2. Alba #3
Pasan por delante de la Biógrafa, que las mira con admiración.
Son viejas, elegantes y solemnes. Le devuelven la mirada y paran frente a ella para decirle que «todo lo que captan tus sentidos existe, por más oculto, silencioso y misterioso que se muestre.
Así, como ves, también nosotras existimos y todo lo que, por este hechizo que te has hecho, percibes».
«Y ¿ahora adónde vais?», les pregunta ella.
Y contestan sin tapujos que «las aguas fluviales son un canal hacia el otro lado.
Nosotras vamos al más allá, al inframundo, o al monte Olimpo, o a todos los lugares a la vez».
Vuelven la cabeza, apartando la vista de ella y dejando de prestarle atención.
Siguen su camino Ter abajo y, mientras desaparecen en la distancia, de la muñeca de la Biógrafa sale un hilo dorado que la ata a las faldas de una de las parcas y que se desvanece también con ellas a lo lejos.
Río arriba, la comadrona se pone un poco de aceite de oliva en las manos, se las frota y le da un buen masaje, como si diera forma a su pequeño cuerpo y a sus extremidades, como si fuese una figura de cera y quisiera moldearla.
Cuando termina, la rodea entera con una venda larga de algodón que la inmoviliza.
Alba parece estar bien y se duerme antes de que la devuelvan a los brazos de su madre, a la que le han limpiado ya la sangre que le había ensuciado las piernas.
Se levanta para coger a la criatura, una vez vestida con las túnicas de lino, y con la ayuda de una compañera comprueban que está bien, que no se marea, que las piernas no le fallan.
Siente cómo la barriga, todavía grande, ya no está tan dura como antes del parto.
La piel se nota flácida y, dentro, parece que le hayan bajado un poco los órganos.
Siente un peso, menos fuerte que el que le provocaba la criatura, en la parte baja del interior de la pelvis.
Sonríe y le dice a la compañera que está bien, a punto para sostener a Alba y rodearla con sus ropas de manera que quede colgada de las vestimentas.
Querría descansar —se le ve en la mirada—, pero parece que ella y todas las demás se preparan para irse.
La Biógrafa mira al cielo e intuye que, por la posición del sol, debe de ser la primera hora de la tarde.
Su estómago, hambriento, lo corrobora. Seguro que ha pasado la hora de comer y aquí, las únicas que han comido son estas mujeres romanas que no han parado de tomar cuencos de caldo y Alba, que ha mamado un buen rato del pecho de su madre.
¿Qué día será? ¿Qué fecha será esta en que ha nacido Alba?
Las mujeres romanas abandonan el fuego, que ya hace rato que no alimentan y que está a punto de quedar reducido a brasas.
Recogen todas sus cosas y empiezan a caminar, muy poco a poco, atentas a la nueva madre.
Buscan el terreno más fácil para avanzar Ter abajo y cada vez se acercan más a la Biógrafa.
Ella se pregunta si la verán o no y, como si le leyeran la mente, se detienen ante ella.
La mujer de más edad, la que ha hecho de comadrona, la mira atentamente unos instantes.
Repasa las cosas que lleva, como si registrara con la mirada todos los detalles.
La Biógrafa se mantiene calladísima, como si así pasara más desapercibida.
Al final, al cabo de un par de larguísimos minutos, la mujer le espeta: «¿Sabes que si fueses un hombre te habría tirado una piedra a la cabeza el primer segundo exacto en que te he visto?
Pero enseguida me he dado cuenta de que eres una mujer, a pesar de esos ropajes tan extraños que llevas.
¿Y tus hijos dónde están? ¿Y tu marido? ¿Qué haces aquí sola?
¿Cómo te atreves a aparecer de golpe y quedarte a presenciar el nacimiento de Alba sin preguntarnos nada?
Ahora que, viendo toda la chatarra tan rara que llevas, mejor que no te nos hayas acercado, o aún se habría asustado la partera… ».
La Biógrafa le dice que se ha perdido. Así, sin dar demasiados detalles más y dejando ver su desconcierto que, de hecho, es del todo real.
La verdad es que va perdida en el tiempo, pero eso no lo cuenta.
Prefiere no dar demasiados detalles para ahorrarse explicaciones.
«Nosotras vamos a buscar la vía Annia, que está muy cerca.
Es la vía más importante de la zona, quizá te ayude a ubicarte y a encontrar el camino que necesitas para poder volver a tu casa», le responde con ternura la mujer.
«¿Sabes si tenemos que desviarnos mucho de Ter para encontrar esa vía?
Sé que para ir a mi destino, no debo perder de vista este río», responde la Biógrafa señalando el cuerpo de Ter, que discurre delante de ella.
Y aquí, la mujer le dice sorprendida: «¿Llamas Ter a este río?
Para nosotras es Alba, hermano de Ticer y primo de Tetis y Techis, según cuentan en detalle los estudios de Plinio, Pomponio Mela y Avieno.
[29] Tenemos a los hombres un poco más abajo, que han montado el campamento.
Allí hay alguna carta geográfica y comida.
¿Por qué no vienes con nosotras y te ayudamos a volver a casa?
