1. El carbón y los hilos #2
Te dejas sobrepasar por la vida, te pierdes en la anécdota y te olvidas del objetivo tan distante del mundo real que tenías.
¿Y sabes? No está mal. Seguramente eso es mucho más real que lo que te planteabas en un principio.
Has tocado con los pies en el suelo, te has bañado tres veces por primera vez: como río, como humana y como fruto.
Has visto la vida y crees que viene del agua.
Ahora te falta ver la muerte y la tienes al lado.
El fuego quema la muerte milenaria de un bosque.
Te crees que hay vida y muerte, amor y odio, unión y separación, que la vida se forma en el agua, que se destruye en el fuego.
Pero tú misma sabes que lo que está vivo tiembla y el fuego tiembla como el que más.
Tiembla porque quema un carbón alto en carbono, ese componente básico de la vida.
¿Cómo te explicas si no que el carbón sea materia muerta y a la vez tenga al carbono como uno de sus componentes principales?
El fuego tiembla porque quema la memoria de una vida que murió.
La hace renacer en forma de humo que se dispersa y revive, tomando un lugar nuevo en el mundo.
Tú y los tuyos creéis que la naturaleza es fácil de explicar en procesos de vida y de muerte.
Pero, amiga, la naturaleza no existe, como tampoco el Amor y el Odio. Aquí solo hay misterio.
Llamar naturaleza a todo este sistema de sistemas es una manera muy genérica de nombrar toda la complejidad de relaciones y transformaciones de las existencias, entre las cuales estáis los humanos.
Y este tema de reconocer los derechos que tenemos los otros seres vivientes es un problema vuestro, un problema que os tenéis que solucionar vosotros mismos.
Que las existencias no humanas, vivas o no, ya sabemos que tenemos el derecho de estar en la mejor de nuestras condiciones posibles, que no necesitamos a unos humanos que nos lo reconozcan.
El derecho a la vida es una obviedad en todo lo que tiembla.
La manera de verlo más claro es, justamente, conociendo las existencias.
Saber que el petirrojo que te acompaña cada sábado por el camino por donde paseas es él, siempre él, y es diferente y tiene otra personalidad que el petirrojo que te ve y se queda en la rama donde está; te ignora, no tiene ningún interés en ti…
Quizá la voz en la mente de la Biógrafa, que permanece con los ojos fijos en la piel plateada y magnética de Ter, siga hablando y ella no la escuche porque la distrae, en medio del discurso, otro ¡piiiiiiiiiiiiiiiiiip!
del maldito maquinista. Eso y una esclusa.
O quizá es la esclusa que corta la voz que venía de las aguas.
Indecisa sobre el origen de las palabras, la Biógrafa levanta la mirada hacia el carbón.
El paisaje se ha detenido. El ferrocarril está quieto encima de un puente de hierro.
Resulta que ha entrado y atravesado Ripoll. Por las calles no hay ni un alma.
Hoy, que es el primer domingo de primavera y no hay que ir a trabajar, todo el mundo se ha reunido en el monasterio de Santa Maria, donde el obispo Josep Morgades, de Vic, ha llegado a la localidad para celebrar el final de las obras de restauración del edificio y también para rendir homenaje al célebre sacerdote y poeta osonense Jacint Verdaguer.
Tras ser honrado en público y haber recibido una corona de laurel en la cabeza, Verdaguer lee ante los ripolleses los versos de Canigó , fragmento por el que lo celebran en este pueblo, que tantas penurias ha vivido en el último siglo.
Todo esto no lo ven desde el ferrocarril ni la Biógrafa ni el maquinista, ni el carbón, ni el agua ni el vapor, pero les llega en forma de suspiros que Ter emite, entre muchos otros sonidos y respiraciones, en su paso por el puente en el que el tren se ha detenido.
El maquinista se ha quedado de piedra, la caldera y el depósito también parecen haberse frenado.
Solo corre Ter y las palabras de Verdaguer:
Siete cantos misteriosos tiene el poema,
siete florones lucirá en su diadema
Santa Maria de Ripoll enfrente;
siete cielos de pura y divinal belleza,
la Biblia en el seno de Cataluña impresa,
presente, pasado y devenir de la gente. [34]
«¿Puede que sea uno de los siete cielos que menciona Verdaguer el que nos cubra ahora?
», se pregunta la Biógrafa. Mira el cielo y por él vuelan todavía algunas partículas de las cenizas que generaron los incendios en el escritorio del monasterio en 1835.
Cenizas rojas, azules, verdes, amarillas y negras.
Cenizas con olor a pergamino, que van encajándose como piezas de un puzle, componiendo alguna de las imágenes de una de las tres famosas Biblias de Ripoll.
Semejante a un pirocúmulo, la densa estela de cenizas presenta la historia de unas biblias que empezaron a crearse en el monasterio sobre el año 1000, cuando se instaló en él el abad Oliva.
