El Ter: una biografía 2. Alba #2
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2. Alba #2

Aunque tiene a su cría en brazos, la madre empieza a sentir nuevas contracciones, más suaves ya, que provocan el desprendimiento de la placenta.

La mujer empuja un poco mientras otra de sus acompañantes tira suavemente del cordón que sale de la vagina y de golpe, ¡ CHOF !

Un charco de sangre y este órgano, que es como un disco rojísimo por un lado y liláceo y lleno de venas hinchadas por el otro, manchan las pieles y se escurren hacia el suelo.

La que ha tirado del cordón saca un trozo de cristal afilado de una bolsa de piel y, con la ayuda de unas pinzas de hierro, lo pasa por encima del fuego, donde lo esteriliza.

A continuación, tras dejar que se enfríe solo un poco, lo utiliza para cortar el cordón.

Las tres viejas se han levantado para presenciar este momento, se han acercado al recién nacido y, con unas tijeras de oro, han cortado el hilo de lana que estaban enroscando en la madeja en el mismo preciso instante en que se cortaba el cordón umbilical.

La Biógrafa se da cuenta de que nadie más parece verlas.

Atan un extremo del nuevo hilo de lana a uno de los deditos de la criatura y tiran la madeja hacia el agua, desenroscándola muy poco a poco.

La hunden en Ter, y este se la lleva meandros abajo.

Entonces la madre, mirando a la criatura, dice: «Aunque no han pasado todavía ocho días desde tu nacimiento, al haber nacido junto a este río y, siendo yo misma hija de Albus, no necesito esperar más para decidir tu nombre.

Solo puedes llamarte como nuestra gente llama a estas aguas que bajan blanquecinas por la nieve de las cimas más altas que rodea su fuente.

Así que te llamaremos Alba… y, mientras podamos, evitaremos revelar a tu padre si eres un niño o una niña».

[27] Pese al amor inmenso que siempre ha sentido por su marido, la llegada de la criatura le ha despertado un pequeño temor, una discreta desconfianza que se sienta sobre la base de las tradiciones romanas en las que ellos han crecido.

No se da cuenta todavía, pero ese sentimiento irá persiguiéndola de vez en cuando.

Ágilmente, mientras sucede todo eso, otra de las acompañantes revisa los genitales de la partera, que van frenando el sangrado.

Ha tenido suerte, no hay ninguna lesión.

La madre sonríe y se nota optimismo entre todas las mujeres que acompañan a la partera.

Ayudan al recién nacido a encontrar el pecho y a cogerse a él.

Aguardan a que empiece a mamar por primera vez y él lo hace con un poco de torpeza.

La madre se queja un poco y refunfuña porque estas primeras chupadas le pinzan el pezón y, a la vez, provocan una serie de nuevas contracciones en su útero, generando un fuerte dolor similar al propio de una menstruación y, aunque ella no lo sabe, eso hace que su cuerpo empiece a curar la herida que ha dejado el desprendimiento de la placenta y, poco a poco, todos sus órganos volverán a su lugar a lo largo de cuarenta días.

Una de las comadronas calienta un caldo en el fuego y le ofrece un cuenco a la nueva madre, que bebe a la vez que su bebé.

Ella lo mira, feliz, sin dejar de sufrir dolor en los pezones, las lumbares y el bajo vientre, cansada y contenta de poder seguir alimentando a esta criatura a través del pecho, ese nuevo cordón umbilical.

Le observa la cara mientras la cría mama y asume que este ser es el que ha estado en su interior tantas y tantas semanas.

Ha comido lo que ella ha comido y ha bebido lo que ella ha bebido a través de su sangre.

Afortunadamente, su embarazo no fue fruto de un matrimonio forzado, como en cambio sí lo fue el de su hermana mayor, que tuvo que casarse con solo doce años y que murió, junto con su criatura, en el momento del parto.

Pero no, el suyo no. El suyo era fruto del amor y, por eso, ella y el padre de la criatura habían tenido que irse lejos de sus familias, que tenían otros planes para cada uno de ellos.

Reducido con algunas cucharadas de Ter, el caldo le baja por la tráquea cuando ella se lo toma a sorbos lentos mientras recuerda todo eso, sin dejar de mirar a su cría, que recibe, también, nutrientes e hidratación.

En las moléculas de agua que entran en su interior y se mezclan con los fluidos internos de sus cuerpos —el de ella y el de Alba— se reflejan estos recuerdos y se transmiten de la una a la otra.