Me pareces una persona muy curiosa. He visto cómo te hablaban las parcas y he oído lo que te decían.
Ellas no hablan con cualquiera, ¿sabes? No todo el mundo las ve».
Y así es como la buena mujer la convence para seguirlas y enseguida se encuentran caminando Ter abajo mientras le cuentan que vienen de la Galia romanizada y que han cruzado las montañas de Pyrene por la vía Annia, utilizando la reciente calzada que han pavimentado unos parientes suyos para llegar hasta la costa, a Emporion.
Desde allí, algunas familias buscarán una nave oneraria que vaya vacía para volver hacia Roma por vía marítima.
Otras sueñan con instalarse en la nueva ciudad romana que está levantándose adjunta a la polis griega.
«Y ¿cómo iréis? ¿Siguiendo Ter abajo? Porque este río os conduce hasta allí…
», pregunta la Biógrafa, que poco sabe que la vía Annia es seguramente una ruta más rápida para ir con carros y caballos, y que los llevará hacia Figueres cruzando lo que ella conoce como vall de Bianya —derivado, por cierto, de «vía Annia»—.
La mujer no le contesta porque le despista el tema de ese nombre tan extraño que le oye pronunciar: Ter.
No le da tiempo a pedirle que le cuente a qué viene eso de llamar así a Alba, porque se acerca corriendo un niño de unos diez años, como si hubiera salido a recibirlas, y les grita: «¡Por aquí, por aquí!
¡El campamento está hacia allí! ¡Seguidme!
». Se da la vuelta y camina otra vez a paso lento hacia el lugar de donde viene para que puedan irlo siguiendo, dejando de lado a Ter y subiendo la pronunciada cuesta que sirve de margen de río en este punto.
Hay un sendero emboscado, pero se nota que alguien lo usa con frecuencia.
Las mujeres se ayudan con los arbustos y algunas raíces firmes para cogerse, auparse y subir mejor.
Hay tres que ayudan a la joven madre y a la criatura.
Cuando se da cuenta, la Biógrafa está en el interior de una gran tienda hecha con pieles.
La ha llevado la comadrona mayor hasta allí, donde la ha dejado, diciéndole que espere un momento, que va a buscar a Albus.
Sin moverse demasiado, la Biógrafa empieza a explorar el sobrio interior en el que se encuentra.
El sol está bajando y justo entran unos rayos que cruzan la pequeña abertura de esta tienda, iluminando una especie de mesa de madera sobre la que hay una fina lámina.
Es como si el sol quisiera mostrarle lo que hay.
De pronto, reina el silencio. Se han desvanecido las voces de toda la gente que ha recibido al grupo de mujeres para darle la bienvenida a Alba.
No se oyen carreras y, de no ser porque los rayos de sol se mueven lentamente, parecería que el tiempo se hubiese detenido.
Aprovechando este oasis, la Biógrafa se acerca a la mesa.
Hay algunos pergaminos medio desenrollados con escritos y dibujos.
Se sienta en el taburete y empieza a mirarlos.
El más grande parece un mapa de la costa mediterránea de Hispania y la región narbonense, en el sur de la Galia.
El área que representa el mar está teñida de un azul clareado que, quizá por el efecto de la luz, parece que vaya oscureciéndose poco a poco.
De hecho, a ojos de la Biógrafa, parece que las fibras de este pergamino hayan empezado a ondear suavemente y se fundan en la línea que representa el límite entre la tierra y el mar, la línea costera, como si fuesen olas que llegan a las playas.
Tierra adentro, hay unas líneas onduladas y finas que salen de lado y lado de los Pyrenae prominens y que se alargan hasta el mar.
No hay duda de que son los ríos y, a su alrededor, se entrevén algunas letras.
Quizá sea un efecto de la penumbra, tan solo llegan dos o tres rayitos de sol, como si el astro estuviese haciendo un esfuerzo por estirarse al máximo y permitirle ver este secreto.
La Biógrafa se acerca al mapa para distinguirlo bien y las letras de cada río parecen no ser estáticas, como si no quisieran definir el nombre de cada uno de esos cuerpos de agua.
La Biógrafa se encuentra leyendo una especie de poema vivo donde ninguna palabra consigue fijarse y que parece decir así:
Rhoscynos, Rhoscynus, Ruscino, Ruscinon, Ruscionos, Telis, Tetis, Tetum, Tedo, Tede, Tete, Têt, Tet;
Illiberris, Illibirris, Illerios, Tichis, Ticis, Ticer, Tecum, Tek, Tech, Tec;
Anystus, Sambrocas, Sambuca, Sambuga, Samuga, sa Muga, la Muga;
Clodianum, Cloadianos, Flumen, Fluviano, Fluviani, Fluvianus, Fluvius, Fluv, Fluvià;
Sambroca, Alba, Ticer, Ticis, Tichis, Tezere, Tezero, Tezeri, Tezer, Taceran, Tacera, Tecera, Tedzere, Tezer, Teciro, Tecer, Tether, Teizer, Teceri, Teser, Tesser, Ticeri, Ticeris, Ther, Ter…