El Ter: una biografía 3. La avellana #2
65%

3. La avellana #2

Estos trocitos son aminoácidos que, junto con las moléculas de glucosa y la poción mágica de azúcar, forman un cóctel energético para la semilla de la pequeña avellana, que enseguida se la bebe con todo el afán de los seres que quieren vivir y crecer.

Las magias helicoidales consiguen que las células empiecen a dividirse, haciendo crecer el tejido del embrión.

Ahora bien, como en todo proceso importante, hace falta tiempo.

La vida tiene fuerza para abrirse camino, pero solo lo logra cuando encuentra las condiciones idóneas y, ahora mismo, el empuje vital de la pequeña avellana debe esperar, y es que la nave, con la Biógrafa, serpentinas, células, embrión y semilla, sigue bajando a todo trapo por el Malatosca.

La tormenta se ha ido calmando. Las gotas que caen ya no tienen tanta fuerza como las de antes, ya no rompen la superficie del torrente ni le clavan agujas de aire unos cuantos centímetros adentro.

Más bien patinan por encima, sobre la piel de este pequeño cuerpo líquido que ahora baja acelerado porque sus aguas tienen memoria; van cargadas del temporal que hace unos minutos ha afectado a todo su curso.

Aunque ahora los truenos ya no suenan dentro del cuerpo del Malatosca, él todavía baja alterado por la fanfarria de antes.

En este momento, la Biógrafa puede observar mejor su alrededor gracias a los delicados rayos de sol que se filtran entre las hojas de avellanos que rodean el riachuelo y se zambullen en el agua cambiando un poco de dirección y también de velocidad.

Y es que las ondas de luz no se mueven igual por el aire que por el agua.

Cuando se sumergen y deben nadar, su mirada cambia de dirección, como si quisiesen ampliar su punto de vista y moverse con más lentitud para contemplar bien este nuevo medio en el que se encuentran.

Como el agua se ha infiltrado en el interior de la nave avellanera, el pequeño fruto se ha hundido un poco y enseguida se encuentra arrastrado por las aguas más profundas (a unos treinta centímetros de la superficie, ahora que el torrente baja lleno) e incluso, en algunos momentos, roza el lecho pedregoso del Malatosca.

Aquí abajo, las aguas corren más rápido que en la superficie porque la fricción del aire no llega a frenarlas.

A pesar de eso, la Biógrafa puede diferenciar la multitud de seres y existencias que, vistos desde más arriba, parecían una nube de polvo.

Todos ellos se rozan, chocan y se rascan y, de una manera armónica, completamente sincronizada con la velocidad que cogen las aguas aquí abajo, crean una música muy relajante.

Es como un crujir pequeño, un poco cristalino, un poco nostálgico, que recuerda a un palo de lluvia o a un delicado sonajero para bebés.

Quizá esta sea la balada que canta o toca el Malatosca cuando está a punto de llegar a su final.

Y en ese momento meditativo, mirando por la rendija de la cáscara de la avellana, la Biógrafa saca el cuaderno y empieza a anotar una lista de todo lo que rueda a su lado, lo que nada por debajo, lo que la mira desde detrás de una piedrecita o, simplemente, las ignora a ella y a la avellana.

La lista dice así: unos cuantos cristales de cuarzo; unos cabellos largos y verdes que se balancean enraizados en el fondo; burbujas de oxígeno que suben hacia la superficie, como si fuesen globos de deseos; granos rosados de feldespato; trozos de hojas de fresno y de avellano que se van descomponiendo; una purpurina brillante, negra y dorada, que debe de ser mica; pequeñas láminas planas de pizarra; un montón de placas finísimas y de formas diferentes que parecen de cristal —discos, pirámides, cilindros, estrellas, rectángulos y otras formas de las que la Biógrafa no conoce el nombre—, que brillan a contraluz y le dicen —¡porque resulta que están vivas!

— que son las diatomeas; entre ellas, nadan unos puntos transparentes pequeñísimos porque son seres unicelulares; y también una pulga de agua que salta hacia atrás, haciendo fuerza con sus patas porque sube torrente arriba, remontándolo.

Mira a la Biógrafa mientras engulle una estrella de diatomea y, muy atribulada, la avisa de que bajar más no es buena idea, que allí este torrente se adentra en un río más grande donde viven truchas, barbos y bagres que, como han querido hacer con ella, se la zamparán.

De pronto, resulta que todo este paisaje se vuelve un bosque verde y frondoso, de árboles y arbustos musgosos y bajitos que están agarradísimos a una gran piedra plana, como si esta hubiese decidido taparse con una alfombra para protegerse de la erosión de las aguas del torrente.