Famoso por estar siempre al día de las tendencias internacionales, trajo la moda de las biblias francesas e italianas, decoradas con ilustraciones pequeñas.
Todos esos dibujitos les entraron por los ojos a los monjes benedictinos de Ripoll y les salieron por las manos, decorando también así las nuevas biblias que ellos hacían.
Una parte de la estela cenicienta insinúa que, después, esas ilustraciones inspiraron la estética del románico catalán.
Otro rincón de la estela recuerda la vida de aquellas tres biblias.
Una viajó hasta Marsella y terminó en los Archivos del Vaticano.
La segunda es la Biblia de Rodes, que pasando por el monasterio de Sant Pere de Rodes, terminó en París, donde todavía es custodiada en la Biblioteca Nacional.
La tercera es la que, en forma de cenizas, vuela por los cielos de hoy, quemada por los soldados del Batallón de Tiradores de Isabel II.
Por último, la estela reproduce algunas de las ilustraciones bíblicas trazadas por los monjes benedictinos de mil años atrás.
Fragmentos de rostros, manos, vestidos; construcciones de ladrillos que forman castillos y casas humildes; perros, burros y algún diablillo; el fuego, el agua y el viento; y, finalmente, un grupo de personas que se encuentran entre dos ríos.
El pirocúmulo mantiene esta escena en el aire, como si quisiera que la Biógrafa le prestara atención.
Ella la observa y se da cuenta de que la unión de los dos ríos se parece mucho a la afluencia de Ter y Freser que corre bajo sus pies.
Mira el cielo y mira los ríos y se pregunta si es que aquellos monjes ilustradores se inspiraron en este lugar.
«¿Qué pasaría en medio de estos dos ríos?
¿Qué representa esta escena bíblica situada en Ripoll?
», se pregunta la Biógrafa mientras dibuja en su cuaderno la imagen que ve en la nube de cenizas.
Parece que hay dos bandos. [35] Todos los hombres van sobre caballos, llevan escudos, lanzas y unos sombreros similares.
Por el aspecto que presentan, se hace difícil encontrar alguna diferencia entre ellos.
¿Serán todos ripolleses? ¿Serán los guardianes de Ter y los de Freser que se pelean unos contra otros para defender la grandeza de su río, así como su nombre ante la confluencia inminente?
Desde allí donde los ríos confluyen, otro grupo de hombres, sin caballos ni sombreros, comenta la jugada.
Dos de ellos discuten. Ninguno parece demasiado contento.
¿Serán del bando de Freser y están enfadados porque finalmente el cuerpo de agua que allí crece tomará el nombre de Ter?
En la cabeza de la Biógrafa, sus voces, siempre interrogantes, especulan sobre estas y otras explicaciones posibles.
Aprovechando que parece que el tiempo se ha detenido, la Biógrafa anota al lado del dibujo diferentes interpretaciones que explicarían la imagen.
Una de ellas parte del detalle cromático de las aguas de Ter y Freser, que llevan los colores de los cuatro elementos: azul del agua, verde de la tierra, amarillo de los aires y rojo del fuego…
Detiene esta explicación posible, cuestionándose ella misma eso de que los aires sean amarillos, y piensa que, más bien, esos colores recuerdan a los del espectro de luz que puede verse cuando un rayo pasa a través de un prisma de cristal transparente y se abre y se proyecta un rango de luces de colores similar a un arcoíris porque, de hecho —añade—, «las gotas de lluvia actúan como prismas que, al ser atravesados por los rayos solares hacen nacer los fascinantes y efímeros arcoíris… ».
Aún no ha terminado de redactar esta posibilidad y ya piensa que nada de eso tiene sentido, y que, quizá, esos ríos ilustrados así representen una visión de futuro en que los monjes del año 1000 ya sabían que, en Ripoll, la industria textil iría bien, y que esta no se produciría si no fuese gracias a las fuerzas de Freser y de Ter.
Y que el señor vestido de azul encaramado sobre el río que contiene a Ter y a Freser juntos, carga una curva que otro hombre vestido de rojo, confrontándolo, también coge.
Y que esta curva coincide a la perfección con la de la futura esclusa que se construirá en este punto exacto y que ahora la Biógrafa ve ante ella, poco después de la unión de Ter y Freser.
Anotada esta opción, piensa que es posible que, más que una visión de futuro, la ilustración represente la disputa eterna entre musulmanes y cristianos que se ha vivido y se vivirá en esta ciudad, tan aislada por el trazado de los dos ríos que la rodean y la cierran, y tan ciega ante el mensaje integrador y pacifista que les dan las aguas.
Que si allí, en tiempos de Wifredo el Velloso, los humanos de unas creencias y unos orígenes ya se peleaban con los de otros, eso seguirá pasando todavía diez o doce siglos más tarde.