminos entre los pliegues de la geomorfología terrestre mientras esta se transforma.

Entre ellos: víboras europeas que cruzan el viejo continente de este a oeste; una gran Naja haje con su cabeza alzada, hipnotizada por el calor desértico y las olas del Mediterráneo; una pitón de Seba, ancha y profunda, que gira en medio del África subsahariana; la discreta víbora de Albany, escondida en el reino floral del fynbos; una serpiente gato, de trazos rectilíneos, escurriéndose entre las placas africana y arábiga; una larga y agresiva Gloydius halys , que se dirige hacia el Pacífico, acercándose con decisión a una violenta mamushi , de la isla japonesa.

Esta bola es un terrario. Alas de hombre-serafín y ojos de Biógrafa vuelan a tanta altura y el planeta gira a tanta velocidad que en el continente americano solo tienen tiempo de ver a una gigantesca Regina grahamii en busca de cangrejos de río del Mississippi y a la anaconda verde más grande del mundo, reinando en el sur.

En medio del Atlántico, durmiendo tranquila en las más oscuras profundidades, las corrientes oceánicas acarician a la serpiente de once metros, con dentadura y cabellera, que en 1848 sorprendió a la embarcación inglesa HMS Daedalus. [39]

Cada una de ellas, entre las respiraciones de los árboles y los océanos, emite un bisbiseo en su propia lengua, como también lo hacía Ter, balbuceando en sus primeros meandros.

Y así, entre la melodía planetaria, se escuchan unas voces que, armonizadas por la geología y los aires de cada lugar, van cantando una nana, como una serpiente que quiere hipnotizar, como una madre que busca calmar, dormir.

Para ello cantan una canción llena de meandros y sigmatismos y la biógrafa escribe:

escama… sierra… susurro… serpente… siffler… essor… Schlange… Sissi… thu’b ā n… s i ḥr… nswè… mzya… sala-sala… slang… isiluka… son… speel… spinnekop… sam… sahar … shé… mamushi… jaguchi… watersnake… slither… swamp… missessipi… suçuquinha… serpente… silêncio… sakã… sãso… sarakü… sasáwra ŋ …

El vuelo empieza el descenso hacia el nordeste de la península ibérica.

Entre el sueño y el cansancio, aparece una pregunta en el pensamiento de la Biógrafa: «¿Cómo de lejos tengo que estar de lo que quiero entender?

». Hace días que camina cerca de Ter, comunicándose con flora, fauna, minerales, aguas y otras existencias.

Han pasado siglos en poco tiempo. Ha visto diferentes edades de este río y todavía —así lo siente la Biógrafa— no sabe cómo relacionarse con él.

El hechizo no deja lugar a la duda sobre si este es o no un ser vivo.

Pero ¿cómo traducir esta certeza en una biografía?

¿Cómo transmitir una creencia que vaya más allá de las palabras humanas?

Las alas se han detenido sobre una encina, en la cima del despeñadero de las Codines.

Ha subido una efímera hasta aquí arriba.

Cerca debe de correr algún torrente. El insecto volador se detiene ante la Biógrafa y le pregunta: «Tú eres humana, ¿verdad?

¿Qué es la humanidad? Quiero contárselo a mi gente».

Y, en menos de un instante, encuentra a una pareja, se reproduce y muere sin que la humana haya tenido tiempo de responderle.

Ojos de Biógrafa, alas de hombre-serafín, ramas y hojas de encina pierden poco a poco la luz y el color.

«En relación con Ter, yo también soy una efímera», piensa la Biógrafa mientras su cuerpo ha llegado misteriosamente hasta la casa de Codines.

Un rato antes y para sorpresa de todos, también ha llegado el de Pier Paolo Pasolini con gafas de sol.

Tras los cristales oscuros no tiene ojos porque está muerto.

Ha dejado la cámara en Italia, está sentado en un banco de madera.

Apoyado sobre una mesa de pícnic del patio de esta casa de colonias, escribe en un papel arrugado el final de su poema «Al príncipe», que dice:

Yo, tiempo tengo ya poco: por culpa de la muerte

que se me echa encima, en el ocaso de la juventud.

Pero también por culpa de este mundo humano,

que quita el pan a los pobres, la paz a los poetas. [40]

El cuerpo de la Biógrafa, también sin ojos (que están en la rama de encina), se sienta con él.

La noche inminente, la muerte de la efímera y la aparición de Pasolini adoptan la forma de una premonición que la asusta.

Una advertencia de todo que se presenta con sutiles señales de poesía.

O tal vez son señales muy literales. Pese a haber escrito ya muchas páginas sobre la vida de Ter, la Biógrafa aún siente que se encuentra conociendo a un río joven.

En estos instantes, sus ojos ven en las montañas y tierras de alrededor del despeñadero de Codines los rastros que dejó Ter en otras épocas.

En este punto geográfico, como un lución que pierde tramos de escamas para renovar su piel, el río dejó tramos de meandros.

Concretamente dos. Antes de que los humanos obligasen a su cuerpo a pasar entre medio del derrame y junto a la carretera que lleva desde Vic hasta Ripoll, el lución rodeaba el despeñadero de Codines y bañaba los campos que ahora pertenecen a la casa de colonias.

Dos meandros abandonados, que brillan irisados cual escamas de una serpiente rayo de sol.

Biógrafa y cineasta se ponen a hablar como si se conocieran desde hace mucho.

Empieza él y le cuenta que está terminando un artículo de reflexiones sobre la vida, la muerte y el plano secuencia.

[41] «El plano secuencia es lo más similar a estar vivo; un sujeto que ve las cosas que pasan y que le pasan desde un único punto de vista.

Un plano secuencia que no se detiene hasta que morimos».

En la mente de la Biógrafa, Ter ahora se dibuja como un larguísimo plano secuencia, grabado con película analógica.

El círculo glaciar es el proyector en cuyo interior está enroscado el film de doscientos ocho kilómetros y millones de años de duración.

El agujerito de la fuente es la lente a través de la que pasa el rayo de imágenes, proyectándolas al cielo, a la tierra, a los ojos de quien mira, a las bocas de quien bebe y a los cuerpos de quienes nadan por él.

«Y, como poeta y cineasta, ¿cómo lo harías si quisieses contar la vida de uno de los sujetos de estos planos secuencia?

», pregunta la Biógrafa. Pasolini lanza un suspiro.

«Como poeta, sabes que para hacer una biografía debes matar simbólicamente al sujeto del que hablas.

La muerte es absolutamente necesaria para dar sentido a la vida.

Los que estáis vivos tenéis por delante una incógnita, un misterio: el futuro.

Un futuro que puede cambiar por completo el sentido de vuestra vida.

Una persona de setenta años que siempre había sido honesta comete un crimen y transforma radicalmente su biografía».

La posibilidad de matar a Ter resuena inquieta entre las piedras que, en otro tiempo, este río rozó.

Todo tiembla de añoranza. Las escamas abandonadas, la piel muerta.

A partir de este lugar, los meandros que Ter dibuja se vuelven más grandes y densos.

Uno se pega al otro y su superficie se ensancha.

El desnivel se reduce, el caudal —o los latidos— es más pausado.