Porque las aguas tienen esa capacidad: la de grabar lo que les llega y, según algunos, capturarlo en sus estructuras moleculares y preservarlo en las formas de los cristales especialmente cuando esta agua se congela. [28]

No será aquí donde podremos comprobarlo, ya que el agua que le baja cuerpo adentro a la nueva madre no se congelará.

Lo que sí ocurre es que las acompañantes de la partera han empezado a coger cantos rodados y a crear, dentro de Ter, una piscinita donde el agua entra muy poco a poco y casi no se escapa.

Ponen los cantos rodados más planos que encuentran en el fondo, como si quisieran hacerle un pavimento, y lo rodean de otros para hacerle una pequeña pared redondeada.

Así construyen una especie de bañerita dentro del río.

Durante este proceso, otra mujer ha estado calentando una olla grande con agua de Ter al fuego y, cuando la pequeña piscina está terminada, entre dos mujeres le echan el agua calentita.

Una de ellas remoja la mano, hasta la muñeca, para que la piel más fina del antebrazo se le moje, y comprueba que no quema.

Transcurre un buen rato en que van repitiendo ese proceso de calentar agua y echarla allí dentro como para mantenerla a una temperatura más o menos estable.

Cuando Alba echa la cabeza atrás y deja ir el pezón, una de las comadronas se acerca e informa a la madre de que ha llegado el momento del primer baño.

Las otras han preparado unas mantas de lana, pañuelos de algodón y un cuenco de sal cerca del agua.

Se arrodillará sobre las mantas la acompañante de más edad y la que durante todo el parto ha parecido la más experta.

La madre alarga al bebé y se lo ofrece a una de las otras mujeres, que lo coge con ternura y lo acerca al agua de la piscinita que han construido.

La comadrona experta toma el relevo. Coge a la criatura y le sumerge el cuerpo lentamente dentro del agua, empezando por los pies y hasta los hombros.

Alba no llora. Pone boca de piñón, una O pequeñita de sorpresa y, a la vez, muestra una calma creciente que dice que eso ya lo conoce, que allí dentro ha estado ya, y relaja todo su cuerpo en el agua tibia de Ter.

Así es como Ter y Alba se conocen. El primero limpia el pequeño cuerpo de la recién nacida.

Le roza la piel con las caricias propias del agua que corre lentamente.

Alba parece dormirse en este Ter que la abraza mientras las manos de la comadrona no dejan de sostenerla porque, aquí, a diferencia del interior del vientre de su madre, el pequeño cuerpo de esta cría humana no podría sobrevivir solo.

La mujer balancea al recién nacido, dejándole la barriga mirando al cielo y con todo el cuerpo sumergido excepto la cara, que le empieza a remojar con la ayuda de un pañuelo de algodón bien empapado.

Lo exprime sobre la cabeza de Alba, que nota una primera lluvia encima de ella, con unas gotas muy suaves que le caen por la cara.

Aprieta los ojos, cerrándolos todavía más, y abre la boca, saca la lengua, cierra los puños, estira las piernas y las mujeres se ríen.

La madre mira emocionada y da gracias en voz alta por que Alba haya podido salir tan bien y esté superando el ritual de paso iniciático que supone este baño.

El primer baño, el que, según siempre le han contado, conecta a los humanos con la vida terrenal a través de este elemento que es el agua.

La comadrona coge un poco de sal con una mano y se la frota suavemente por la piel a Alba con el objetivo de hacer saltar la capa de vérnix caseosa, una de las últimas trazas de la vida uterina.

A estas alturas de su vida, Ter ya sabe qué es la sal, pero todavía no ha visto utilizarla nunca de esta forma en este punto.

En cambio, en su desembocadura, allí donde los romanos fundaron el Municipium Emporiae allá por el siglo I a.C.

, sí se habituará a este tipo de actos. Aunque, normalmente, pasarán en el interior de las casas.

Con el pañuelo de algodón empapado de Ter calentado al fuego, la comadrona va limpiando los orificios de la criatura.

Le quita mucosidades de la nariz, le limpia bien orejas y boca y hasta le frota el ano, que reacciona al cabo de unos minutos, dilatándose en el agua caliente que corre a su alrededor, y dejando ir el meconio: una amalgama negruzca, similar al petróleo, hecha de células muertas de los órganos del sistema digestivo de la cría que estaban adheridas a las paredes de sus intestinos y que se liberan después del nacimiento.

Ter se lo lleva, curso abajo, y también a las tres mujeres viejas, las que hilaban la lana.

Caminan por el interior del cuerpo de Ter, cuyas aguas les llegan a las rodillas.

No parecen molestarse por el lecho irregular del río que pisan; dan cada paso con cuidado y seguridad, tranquilamente, bajando poco a poco.