2. Alba #4
Y vuelven a empezar, un nombre sucede al otro, un pequeño salto de letra, una transformación y ninguno de ellos se consigue clavar en el pergamino.
Es como si la tinta, todavía líquida, no terminara de secarse porque la mueve un poco de humedad y la convierte en otra forma.
Todos estos nombres en movimiento bajan río abajo hasta confluir todos ellos en una misma zona de costa; una extensión grande, separada en dos por los Pirineos.
A lado y lado de la cordillera, los ríos se funden en lagunas, abriéndose en múltiples brazos hasta encontrar el mar.
Y los brazos de unos, como sus nombres, se pegan a los de los otros y el Ticer, que es Tec, también es Ter en algún momento; y Sambroca, que es Muga, también termina en Fluvius y este se entremezcla con Teceri.
Todos ellos, como si se avanzaran a lo que les sucederá definitivamente al encontrarse el agua salada, mezclan sus aguas en un mapa que, en el siglo XXI , tildaríamos de poco preciso.
Hechizada por este fluir hidronímico, la Biógrafa pierde el mapa de vista cuando el sol ya no puede hacer nada por entrar en el interior de la tienda.
El tiempo ha terminado y se queda a oscuras.
Fuera se oyen unos pasos que se acercan.
La llama que corona un candil a poco más de metro y medio del suelo entra en primer lugar por allí donde hace unos minutos entraban los últimos rayos del sol de hoy.
Detrás, a un palmo, se adivina el rostro de un anciano.
Los relieves de su piel son pliegues que hablan de tiempos lejanos.
Se sienta frente a la Biógrafa y le acerca el candil a la cara y al jersey, como si los estudiara.
Ella intenta mantener la calma, pensando que eso solo puede formar parte del hechizo y que seguro que no es del todo real.
«Seguro que las mismas artes de magia que me han traído hasta aquí y me han salvado de Francis en el capítulo anterior, también impedirán que me pase algo ahora», se dice por dentro, sin dejar de mirar adelante, intentando descubrir el rostro del personaje que acaba de llegar.
Pero no lo consigue. Las arrugas esconden el color de los ojos hundidos y la apertura de la boca queda camuflada, al parecer, bajo una mata de pelo larguísimo, arrugado y aclarado que medio se ilumina con el candil.
La mano baja y deja reposar la linterna sobre la mesa.
El hombre enrolla el pergamino y su voz profunda, bajo las barbas, pronuncia unas palabras que hablan de estudios cartográficos que se han hecho mediante el boca oreja y a partir de lecturas de lecturas, más que con viajes reales a los lugares.
Que si Pomponio Mela leyó a Ptolomeo y Plinio consultó a ambos pero no citó a ninguno, y que los tres se basaban en el mapa de Agripa…
De pronto la Biógrafa se encuentra escuchando una retahíla de chismorreos sobre autores que no han pisado nunca el territorio, pero que han querido meter baza sobre qué ríos hay en esta zona y sobre cómo es el mundo.
La Biógrafa se pierde un poco entre tantos nombres de hombres, de ríos y de lugares.
«La realidad y lo más importante es que Alba, se llame así o no —y aquí el hombre vuelve a escuchar con atención—, este río que los hombres bautizamos y que seguro seguiremos bautizando de maneras distintas a lo largo del tiempo, tiene las aguas blancas, limpias y claras.
Visto desde cualquier punto elevado, es como una serpiente blanquecina, como una nube de leche materna disuelta en agua, por eso lo llamamos Alba…
Y todo él, que aún no ha dejado nunca de fluir, así como el mar y sus costas, y tal como indica su derecho natural, es en toda regla una res publicae in uso publico .
No le pertenece a nadie, que es lo mismo que decir que le pertenece a todo el mundo, ¿verdad?
Y por eso deben velar los emperadores y los reyes de los diferentes territorios, por que todo el mundo pueda hacer uso de él sin que nadie se apodere.
Por consiguiente, como toda res publicae , Alba está completamente extra commercium .
Es decir, no se puede negociar ninguna parte de él, nadie se lo puede apropiar y no se le puede hacer nada que lo dañe.
Y eso es así sobre todo el territorio que abarca el esplendoroso y creciente Imperio romano.
Un imperio que enseña al resto de pueblos las formas más avanzadas de organización social… », explica.
La Biógrafa lo escucha con atención. Como siempre, en el interior de su mente, varios interrogantes surgen sin parar: «¿Eso quiere decir que para los romanos ya existía el dominio público?
¿Qué era el derecho natural? ¿Es una manera de decir que son un bien común?
Todo eso parece que, en el fondo, les servía para gestionar los usos que se pueden hacer de los ríos y de todo lo amparado bajo este derecho natural que ha mencionado este hombre…
». La realidad es que las características del derecho romano se impusieron sobre todo el territorio que colonizaron.
«Pero ¿no tenían también dioses para los ríos, estos romanos?
¿Cómo debía ser la relación entre aquellas deidades y las características del derecho romano? ».
Y como si el hombre —que si se hubiese presentado habría dicho que él es Albamantus, el conocedor de la magia de Alba— pudiese leerle la mente, sin haber dejado de hablar ni un instante, pone énfasis ahora en su discurso para decir lo siguiente:
Alba, espíritu de las aguas más blancas que la leche,
padre de los ríos de esta tierra,
tú, que tras la primera nevada traes una nube blanca dentro de las oleadas,
que empapas las tierras verdes, que alimentas a peces y animales,
que murmuras entre rocas y prados, ¡escúchame!
Te llamo en este lugar donde los viajeros están bajo tu protección,
donde tu agua está conmigo, guardada en una pátera de plata…
La Biógrafa se da cuenta de que Albamantus, que ahora se ha revelado como mago, ha colocado sobre la mesa una especie de plato de sopa lleno de agua y de un centelleo plateado. La pequeña chispa que son los ojos del viejo se mueve en la dirección de ese objeto y su voz sigue:
… porque incluso aquí, lejos de tus fuentes,
tu alma vive en cada gota.
Alba, luz de las corrientes, alma de las fuentes,
bendice el camino de la mujer viajera, que sigue tu curso.
Dale vientos favorables y orillas seguras.
Dale palabras de sabiduría, para que tu vida pueda ser narrada
no solo a través de los hombres, sino de las épocas.
«Acepta esta leche, blanca como tú —continúa, y ahora el agua del interior de la pátera rápidamente se ha vuelto turbia para mostrar un tono blanquecino, como de leche materna—, ¡y sé propicio, río sagrado!
». Y así es como termina, derramando la leche de la pátera al suelo haciendo una libación, que deja un charquito que apenas se ve.
Albamantus se ha dirigido a Ter, o Alba, como padre.
Sin embargo, su agua en el interior de la pátera se ha convertido en leche materna.
Si Alba es una divinidad, ¿es masculina o femenina?
¿Es un padre protector o una madre sustentadora?
¿Es quizá lo uno y lo otro a la vez? Para la mente de un humano, ¿es un espíritu doble, paternal y maternal a partes iguales?
Y, con estos interrogantes, la Biógrafa nota el pequeño charco blanquecino cerca de los pies.
Unos pies y un derramamiento que busca con los ojos.
La mirada siempre quiere ver, pero, en esta oscuridad, la realidad llega antes por el tacto y el olfato: un frío nocturno le hiela la piel y el olor a leche de vete a saber qué madre la abraza cálidamente llevándola hacia un recuerdo empañado —o quizá un sueño— de infancia.