1. El carbón y los hilos
Al caer del sauce, todo entró en un letargo de duración indeterminada.
O casi todo, porque en el interior del cuerpo de la avellana, la germinación y la fermentación seguían luchando una contra otra.
Durante unos cuantos días parecía que el futuro avellano no medraría.
Las tierras donde había caído, tan cerca del río, eran demasiado húmedas.
Y no solo eso, también muy frecuentadas por humanos que caminaban por allí, pisándolo todo.
Un mirlo que buscaba pequeños insectos para zamparse a los pies del sauce vio el pequeño fruto, esforzándose por poder cumplir con su destino y convertirse en avellano.
Consciente de que ese no era el lugar ideal, que la radícula del embrión no prosperaría, lo cogió suavemente con el pico y se lo llevó volando unos cuantos kilómetros.
La Biógrafa todavía dormía en su interior, claro, ignorándolo todo.
El mirlo se detuvo junto a una fuente al lado de un camino, aguas abajo de Ter.
Dejó la avellana dormida al margen y allí, mientras comía gusanos, el pequeño fruto encontró las condiciones ideales para hincharse y hacer crecer una radícula diminuta, como una boca que se alarga en busca de más agua.
Y esa boca tuvo la fuerza, la inteligencia y la suerte de alargarse en el sentido adecuado y encontrar aquella poción mágica, fuente de vitalidad.
El agua le dio la vida, como hace con todas esas cosas que están muertas de sed.
Pasaron unos días y algunas noches durante las que la Biógrafa aún estaba aletargada y el embrión aprovechaba el tiempo y los nutrientes a su alcance para hacer crecer su primer tallo, derecho y delicado, llamado hipocótilo, que vencía la fuerza de la gravedad y se elevaba.
La luz del sol le debía de ser favorable y, sin embobarse, el joven avellano desplegó sus primeras hojitas, llamadas cotiledones, para abrazar toda claridad posible.
Y ahora, cerca de esta fuente sin nombre, construida como tantas otras por humanos, crece un joven avellano.
Por dentro, el agua hecha savia salta en vertical.
El pequeño árbol es un surtidor vegetal.
Ante esta maravilla, al final, la Biógrafa se despierta.
Vuelve a tener unas proporciones humanas y está echada sobre una piedra grande.
Lo primero que ve es eso: el avellano creciendo junto a una fuente.
Lo segundo es cómo se detiene un ferrocarril ante ella.
El maquinista baja cargado con un par de cubos de zinc.
Parece enfadado. Se dirige hacia el surtidor, el avellano y la Biógrafa y, mientras llena los cubos, murmura entre dientes que «¡Sin agua, la máquina no chuta!
Por más que todos esos monjes de Ripoll me digan que le rece a Dios cada día ¡ya te digo yo que la única que hace milagros aquí es el agua! ».
El chorrito llena el cubo a un ritmo lento.
En cuanto tiene uno lleno, corre hacia la locomotora y vierte el contenido en el depósito.
Repite este proceso una vez tras otra sin dejar de maldecir.
En una de sus idas y venidas, el maquinista mira a la Biógrafa y le grita: «Y ¿se puede saber qué haces tú aquí, mirándome como un pasmarote?
Haz el favor de ayudarme a cargar la caldera con carbón, muchachito despeinado y raro, que seguro que eres uno de esos poetas burgueses de ciudad que solo queréis dedicaros a la vida bohemia.
¿Qué te crees? ¿Que te arreglaré la máquina para llevarte de paseo?
El mío no es un ferrocarril de veraneantes, ¡por si no te habías dado cuenta!
Venga, súbete a la locomotora, coge la pala y carga la máquina, ¡o todo esto petará y no lo contaremos! ».
Sobresaltada por el mal humor de este hombre y por la amenaza de una explosión inminente, la Biógrafa va directa a la boca de la caldera.
Como en una mala premonición, la envuelve la oscuridad: una pila de carbón, la piel metálica de la máquina, el humo que se escapa por la chimenea.
En un santiamén, le ha quedado toda la ropa oscura y también una mejilla y las palmas de las manos.
Resignada, coge la pala y la hunde en la pila reluciente y elegante de carbón.
Nunca le había parecido un material tan fascinante como ahora, cuando lo observa con atención y lo huele, se lo esparce por la piel y respira su polvo.
En su opaquísima negrura, como si fuese un aleph , empieza a notar una humedad aplastante que enseguida se convierte en el fondo de unos pantanos donde se acumulan muchos restos vegetales.
Las aguas empantanadas parecen calientes y turbias.
La luz del sol apenas las traspasa. El aire está hecho de bochorno.
La Tierra gira miles de veces a toda velocidad.
El clima cambia y, sobre el fondo de este pantano sin fin, se van acumulando fondos y fondos y más fondos de materia orgánica, helechos de todo tipo, vida sin vida que, con cada capa, aguanta más presión y finalmente se petrifica.
