3. La avellana #3
La Biógrafa intenta preguntarles qué hacen y exactamente por qué motivo han cogido la cáscara de avellana, si es mucho más grande que la mayoría de los elementos que suelen coger.
Pero su voz no llega a la cabecita de las pequeñas larvas, que han dejado de expresarse con su saliva sedosa.
Parecen concentradas en otra tarea: salir del torrente.
La poca agua que había entrado en el fruto a través de la grieta de la cáscara va escapándose poco a poco, dejando lugar al aire.
Un aire que huele a podrido. La pequeña avellana emite un profundo suspiro o, más bien, una gran respiración.
Quizá el agua le haya provocado una fuerte apnea y ahora, encontrándose casi al límite, necesitaba con urgencia una dosis de oxígeno.
Ignorando la respiración de la avellanita, la larva de las dos lentejas está ocupada.
Se está quitando una de encima y empieza a colocarla en la entrada de la larva que porta la avellana y que, desde el interior del tubo, va dejando ir saliva pegajosa para fijar la lenteja desde el interior de su capullo.
En pocos minutos lo terminan y la larva ayudante huye entre la arena.
«¿Y ahora qué? —exclama la Biógrafa—. ¡Este lugar está pudriéndose!
¿En serio que ahora tengo que presenciar la muerte de este embrión?
». Y enseguida sus insultos y sus quejas se transforman en un grito de absoluto terror.
Algo ha empezado a golpear con fuerza la nave avellanera.
Se trata de un pedazo de ardilla, recolectora de avellanas, que ya ha divisado el fruto.
Con pocos golpecitos, tiene la avellana liberada de ese tubo sobre el que estaba pegada.
Se lo acerca al morro y lo huele. Ella también debe de notar el olor a podrido.
Tanta agua mojando el embrioncito de avellana ha empezado a fermentarlo.
Está blandito y transmite un fuerte olor.
La Biógrafa lo observa con atención, aprovechando que se encuentra en su interior.
Y ve aquellas fuerzas: Amor y Odio. Sí, exactamente, vuelven a aparecer ellas dos en esta historia.
Amor y Odio son aquí y ahora la creación y la destrucción.
La unión y la separación. La vida y la muerte…
O quizá, simplemente, un tipo de vida y otra: la germinación y la fermentación.
La pequeña avellana está un poco blanda y huele mal —síntomas de podredumbre—, pero también ha empezado a crecer, presentando una textura suave, hinchándose y volviéndose carnosa, síntomas, estos, de germinación.
Uno y otro proceso batallan por ganar terreno en la pequeña vida de la avellana.
Dudosa, la ardilla sigue inspeccionándola.
Se la pasa de una mano a la otra, la huele una y otra vez y parece que intente mirar a través de la pequeña grieta. Al final, decide llevársela.
Y así es como la Biógrafa se encuentra ante tres posibilidades futuras: puede que se la coma la ardilla, que la avellana se pudra o que germine.
Ninguno de los casos parece ser de su agrado, empieza a estar cansada de estar aquí dentro.
No obstante, la ardilla no tiene ninguna prisa por comerse el fruto.
En su lugar, ha echado a correr y a dar saltitos.
De vez en cuando, trepa en espiral por los troncos de avellanos y chopos y salta con una maravillosa agilidad desde las ramas de unos a las de otros.
La ardilla hace todo eso sin soltar la avellana.
A ratos se la mete en la boca, otras veces la sujeta con una mano o con las dos.
Incluso juega haciendo malabares con su cola.
La ardilla es una profesional del parkour boscoso y a la Biógrafa le llegan olores de todo tipo dependiendo de la vegetación por la que transite.
La peste a podrido se la lleva el viento que rompe la ardilla con su velocidad.
Y se adivina también entre el ruido del aire, todo el rato, un rumor de fondo.
No es hasta que parece que por fin el animalejo trepador se cansa y se permite una pausa cuando la Biógrafa respira profundamente.
Tarda unos minutos en recomponerse de la sacudida y se permite silencio y calma en el momento de quietud total que le regala por fin la ardilla.
La Biógrafa asoma de nuevo la cabeza por la grieta.
Con un fragilísimo equilibrio similar al de un experto funambulista, la avellana reposa sobre una rama.
Al moverse la Biógrafa, la avellana se balancea unas micras y la humana siente el vértigo creciendo en su interior.
Se agarra fuerte a la apertura de la grieta por dentro, cual paracaidista que se aferra al marco de una puerta de avioneta antes de saltar.
Se ve un suelo de hierba verde brillante metros abajo entre todas las ramas arqueadas del sauce donde la han dejado.
Pasan unos largos segundos hasta que la Biógrafa se atreve a levantar un poco la cabeza y mirar más allá.
