3. La avellana #4
¡ CLAC ! ¡ CROC ! Tienes razón, fue bonito.
¡Aunque qué aguas frías las de aquel día!
Por cierto, ¿sabes que hay familias que todavía pagan por el dichoso puente?
¡ CLAC ! ¡ CROC ! A ver si con esta idea de pedir un pontaje para cruzarlo, se va recuperando el dinero y los vecinos pueden vivir más tranquilos.
¡ CLAC ! ¡ CROC ! ¡ CLAC ! ¡ CROC ! ¿Sabes?
A menudo pienso que la abadesa Emma fue valiente al dirigir un monasterio como ese, ¡el primero de toda la región en estar destinado únicamente a mujeres! ¡ CLAC ! ¡ CROC !
¡ CLAC ! ¡ CROC !
Ambas se callan, como si pensasen, mientras siguen rompiendo cáscaras de avellanas y como si también dejasen espacio al agua para hacerse oír. Ella corre por debajo del arco y de las piedras tan bien puestas, todas apiladas y sostenidas unas y otras por la fuerza, tan bien calculada, de la presión…
¡ CLAC ! ¡ CROC !
Y después se activa otra vez la voz jovial, decidida, como si las aguas le hubiesen transmitido la duda, y resuena la siguiente cuestión: «Oye, ¿tú crees que Tacerum tuvo algo que ver en la decisión del conde Wifredo de fundar el monasterio para su hija justo aquí?».
Ambos lados, cara a cara, separados por las aguas o por el cesto de avellanas, se miran.
Silencio y, al cabo de unos chasquidos más, trozos de cáscaras que salen disparados por aquí y por allá, un mirlo empieza a interesarse por la actividad de las monjas y las mira curioso desde debajo de las hojas de una hiedra que, meses atrás, empezó a encaramarse puente arriba…
Después de todo eso, ¡ CLAC ! ¡ CROC !, el otro lado, más cansado, le responde que quién sabe, quién sabe, dicen que Tacerum es muy largo y serpentea hasta la costa sin entrar en tierras de Al-Ándalus hasta el final, hasta allí donde sus aguas empiezan a ser saladas y, en lugar de pescar truchas, los hombres y las mujeres encuentran anguilas.
«El conde Wifredo podía haber escogido muchos otros lugares que no fuesen este —sigue, y ahora ninguno de los dos lados estallará más, porque dejan de partir cáscaras y hablan mirando fijamente las aguas—, pero es verdad que aquí, hermana, tienen agua en abundancia, porque no solo es Tacerum el que llega, sino que no faltan fuentes, que el agua brota tal como si fuese un milagro.
—Y la otra monja, la joven, mira quieta las aguas de Ter y escucha la voz mientras observa cómo el río se ondula y hace círculos concéntricos que crecen y desaparecen, y parece que lo hagan con las mismas pausas y las mismas fuerzas que las palabras de la otra, que todavía habla, y ahora nombra todas las fuentes—: La de Santa Magdalena, la de la Madre de Dios y aquellas a las que todavía no hemos nombrado pero que deberíamos, porque las fuentes, como esta palabra indica, son el origen de la vida y de todas las cosas creadas.
Tacerum nace también de una fuente». Guardan silencio, Tacerum corre y, por encima, va creciendo la sombra del puente.
Ahora sus paredes internas parecen hechas de piedras negras.
El lado de la voz vieja sigue con su discurso, en el que le cuenta a la joven —y también a la Biógrafa, que lo escucha todo gracias a este altavoz que es el puente— que, «con la llegada de la abadesa Emma, creció el pueblo alrededor del monasterio y las monjas estuvieron menos solas, más acompañadas de esta gente que hace panes, labra las tierras y también rezan, porque sí, también lo hacen, sobre todo en invierno, cuando las noches son largas y oscuras y nieva, y el frío se infiltra en las casas y lo suyo les cuesta a algunas mantener encendido el fuego.
Y que la abadesa, como sabía todo eso, hizo que los vecinos de su territorio, que se extendió hasta el Congost, solo pagaran dos sacos de maíz anuales al obispado.
Y es que Emma trabajó mucho para fundar iglesias por toda la zona, dando amparo a muchas familias que vivían en masías dispersas, dejadas de la mano de Dios».
El sol que ilumina el agua bajo el puente gira y rebota contra estas paredes, proyectando un centelleo de estrellas trémulas que informan a todos los seres del universo de que lo que tiembla está vivo.
[32] Y, contemplando los brillos entre los gestos al recoger las cosas, las monjas se preparan para irse.
«Entonces —dice más flojito la voz joven—, Emma y Tacerum se conocieron y seguro que se gustaron.
Porque esta fue su casa, adonde dicen que la trajeron cuando solo tenía cinco años.
He oído que el agua es poder y que los señores feudales están sedientos ante la posibilidad de tener tierras con cursos acuosos.
Y que es justo por esos intereses por lo que el señor Tallaferro nos ha querido fuera; para quedarse con los dominios de su hermanastra Ingilberga después de que la hiciesen abadesa».
Pasa una fina brisa, de esas que vuelan como mensajeras que anuncian a todos los seres que se acerca el final del día.
La avellana donde se encuentra la Biógrafa se balancea y la ardilla de antes, al subir tronco arriba, hace tambalear la copa del sauce, y todavía más cuando hace equilibrios por las ramas arqueadas de este árbol.
Pasa lo que tiene que pasar, y es que cae la avellana.
La Biógrafa siente el vacío, incluso grita y todo a su alrededor hace eses como cuando de pequeña daba vueltas, vueltas y más vueltas sobre sí misma y cuando se detenía todo giraba así, de la misma manera que gira todo ahora en el interior de la avellana.
La caída es eterna. Cierra los ojos y se aferra al embrión del fruto, como si eso la pudiera proteger de algo.
En la oscuridad de los ojos cerrados, ve luces y colores rápidos que crecen y se desvanecen.
La Biógrafa, y posiblemente el mundo entero, dejan de pensar en nada.
Ahora ella y la avellana solo son vidas caídas en un letargo que dura siglos o siete meses.