El Ter: una biografía 1. El carbón y los hilos #4
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1. El carbón y los hilos #4

Algunas de las recién llegadas lloran, otras se cogen de la mano y otras, simplemente, lo miran todo con cara de pasmadas.

Hay una que observa las alas del hombre-serafín y lo que ve es un mirlo.

En su cabeza se despiertan recuerdos de Alba, el río que cruza su pueblo, Soto de Agues, en Asturias, donde de muy pequeña jugaba con sus hermanas, en las tardes de verano, tras haberse pasado el día vigilando las ovejas.

Después divisa las aguas que fluyen cerca de la fábrica.

Respira hondo. Las montañas que la rodean, el cielo.

Todo le recuerda a su pueblo, a pesar de las diferencias evidentes.

A pesar de la diferencia más grande: aquí no están los padres ni las hermanas, que al ser todas más pequeñas que ella, aún no tienen edad para emprender una aventura como la suya.

Vuelve los ojos hacia el mirlo y le sonríe.

Piensa unos «pío pío pío», como los cantos de esas aves en su pueblo, las que también beben de las aguas de Alba, las que han crecido con ella, con las que ha jugado al escondite por debajo de los arbustos.

Con estos cantos telepáticos quiere decirle al mirlo posado sobre el autobús que ella puede ser su amiga.

Hay muchos misterios en la vida. Vivir es no saber muchas cosas.

Para esta chica asturiana, es no saber que ese mirlo que ve solo es el recuerdo de los que conoció cerca de casa.

Que bajo esa forma, más allá de su cuerpo, está el hombre-serafín con los ojos de la Biógrafa.

Para ella, vivir es no saber que Ter, su nuevo vecino, fue también durante un tiempo llamado Alba, como el río de su pueblo.

No saber, tampoco, que junto a este Ter parió hace siglos una romana y a su bebé lo llamó Alba, y que su ombligo todavía está atado a las parcas que transitan por estas aguas y que, de hecho, el suyo también lo está.

No se lo ve, pero desde su ombligo, y también en el de todas las otras, salen hilos como cordones umbilicales.

Cada uno, de un color diferente, se lanza al río, al tejido, al fluir.

El pensamiento fluvial crece y, en este punto, su cenefa se vuelve más compleja que antes.

Para la joven, vivir es no saber tampoco que el viaje que acaba de empezar —porque, con las tecnologías de los años cincuenta, ¿cómo demonios tendría que saberlo esa chica de un pueblecito de Asturias?

— será como un espejo de la costumbre de chicas que viven casi en la otra punta del mundo.

O, al menos, al otro lado del océano Atlántico.

Chicas de la desértica península de la Guajira colombiana y venezolana.

Chicas que, como ella, justo empiezan a dejar atrás su vida de niñas.

Y para hacerlo, a todas se les impone un ritual iniciático; para las de allí se llamará «Süttüsü Paülü’ü», para las de aquí, «Saphil».

Un ritual que supondrá un periodo de aislamiento del mundo, de encierro con otras mujeres y de aprendizajes a varios niveles.

Todas aprenderán a hilar y a tejer. Las de allí lo harán manualmente, con husos de madera, agujas de ganchillo (importadas por los europeos) y telares de cintura o portátiles.

Las de aquí, con la ayuda de la fuerza eléctrica transformada a partir de las aguas, con cardadoras, peinadoras, máquinas de apertura, selfactinas, hiladoras continuas, bobinadoras automáticas, telares Sulzer y Jacquard, máquinas de tintura a presión, calandrias y rameadoras.

Las jóvenes wayús manufacturarán cordones y mochilas de algodón, de fibras de pita o, más recientemente, de fibras sintéticas.

Las españolas trabajarán el orlón, una lana acrílica diseñada para ser más ligera y fácil de cuidar que la lana tradicional.

A las wayús, sus madres y abuelas les enseñarán los secretos del tejer, la lectura de cada color, el simbolismo de cada forma y el significado de ser mujer en su pueblo.

A las que acaban de llegar a Ripoll, sus compañeras mayores, así como los técnicos de la fábrica, les enseñarán a utilizar todas las máquinas para producir bobinas de hilo; ellas repartirán sus días y sus noches en turnos de trabajo, sesiones de clase para sacarse el BUP y el COU, horas de limpieza de los distintos apartados de esta fábrica y algunos días libres.

Las visitará el doctor Maideu, que les explicará cuestiones relativas a la salud sexual y reproductiva de la mujer en nuestra cultura.

En definitiva, a un lado u otro del Atlántico, todas entrarán en la vida adulta hilando y tejiendo, también pensamientos que solo ellas conocen y que fluirán en secreto, como todo pensamiento y como las aguas que las rodean.

A las de allí, las guiará el espíritu de la araña Wale’kerü.

[38] A las de aquí, la voluntad de unos cuantos líderes capitalistas que quieren modernizar un país deprimido en la posguerra.

Ser mujer aquí y ser mujer allí. ¡Qué grandes diferencias y, a la vez, qué grandes similitudes!

Hilos que pasan entre los dedos, que se enlazan, se combinan y se suman, pero que también se anudan, se enredan, se estrangulan, se ahogan.

Como las telarañas de Wale’kerü y como las aguas de todo río caudaloso.

Vivir en la experiencia de aquella asturiana es no saber nada de eso, pero saberlo un poco.

Porque de su ombligo sale un hilo, como del ombligo de todas.

Un cordón umbilical que las lleva a las aguas que están hoy a este lado del océano, pero mañana estarán en el otro.

Todos estos pensamientos se explican en Ter que, ahora mismo, es también Freser y Atlántico; todas las fuentes llegan a ser torrentes, ríos, mares, océanos, grises y opacas nubes de tormenta.

Poco a poco, todos los hilos de estas aguas se vuelven verdosos, se oscurecen y se muestran casi negros.

«El mundo vegetal, el equilibrio, la armonía, pero también la noche, el sueño, la muerte», diría la abuela de ocho patas Wale’kerü.

«Una serpiente», dice la Biógrafa mientras cae el sol con la misma rapidez con la que una serpientaza se desliza entre bloques geológicos cubiertos de pinedas, robledales, campos de maíz y granjas.