1. El carbón y los hilos #3
«Este dibujo es un espejo. Ese lugar que nos muestra el pirocúmulo está aquí donde nos encontramos ahora», concluye la Biógrafa, que ya no quiere imaginar más posibles interpretaciones.
Su realidad es la misma que la de los dibujitos, es verdad.
Pero un poco distinta. Todavía se encuentra en un ferrocarril, sobre un puente de hierro, detenida entre dos ríos que se juntan ante ella y, en cuanto lo hacen, se enfrentan a la prueba de superar juntos una esclusa inaugurada hace pocos años.
Así es como se conocen Ter y Freser, y así es como los humanos celebran su afluencia: colocándolos en una esclusa larguísima, de ciento diez metros trazados en curva; diciéndoles con este gesto: «¡Qué bien!
Bueno, ahora que os juntáis, aprovecharemos que la unión hace la fuerza para coger vuestro impulso y llevárnoslo hacia una serie de fábricas textiles que ocuparán parte de la orilla derecha a lo largo del tiempo».
Una de las primeras en llegar a la ciudad fue la de los hermanos sabadellenses Badia, ya expertos en hilaturas, que reconocían en Ripoll la posibilidad de encontrar «una fuerza motriz barata».
[36] Y con esta expresión no se referían al carbón, que estaba de capa caída, sino a las aguas de Ter y Freser.
Así lo recuerda un artículo que se escribirá muchos años más tarde, pero que las cenizas, que todavía pululan por encima del tren, la Biógrafa y los ríos, y que ya no sabemos bien de qué fuego proceden, recuperan y materializan como si fuesen los espíritus de los escribanos del monasterio.
Es gracias a eso que la Biógrafa incluso puede cogerlo con las manos y leerlo.
Entre otras cosas, Josep Badia impulsó la construcción de canales y saltos de agua artificiales «para dar movimiento a la maquinaria de sus establecimientos y poder producir y luchar con alguna ventaja en el mercado general».
Ahora bien, a pesar de tener el río pasando justo por delante de las parcelas del terreno que había comprado, se encontraba con un obstáculo: necesitaba un permiso de uso del agua para obtener energía hidráulica.
Antes de seguir leyendo, la Biógrafa mira la confluencia que tiene debajo.
Una trucha lucha por superar la esclusa.
Solo lo humano parece haberse detenido. El maquinista, que antes se ha quedado de piedra, cada vez se va volviendo más gris y transparente.
La locomotora no avanza. Solo vuelan cenizas, sopla el viento, calienta el sol en este día de primavera y fluyen Ter y Freser con una alegría jovial.
Sobre la pila de carbón se coloca un mirlo que, poco a poco, se va transformando.
Su cuerpo va tomando unas dimensiones antropomórficas y aparecen unas alas en medio de su rostro.
«¿A quién te parece que tuvo que pedirle el permiso?
¿A Ter? ¿A Alba? ¿A Tacerum? —pregunta el hombre-serafín y, acto seguido, dibuja una sonrisa que, pese al aura misteriosa que lo rodea, transmite calma a la Biógrafa—.
¡Pues no, claro que no! ¡Porque los hombres de aquí solo juegan entre hombres a juegos de iguales!
Si juegan con otros, no es para hacerlo con juegos de iguales, sino jerárquicos.
Juegos donde el hombre está por encima y engaña a la trucha y la pesca, le hiere la boca y la devuelve al agua.
Así que no, no es a Ter, ni a Freser ni a todos los que viven en ellos y con ellos a los que les tuvo que pedir permiso el señor Badia.
En este pueblo de papeleo, plegarias y documentos, fue al conde de Marlés a quien tuvo que dirigirse.
Solo él ostentaba el poder de utilizar las aguas de Ter para el funcionamiento de su molino.
Y Badia consiguió aquel permiso, ¡ya lo creo!
Porque, como decís, “poderoso caballero es don Dinero”.
Badia pagó al señor conde cincuenta mil pesetas en entregas anuales de cinco mil más el cinco por ciento de interés.
»¿Y qué saco de ello Ter? Sentir cómo lo hacían caer por una nueva esclusa que impulsaba su caudal a dos mil litros por segundo y ver cómo le construían un brazo nuevo que esos hombres llamarían “canal”, de treinta y cinco metros de desnivel y 4,5 kilómetros sostenidos por pontones, cinco puentes y un acueducto de treinta y dos arcos.
El Canal de las Fábricas, como lo llaman en tu tiempo, puede que fuese el primer proyecto industrial de verdad que conoció Ter.