Y por su nombre, la Biógrafa las añade a la lista, en la que se vuelve a concentrar: briófitos acuáticos; un grupito de larvas de efímeras que dibujan ondas con sus colas largas y delicadas; un escorpión de agua totalmente estático esperando a saltar sobre alguna presa, y una lenteja de oro.

«¡Avellana, espera! ¿De verdad era eso una lenteja de oro?

¡¿He visto oro?!», exclama la Biógrafa. La lenteja dorada está pegada a un cucurucho de arenita…

y ¡se mueve! Extrañísimo. Parece que la lenteja y el tubo de piedrecitas se desplacen junto a la avellana.

La Biógrafa entorna un poco los ojos para enfocar bien y ve que, de la parte delantera del tubo, salen tres pares de patas pequeñas.

¡Es una larva de tricóptero! Encontraría la lenteja de oro en el torrente y se la puso en el estuche con el que se protege.

El bichito y la lenteja están cada vez más cerca de la avellana.

«¿Qué querrá? ¿Que contemple su cáscara?

», se pregunta la Biógrafa mientras la larva se acerca tanto a la trayectoria de la avellana que casi la toca y, de hecho, la Biógrafa ve cómo de la cabeza del pequeño tricóptero sale una especie de sustancia sedosa.

Va poniéndola muy ágilmente en la parte inferior de la nave de avellana y de pronto, ¡cloc!

, se endurece y la avellana ya no viaja llevada por el agua, sino que ahora es transportada por este pequeño tricóptero. Forma parte de su madriguera portátil.

El bichito viaja entre cantos rodados, prados de Cladophora , bosques de Fontinalis , fiestas de diatomeas y desiertos de arena granítica.

Todos estos paisajes son de dimensiones milimétricas excepto el desierto, cuyo horizonte se desdibuja en una niebla fuerte y rápida que vuela de izquierda a derecha.

El rumor de ese lugar resuena a lo lejos.

Entremedio de unas dunas que hay enfrente, resalta algo que se mueve un poco diferente al resto, está medio enterrado y parece que se esfuerce por salir.

Es otra larva de tricóptero, que lleva no solo una, sino dos lentejas de oro pegadas a la cáscara.

Se acerca a la piloto de la avellana, se coloca a su lado y ahora recorren el camino juntas, dirigiéndose hacia lo que se podría describir como una fortísima tormenta de polvo.

A medida que se acercan, las dos larvas empiezan a segregar más de esa saliva deshilachada y pegajosa que les permite fijar todo tipo de cosas en su arquitectura.

Pero esta vez los hilos de seda no capturan nada, sino que trazan dibujos en el agua, casi como las bailarinas de gimnasia rítmica cuando bailan con sus cintas.

Y en estas sedosidades, las jóvenes larvas de tricóptero dibujan o escriben que hace tiempo que recogen esas lentejas que tiró al torrente una mujer decepcionada.

Si hubiese tenido paciencia y se las hubiese quedado, habría visto cómo, al día siguiente, se convertían en oro, y es que todo el mundo sabe —y así lo dicen los tricópteros— «que las lentejas que te dan las brujas solo pueden estar embrujadas.

Y si has ayudado a las brujas, el embrujo será bueno».

El caso es que las larvas, entre joyeras y arquitectas, hacía tiempo que habían ido recogiendo aquellas lentejas doradas y las utilizaban para decorar sus madrigueras protectoras.

En la neblina de enfrente, algo refleja la luz que se filtra.

Se trata de otra lenteja. Bloquea la entrada de otro estuche camuflado entre la arena del desierto.

«Esta es Pupa, que ayer decidió cerrarse en el capullo utilizando la lenteja como puerta en lugar de sellar la entrada con seda.

Aquí utilizamos las lentejas de oro porque consideramos que nuestra casa queda más protegida si la cerramos con estos elementos.

Nuestros depredadores quedan deslumbrados cuando la luz se refleja en las lentejas.

Se desorientan y cambian de dirección. Ahora Pupa pasará aquí unos días mientras hace la metamorfosis.

Le crecerán unas alas en su cuerpo y podrá nadar hasta la superficie del agua para iniciar su primer vuelo con la única misión de encontrar a una pareja con la que reproducirse.

Cuando la encuentre, pondrán huevos y ambos morirán.

Mientras tanto, los materiales de su estuche se irán despegando y quedarán a disposición de sus descendientes.

Así es como circula nuestra vida aquí abajo y también como utilizamos y reutilizamos el material».

Todo eso cuentan las dos larvas a través de los deshilados de seda cada vez más invisibles conforme se desplazan hacia el limo de la orilla del torrente.