Ve la fuente del rumor: un río. «Debe de ser Ter, ¿no?
¿O es que la ardillaza ha boicoteado mi plan y me ha enviado lejos?
Y, si estoy en otro tiempo en el que todavía no hay pueblos, ¿cómo sabré reconocer que es Ter lo que tengo delante y no otro río?
Ya he recorrido unos cuántos kilómetros y todavía no sé cómo reconocer a Ter y diferenciarlo de los demás!
», piensa la Biógrafa para sus adentros, y sigue analizando el lugar donde se encuentra.
Prácticamente encima de ella se levanta un altísimo puente de piedra de un solo arco redondeado y de doble pendiente.
Tiene algunos arcos de punto redondo. Caminando sobre él hay dos monjas.
Detrás está el pueblo, que la Biógrafa ve al fondo gracias al campanario de una iglesia que saca la punta entre los árboles y los tejados marronosos de algunas casas.
Las monjas caminan, se dirigen hacia el extremo del puente y saludan a un hombre que está allí estático.
Él les devuelve el saludo sin apenas levantar la vista del suelo.
Toman unas escaleras que bajan junto a la pared hasta la orilla del río.
Contemplan las aguas unos instantes y se dirigen hacia debajo del puente.
Se sientan sobre unos grandes cantos rodados y una de ellas se descalza.
Mete los pies en el agua, la otra se agacha delante y se los acaricia, masajeándoselos, como si quisiera limpiárselos.
Están en silencio, sonríen y le rezan algo a su Dios.
Cuando termina una, se intercambian los roles y repiten la acción.
Para darla por terminada, una de ellas pronuncia susurrando un fragmento de la regla benedictina sobre la recepción de huéspedes que dice: «Cuando se reciben huéspedes debe hacerse como si se recibiera al mismo Cristo…
A continuación, lávenles los pies». Después la otra responde, con el mismo volumen de voz: «Y así es como hoy volvemos a ser huéspedes de Tacerum solo por un día y él, benedictino y santo como nosotros, nos lava los pies como le haría a Cristo».
Tras esa conversación que ha amplificado el arco del puente, una de ellas recupera, de donde lo había dejado, un cesto lleno hasta arriba de avellanas.
Empiezan a cogerlas de una en una, parten la cáscara con la ayuda de una piedra más pequeña y dejan el fruto en el interior de una bolsa de tela.
Los hábitos que visten cubren las piedras que tienen debajo y que, seguro, ha traído el río.
Ahora el puente parece que hable. Como si se rompiera, estalla con cada golpe de piedra sobre una cáscara de avellana.
El puente habla y tiene dos voces, igual que tiene dos lados.
¡ CLAC ! ¡ CROC !, empieza una de las voces, y dice que ya debe de hacer un año, ¿verdad?
, de la inauguración de este puente, y que, de no ser por él, ¡ CLAC !
¡ CROC !, aún llegaríamos con los pies embarrados cada vez que queremos ir a buscar agua a la virgen de la fuente.
¡ CLAC ! ¡ CROC ! Y el otro lado le responde que con los pies embarrados seguimos llegando ahora ¡ CLAC !
¡ CROC ! —y aquí la Biógrafa piensa que sí, que, de hecho, los puentes siempre tienen los pies embarrados—, y sigue diciendo que no sabe si valió la pena todo el gasto que supuso para la gente del pueblo.
¡ CLAC ! ¡ CROC !, que hasta dejaron de dar limosna en la iglesia y, allí, en el monasterio, las habríamos pasado canutas entra la sequía y el puente…
¡ CLAC ! ¡ CROC ! ¿Qué quieres decir? ¿Que aún le tendremos que dar las gracias al conde Bernat por habernos echado del monasterio?
¡Que nos echaron de nuestra casa, hermana!
Si en lugar de Ingilberta, hubiese sido Emma la abadesa, no lo habría permitido.
[31] ¿Qué crees que diría del insulto con el que nos expulsaron?
«¡Meretrices de Venus!», ¿recuerdas? ¡Como si viviésemos todavía en el politeísmo romano!
¡ CLAC ! ¡ CROC ! ¡ CLAC ! ¡ CROC ! Mira, fue un tiempo de grandes cambios.
El puente se construía y nosotras cogíamos los zurrones, con la poca comida que teníamos, por órdenes de Bernat y sin demasiada oposición de Ingilberta.
Ahora bien, siempre recordaré el momento de cruzar este río en nuestra salida, con los pies descalzos, por recordarnos que, una vez más y para siempre, tan distinto a los humanos que nos rechazaban, él nos recibiría como a sus huéspedes y, como al mismo Cristo, nos lavaría los pies.