Pasan los siglos, nacen los dinosaurios y se extinguen, se forman los Pirineos, se desarrolla la vida humana; todo transcurre con una rapidez aberrante, la misma con la que arden las paladas y paladas de carbón que, por inercia, abducida por estas visiones, va introduciendo la Biógrafa en la caldera de la locomotora.
La misma velocidad, también, con la que las moléculas de agua empiezan a bailar en el interior del depósito con un grave glogló, glogló, glogló cada vez más rápido.
Vibran todas ellas y los puentes de hidrógeno que las unían se van rompiendo.
Como si se encontrasen en una danza popular donde todas bailaran cogidas de las manos, entran ahora en un estado de tránsito debido al calor que les viene de abajo.
Las moléculas se separan unas de otras e incluso se elevan buscando, inconscientemente, una forma de escaparse hacia el cielo.
Pero encerradas en el depósito, la huida se ve obstaculizada por unos cilindros en los que entran.
Con toda la fuerza de su baile frenético y la iluminación que llevan, empujan unos pistones y estos añaden al glogló, glogló, glogló latente un chof chof, chof chof, chof chof, chof chof, que es como un corazón que late de fondo.
A su vez, los pistones, uniéndose a la orquesta invisible del vapor de agua y el carbón, hacen girar unas bielas y clac clac, clac clac, clac clac, clac clac, laten como un corazón metálico que activa las ruedas motrices de toda la máquina.
Glogló, chof chof, clac clac, glogló, chof chof, clac clac, todos los sonidos están conectados como en la base rítmica de una danza colectiva, en que sus participantes bailan horas y horas en espiral hasta que al final entran en estado de tránsito y ¡piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip!
, exclama con su silbato el maquinista. La locomotora empieza a desplazarse.
Bullen la tierra, el aire y el agua. Bullen el fuego y el carbón, la máquina avanza y sudan los mineros que en las galerías subterráneas de Ogassa cargan en vagonetas kilos y kilos de toda esta materia seca, oscura y polvorienta que un día estuvo hidratada y viva.
[33] Todo este carbón sale de una de las minas más importantes de España en el siglo XIX , razón por la cual se diseñó y se puso en funcionamiento este ferrocarril, que pasa por Ripoll, Granollers y llega a Barcelona sin ahorrarse el peaje.
El maquinista, que después de llenar casi una cincuentena de cubos ha dejado ya de abrevar la locomotora, saca a la Biógrafa de su sueño delirante: un estado de tránsito similar al de las moléculas del agua del interior de la caldera.
Como ellas cuando huyen por la válvula de escape y salen de la danza hipnótica en que se encontraban, la Biógrafa también suspira fuerte con un ¡buf!
que hace visible el calor de su rostro y el cansancio de su cuerpo.
Sin piedad, el maquinista le ordena que pare de dar paladas, o acaso no ve que la caldera ya está llena, o es que quizá quiere ahogar el fuego.
Ella se detiene y lo mira. Le viene una náusea.
No sabía que el fuego se pudiese ahogar.
A ojos de la Biógrafa, el hombre echa humo por todas partes: las manos, las rodillas, el culo, las orejas e incluso la boca.
Todo él es un boceto de humo como el que sale por la chimenea de la máquina, casi como alguna vez se había imaginado que podría ser el demonio.
Un personaje que todavía estaría más tiznado de rabia y cansancio si supiera que eso de llevar carbón tiene los días contados, que la empresa se liquidará a fines del año que viene y, con ella, también su triste contrato de maquinista.
Inquieta por la idea de que este hombre pueda ser el demonio, le mira los pies para comprobar si debajo está su sombra, bien agarrada, pero no la ve.
Tampoco se la ve a sí misma. Mira arriba y el cielo está cubierto de esas nubes que dispersan la luz y aplanan todas las dimensiones comiéndose las sombras.
Cruzan campos donde pastan vacas. Tampoco tienen sombra.
Ni ellas, ni las vallas, ni los alisos que hay a la derecha. Todos son demonios.
Encaramado a un margen alto de Ter, el alisal se nutre de sus aguas, que corren a la misma velocidad que ellos, en paralelo al ferrocarril.
Bajo esta luz enrarecida, Ter es un espejo que no devuelve ningún reflejo.
Un espejo hipnótico del espíritu gris y azul y blanquecino —de las nieves todavía— que esconde su fondo.
Buscándolo, la Biógrafa oye una voz en el interior de su cabeza.
No sabe si es la suya o la de algún infiltrado.
No la reconoce, pero tampoco le resulta extraña.
«¿Es esta la iluminación que también viven las moléculas de agua al entrar en estado de tránsito y transformarse en vapor? », se pregunta. La voz le dice: