El Ter: una biografía 3. La avellana
63%

3. La avellana

Son como cordelitos dorados. Él y todos sus hermanos parecen cordelitos dorados de unos cinco centímetros que cuelgan de las ramas de su madre; un majestuoso avellano que creció por accidente en el margen del camino que lleva al gorg de Malatosca.

Como cada soleado mediodía de invierno, ahora caen los rayos de sol sobre el agua turquesa de la poza, que se llena gracias a la generosidad de una cascada de unos cinco metros de altura.

Tal vez sea el impacto de esa caída lo que provoque que también entre en el agua una gran cantidad de aire y se generen burbujas que le dan un aspecto blanquecino.

Todas ellas se agitan y chocan, empujadas por su ligereza hacia arriba, hasta la superficie de la poza donde se liberan.

La Biógrafa aún tiene la vista puesta en el charco que, poco a poco, se ha ido volviendo más y más visible y también más y más grande y disuelto.

Levanta la mirada y se da cuenta de que ya no está en la tienda del viejo romano.

Ve la poza, la cascada, la casa del molino abandonada y también, sobre su cabeza, las ramas floridas de un avellano.

El cordelito dorado del principio de esta página observa, como ahora también la Biógrafa, el espectáculo de cada mediodía.

Delante, al otro lado de las aguas y justo en el margen izquierdo del salto de agua, helechos, musgos y culantrillos reciben un baño solar al ritmo del pequeño oleaje de la poza.

Se deslizan por todas las hojas las gotas de agua del torrente de Malatosca, que salvan el acusado desnivel dejándose caer por esta pared vegetal.

En las puntas de algunos musgos se quedan colgadas, durante unos instantes, algunas gotas que, al recibir el reflejo del sol, se iluminan explosivamente y se convierten en estrellas.

Desde la otra orilla, como si todavía estuviese soñando, la Biógrafa siente que ve el universo, con todas estas estrellas y la vía láctea que nada en el interior del agua ingrávida.

También lo mira todo la flor masculina del avellano, el cordelito dorado de antes.

Pequeños círculos de luz se mueven sobre la vegetación y las hojas sienten ese calorcillo que sentimos los humanos cuando un día cualquiera dejamos que el sol nos acaricie la cara. Ellas lo sienten en sus palmas.

«¿Dónde estaré?», se pregunta ella. No hay duda de que ya no estoy en Ter, porque, a la altura de Sant Pau de Segúries, era más ancho que este torrente.

¿Es un afluente quizá? Albamantus ha invocado a Alba, espíritu del Ter, pidiéndole que me fuese favorable en este viaje y la divinidad fluvial ha decidido despertarme aquí: lejos de Ter, parece.

Bajo las matas de culantrillos y justo entre ellas y el salto de agua, medio oculta por un árbol, hay una garganta negra y abierta.

Quizá sea una madriguera de animales grandes.

Podría entrar en ella algún lobo. Quizá la entrada de una cueva.

Aunque las aguas corren en otra dirección y parecería que en este viaje siempre habría que ir aguas abajo, la Biógrafa se levanta decidida hacia el agujero.

Bordea la poza por la izquierda pisando el barro de la orilla del agua, ayudándose de raíces y piedras secas para no resbalar.

Le llueven musgos, culantrillos y helechos y, como ellos, siente caricias luminosas en el rostro y las manos.

Se detiene unos instantes de espaldas al agua, contemplando el espectáculo de estrellas centelleantes que se encienden y se apagan entre las plantas mojadas.

Al poco se presenta ante la entrada de la cueva.

Una suave cortina de gotitas decora el acceso.

No es demasiado profunda, pero sí muy oscura.

Agachadas en el interior, están las tres parcas que conoció en el nacimiento de Alba.

Se pasan un hilo, dándole forma y tirando de él.

Es una extraña visión. A ratos son tres y, a ratos, solo una, la Biógrafa no consigue precisarlo.

La miran —o la mira— y le dicen —o le dice— que aquí le pagaron a una comadrona que las ayudó en un trabajo de parto.

Para remunerar sus servicios le dieron lentejas y la señora, desagradecida, las tiró a las aguas de Ter.

[30] «Y esto es tan cierto —dicen o dice— como que dentro de una hora lloverá.

Y es tan cierto, también, como que el cordelito dorado que tenías sobre la cabeza cuando te encontrabas en la otra orilla fecundó a una de las flores femeninas del avellano, y esta madre pequeñita de estilos rojizos ha sentido cómo, a lo largo de siete meses, crecía un fruto en su interior, protegido por una fina película verde llamada involucro.

Es una avellana que, con las lluvias de hoy, caerá en este torrente y tú irás con él hasta encontrarte de nuevo en tu camino, la orilla de Ter».

Dicho esto, le acercan un cuenco de lentejas cocidas y, cuando la Biógrafa lo coge, una especie de explosión de energía invisible la hace saltar por los aires —la misma que ha hecho que un fruto madurase y pasasen de golpe siete meses— y la devuelve sana y salva al otro lado, un día de finales de agosto, justo al lugar donde antes ha despertado.

Sobresaltada, la Biógrafa se quita la chaqueta y se vuelve a recoger el pelo.

El cielo se ha ennegrecido y huele a petricor.

El aroma de la lluvia que está por caer le hace saborear las lentejas sintiendo que saben a una extraña nostalgia, tal vez a día de verano de la infancia.

Con la última cucharada, un trueno retumba con una retahíla de ronquidos y un rumor de fondo se acerca en forma de gotas que lo mojan todo.

Gotas lanzadas con mala leche, es una tormenta de verano con malas intenciones, enfadada o, al menos, cargada de la ola de calor que ha afectado durante los últimos días.

Y una de esas balas de agua, seguida de otra, otra y otra más, chocan constantemente sobre la avellana madura hija del cordelito dorado de antes, que hoy ya no está.

Con cada impacto, se nota más ligera, más desconectada del involucro que la abrazaba y que, como la piel de un viejo muy viejo, se muestra seco y poco resistente.

Al final se desengancha y siente por primera vez la velocidad con que la fuerza de la gravedad tira de ella hacia abajo…

Y ¿abajo qué hay? La cabeza de la Biógrafa…

¡Toc! Suena flojísimo y rebota abajo, cual joven azufaifo, y alegre se lleva detrás a la Biógrafa.

Como si se volviese pequeña, ahora la avellana y la Biógrafa son una, ruedan por el barro y las imparables gotas de agua y los relámpagos y los truenos orquestan el primer baño de este fruto.

La avellana ha caído al torrente y se sumerge en el agua por primera vez.

De entrada, el viaje por el torrente de Malatosca resulta bastante tempestuoso.

Baja con tanta fuerza, la corriente es tan intensa, que la avellana y el resto de frutos que esta lluvia ha hecho caer, así como ramas y hojas secas del verano, piedras pequeñas y arenita, los mosquitos que no se han escondido a tiempo y los zapateros que no han podido patinar hasta la orilla para ponerse a buen recaudo, junto con muchas burbujitas de aire que se crean en el interior del torrente y se destruyen en la superficie con apenas unos pocos segundos de vida, todos ellos y la Biógrafa ignoran el paisaje que rodea el camino que recorren. Todo huele a barro y tierras revueltas.

Sin embargo, ella siente que va en el mejor medio de transporte posible.

Se encuentra en el interior de una avellana, cuya cáscara marrón y dura la salva de todos los golpes contra cantos rodados y otros cuerpos puntiagudos de este territorio.

De todos modos, son tantos los impactos que, de pronto, nota un frío, una humedad, y es que un poco de agua se ha filtrado por la pequeña grieta que se ha abierto en un lado de la carcasa protectora.

Las moléculas de agua entran suavemente y enseguida acarician a la avellana, casi como lo hicieron las aguas de Ter al tocar por primera vez la piel de Alba.

Con estas carantoñas, la avellana se despierta de su reposo, revelándose como un sediento embrión que absorbe el agua.

Este proceso de hidratación hace que unas hormonas de la pequeña criatura también se activen y, en su interior, exactamente donde se encuentra la Biógrafa, empiezan a aparecer unas serpentinas de tres colores diferentes.

Llevan sombreros de mago y varitas mágicas y se presentan a la Biógrafa personalmente como enzimas alquimistas.

Afirman que, si bien no pueden convertir el plomo en oro, sí son capaces de llevar a cabo toda una serie de transformaciones que ahora mismo le mostrarán.

Se agrupan según sus tonalidades cromáticas y da comienzo un espectáculo de cada uno de sus talentos.

Bailando como si moviesen el culo con un hula-hoop , los del grupo liderado por Amilasa provocan que la larga cadena de azúcares que forma el almidón empiece a romperse en muchas partes más pequeñas y separadas que, al cabo de poco, son ni más ni menos que moléculas de glucosa.

Los de la Lipasa se agarran para bailar una danza en espiral que hipnotiza a los lípidos, los hace desaparecer por un instante y convertirse, segundos después, en glicerol y ácidos grasos; juntos forman la receta perfecta para crear una poción mágica jugosa.

En última instancia, se presentan los de la Proteasa.

Sobre sus sombreros, unas enormes hélices van cortando a trocitos todas las proteínas que encuentran a su paso.