Y con los Badia, llegaron también los de la Preparación Textil, que construyeron esta esclusa en línea curva y así Ter, que aquí todavía se mostraba joven y juguetón con Freser, se ve obligado a entrar en la vida de los hombres adultos, ambiciosos, capitalistas y sedientos de progreso y poder.
Para ellos, las aguas eran eso: fuerza, poder, progreso. Una máquina que va hacia delante».
La Biógrafa y el hombre-serafín contemplan las aguas que corren debajo del puente metálico del tren.
Hoy Freser lleva un color más blanco. Ter se muestra más marronoso.
«¿Qué habrá pasado en sus cabeceras? ¿Qué contáis con estos colores?
», les pregunta la Biógrafa, cansada ya de escuchar los chanchullos de esos señoritos, y más interesada en las voces asémicas de los ríos.
De no ser porque el tiempo se ha detenido, el maquinista intervendría en la conversación y añadiría que, tras pagar al conde de Marlés, los Badia todavía tuvieron que esperar a obtener autorización, también, del gobernador de Girona, que les concedió el derecho de aprovechamiento de aguas en 1892.
Por suerte no interviene y se produce un silencio en el que la biógrafa espera atenta las respuestas de Freser y Ter.
«¿Qué nos contáis, hilos vivos de colores diferentes?
», vuelve a preguntarles, con la sospecha de que los monjes que ilustraron la Biblia de antes ya se habían fijado en que estas aguas serían hilos de colores cambiantes.
Hilos que se tejerían entre ellos, justo en ese punto donde el tiempo se detiene un instante, dos cuerpos que chocan y generan una chispa de la que nace una vida nueva.
Antes de que la Biógrafa se dé cuenta, las alas del hombre-serafín ya le han vuelto a alzar la mirada y le elevan los ojos, dejándole el resto del cuerpo en el ferrocarril.
Primero cruzan la nube de cenizas que todavía vuela por los aires y después bajan directos hacia el agua, tal como hacen los cormoranes decididos a capturar una presa.
Las alas se frenan justo antes de tocar las aguas y, desde esa proximidad, los ojos de la Biógrafa se cierran un momento, porque la rapidez con la que bajan estalla con salpicaduras de gotitas que salen por aquí y por allá.
Las alas del hombre-serafín vuelven a coger altura y oyen cómo, detrás, la locomotora se ha vuelto a poner en marcha y deja Ripoll, llevándose los cuerpos de la Biógrafa y el hombre-serafín con su cadencia maquinal: glogló, chof chof, clac clac, glogló, chof chof, clac clac…
¡piiiiiiiiiiiiiiiiiip! Por los ojos de la Biógrafa entran hilos e hilos que se entretejen.
Ahora los colores de Ter y Freser unidos son como los de la ilustración de la Biblia de antes.
Rojo, verde, azul y un amarillo que, con el sol, se va volviendo dorado.
Tan dorado y fino como el hilo que todavía ata a la Biógrafa a las faldas de una de aquellas parcas presentes en el nacimiento de Alba.
Todos los colores se enlazan entre ellos y se multiplican, como una trenza que se va volviendo cada vez más ancha, como si fuese ganando consistencia.
Sus colores se combinan creando formas geométricas.
Hay algunos patrones que se repiten: parece una cenefa codificada.
Las alas vuelan aguas —o tejido— abajo, siguiéndolo, como si invitase a la Biógrafa a leerlo sin decir nada.
Estas cenefas se apoderan de su mente y le sugieren, expresándose no con sonidos, sino con las formas geométricas que las constituyen, que las aguas son un gran pensamiento que fluye y fluye, transformándose y expandiéndose.
Como todo pensamiento, salpica a quien se le acerca.
Desde los aires, alas y ojos ven el cuerpo de la Biógrafa subido al ferrocarril que avanza vías abajo.
Del ombligo de su cuerpo de humana sale, como un cordón umbilical, un hilo dorado.
Al verlo, ella constata que también es parte de este pensar que fluye, de este tejido que va tejiéndose ante ella y se desenrolla río abajo.
Alas, ojos y locomotora pasan un meandro poco cerrado y llegan a un puente.
Las alas vuelan más lento y, a las cenefas de las aguas, se les añaden las risas de un grupo de diez adolescentes, todas vestidas con un mono verdoso y una camisa blanca, que reciben al autobús que acaba de cruzar el puente.
Detrás está la fábrica SAPHIL, cuya fachada tiene decoraciones rojizas, motivo por el cual se conocerá como Roig (rojo).
[37] Cargadas con los ojos, las alas descansan sobre el autobús, del que bajan una veintena de chicas, todas muy jóvenes, cargadas con maletas.
Las uniformadas las reciben y las saludan en castellano: «¡Hola, bienvenidas!
Acompañadnos, que os enseñamos las habitaciones».